N oche especiosa, con las farolas que desparraman lechosas su luz por el caminito . Con todo, un sutil barrunto de desgracias, por cuanto el gran cíclope intenta dormir entre las fojas que alumbró, colaboraciones de prensa, que reposan en el meollo de su escritorio, encogido en su sofá, rumiando las frases que no le riman del texto. Un cigarro en el cenicero que aplasta decididamente, pero para cuando por fin parece poder conciliar el sueño, resuena en la lontananza de su gabinete, el teléfono del recibidor. Es de madrugada, en un rato clareará el día y una vez más aquel chisme suena, desesperanzador. Julio Cortázar hecho a sus manos grandes que le inspiraron un relato, y con su corpachón, se precipita por el pasillo largo que le separa del teléfono. Y cuando descuelga el auricular, una catarata de invectivas en su contra. Levántense, el magnífico Julio Cortázar. - Me cago en la concha de tu madre, cómo apoyás hij...
Un viaje por la historia y la cultura