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Mostrando las entradas etiquetadas como Julio Cortázar

Ayres de Marechal

N oche especiosa, con las farolas que desparraman lechosas su luz por el caminito . Con todo, un sutil barrunto de desgracias, por cuanto el gran cíclope intenta dormir entre las fojas que alumbró, colaboraciones de prensa, que   reposan en el meollo de su escritorio, encogido en su sofá, rumiando las frases que no le riman del texto. Un cigarro en el cenicero que aplasta decididamente, pero para cuando por fin parece poder conciliar el sueño, resuena en la lontananza de su gabinete, el teléfono del recibidor. Es de madrugada, en un rato clareará el día y una vez más aquel chisme suena, desesperanzador. Julio Cortázar hecho a sus manos grandes que le inspiraron un relato, y con su corpachón, se precipita por el pasillo largo que le separa del teléfono. Y cuando descuelga el auricular, una catarata de invectivas en su contra. Levántense, el magnífico Julio Cortázar.   -           Me cago en la concha de tu madre, cómo apoyás hij...

Un vaso de cianuro.

U n vaso con cianuro. Engullirlo y olvidarse de la noticia sobrecogedora. Todo comenzó con unas molestias en la próstata. Para él que había escalado y montado en bicicleta por los lugares más nemorosos de América, el dolor que lancinaba sus partes nobles, requería de una pronta solución. Torvo entornó sus párpados hacia el veneno benefactor. Le ahorraría los padecimientos de un cáncer de próstata. Horacio temía el deterioro y el dolor. Por otra parte, como le recomendó su galeno.- No debería montar en bicicleta, señor Quiroga, porque esa parte la tendrá molesta después de que le hagamos la operación. El gran escritor uruguayo, que nos mostró una naturaleza con una crueldad inusitada y despersonalizada.  El médico de nariz ganchuda como la de un alcaudón, le miró expectante más allá de sus lentes, sucias. Despaciosamente se elevó.- Si se lo hemos cogido a tiempo tiene cura.- Era una declaración rutinaria, ambos sabían que su enfermedad era terminal - Es un cáncer qu...

El lanzallamas de Artl

Lo hermoso del desierto es que en cualquier lugar esconde un pozo» El Principito de Saint Exupéry . A los adictos a la lectura les llega un momento en que las líneas se suceden con especiosa industriosidad y la buena literatura que acudía a su rescate en tiempos de tribulación, parece haberse evaporado para siempre. Es entonces, cuando un ejercicio concebido como un placer, llega a tornarse en un tormento, y nos preguntamos enojados sin hallar la respuesta ¿ cómo recuperar toda aquella magia?  " Toc, toc ", ninguna voz sale cuando golpeamos la tapa de un best-seller, que frente a estas cuitas se muestra inerme. Un libro tras otro, toda una barahúnda de personajes anodinos que apenas despiertan la más leve emoción, se apelotonan en nuestras retinas, y en cuanto la casmodia parece haber prendido definitivamente, aparecen de pronto Los siete locos y un  magnífico Robert Godofredo Christopersen Artl que abate cualquier presunción agorera, con una prosa que brota a borbot...

Maqroll, Mutis y Facundo Cabral

" Me gusta andar, pero no sigo el camino pues lo seguro ya no tiene misterio " Facundo Cabral En los viajes indómitos por una Sudamérica de gran fronda, en pos de oportunidades de desarrollo para la localidades que visitábamos, tuvimos un compañero inesperado y de  prestancia singular. Estaba la expedición imbuida por los aires de aventura de este personaje literario y los largos desayunos, gracias a los que resistimos una verdadera dinámica infernal, con jornadas extenuantes en poblaciones circundadas por la jungla, siempre nemorosa. Imaginándonos ser el Maqroll El Gaviero , no nos derrotaba la destemplanza del hogar lejano ni la melancolía de la familia, y cogíamos nuestro hatillo de la marca Gabol para retreparnos en camiones por los somontes amazónicos o volar al siguiente destino. En nuestra maleta pesaban los libros, única ventana para escapar de las vomitonas, los ojos afiebrados, cuando cada uno se confinaba en su tienda de campañ...

El Minotauro bueno

Vagaba en los colectivos muy encogido debido a su piernas largas y muelles. Un cronista decía del autor argentino que tenía algo de ciclopeo, por su talla, barbas y mirada preñada de un rastro de extrañeza. Lo tomaba pacientemente, desde su Banfield de la adolescencia al epicentro creativo de Buenos Aires, donde la búsqueda de una linotipia en la que dar curso a sus últimos infolios, le llenaba las más de las veces de pesadumbres por lo infructuosa que llegó a ser la tarea,  y en ellos se sumía, en los colectivos para rodeado de caras extrañas, continuar con un embarazaso trabajo literario, por el traqueteo de las trochas repletas de baches de los suburbios (quizá La otra orilla , su primera colección de relatos, provenga de allí o quién sabe qué intensas sombras del mundo cortazariano se urdieron en sus viajes en los transportes públicos; el autor sólo confesó en sus entrevistas que en aquellas venidas surgió de un plumazo, la historia de Los Reyes, ver esta versión en youtube ...

El reino Balcells.

Erase una vez una princesa  marchita por las llagas del tiempo , que había rendido además a sus pies, gracias a una personalidad arrebatadora, a las plumas más eximias del fenómeno de la literatura hispanoamericana. Un boom que creció en sus manos, e insistencia, porque sustrajo del manual de las preocupaciones de los creadores cualquier conjetura o problema, que trascendiese del mero hecho de escribir. Una idea que parece obvia en nuestros días, cuando las grandes plumas lucen como starlettes, pero que hasta la irrupción de Carmen Balcells habría sido calificada de revolucionaria ( el lanzamiento de la última aventura de Carlos Ruiz Zafón que cierra el ciclo de La sombra del viento  parecía el advenimiento de una nueva literatura, por la fanfarria que se gastó la editorial). Los editores pensaban que a pesar de que el producto fuese bueno, el periplo a las prensas y la distribución tenía que ser un camino lleno de asechanzas, con el objeto de que al artista se le bajas...