L a Lubianka, antiguo palacio de los horrores, quimera de la sinrazón en la que fueron a parar tantos infelices, y semejante mujer, pellejuda y de carnes magras, pero con todo un hato de energías, hablaba con una verborrea inexpugnable al desaliento. Le contó que venía a revisar el expediente del camarada Nikolái Yezhov . Se le había borrado de repente la sonrisa al funcionario, que llevaba en la casa más de veinte años, y había escuchado las más trágicas leyendas sobre los arrestados. Los gritos de la tortura de Ósip Mandelshtam , el gran poeta, que rayó con la locura en su estancia en el bello y gélido palacio. El vate, algo grueso y rozagante, parecía un fantasma de sí mismo, con esas ojeras que le dijo Volodia, el viejo guardia, en el que Osip Mandelshtam despertó lo que parecía un atisbo de piedad. Uno de sus poemas preferidos, lo había compuesto el gran vate. Del que no quedó nada de ese petimetre, que llevaba un lirio en el valle del ojal....
Un viaje por la historia y la cultura