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Mostrando las entradas etiquetadas como Robert Musil

La isla de George Perec

  H ablábamos en portugués de literatura, con el cansancio y la noche esculpida en nuestros rostros. Desgalichados, y foscos, sin duda, el Café Gijón nos inducía a una atmósfera literaria. Cómo ser inmune sino a lámparas que remedaban estalactitas, y al eco de conversaciones ahogadas en el tiempo. Hasta nos acordábamos de la historia de ese ilustre artista gafe, y de un incrédulo y no menos insigne periodista. El juntaletras peroraba que en el siglo de la ciencia, por supuesto el veinte, no cabía pensar en la mala suerte, lo cual era propio de perdedores. Uno de los más grandes escritores del momento.  -            Cada uno se labra su destino. – Tenía las pupilas abismadas en su certeza, la del siglo de las luces, pero también de las sombras. No tardó en cambiar de opinión por cuanto bastó que se invocase el nombre del maula, que también frecuentaba el Gijón, que se estampó un automóvil contra el café, y casi arrolla su mes...

Borges, Bioy Casares y Vargas Llosa

 - ¡ Q ue le parta un rayo, Adolfo!  -El mejor comienzo es el final. - El tal Adolfo no dio su brazo a torcer. Saltaban las chispas dialécticas en la habitación, que se encontraba a media luz. El maduro se refugió entonces en la ventana, huyendo de la diatriba de Jorge Luis Borges ., y metió la cabeza entre las cortinas para asomarse al mundo real.  -No, querido, el final es la invitación a leer tu próxima creación. - Sentenció el señor Borges, que quiso avanzar en la neblina creativa. Se les estaba atragantando aquel cuento fantástico, por las perversas disquisiciones literarias de su partenaire en este oficio, Adolfo Bioy Casares . Propuso más conciliador. -  Pero pasémoslo por alto, para adelantarnos algo en este pesado oficio.  El genial Borges, icono también de la literatura.  Se hizo el silencio en aquel instante turbador. Unas nubes que serpenteaban negras por el cielo bonaerense. Auspicios de tormenta. Adolfo trascendió  a las aceras a tra...

Los ricos también lloran

I sabel, Isabel, te llamo y no me contestas.- Quejicoso le salía un hilo de voz al provecto hombre que venteaba aquellas cuitas al espacio de nadie. Solitario vagó por la remembranza de sus palacios. ¡Qué fue de l os valses dulzones de la gran sala, donde brillaban las charreteras del viejo emperador, él mismo! Parecía que ella todavía le sonreía allí, bajo la lámpara de araña maravillosa que como Aracne tejía el tiempo y lo paraba para aquellos que se refugiaran bajo su protección. Recordó entonces cómo en la lontananza la camarilla del emperador vigilaba a su majestad, y crearía ipso facto una cápsula de seguridad para velar cualquier amenaza. Caprichoso tiempo, que había tornado su rostro en un pergamino e hizo que ella se fuese de forma tan acre. Francisco José I de Austria nunca había sido coqueto, salvo al toparse con una linda Isabel, princesa rebelde de una hermosura indecible. Mientras giraban en la gran sala, el mundo se convertía en un espejismo ajeno ...

Un hombre sin atributos.

Al hilo de una obra de  Enrique Vila-Matas ,  Dublinesca,   y las memorias del prolífico editor  Mario Muchnik , nos habíamos adentrado en la anterior entrada casi sin regomello en el devenir de la literatura y si en cualquier caso, el formato electrónico, por el que claman en contra numerosos autores, no es más que un cambio de presentación y lo mismo que implica amenazas para el creador – la fementida piratería- también puede ser una oportunidad por su capacidad de  tocar más puertas, esto es,  permitiría   una mayor difusión de su trabajo. A Don Mario, soñador de distopías, más que la velada incertidumbre que se cierne por los usos que los lectores hacemos de los contenidos en formato electrónico, le inquietaba nuestra molicie, más en concreto la de las nuevas generaciones y no tan nuevas, a las que tanto nos gusta  cacharrear  con las tecnologías. En el pecado llevaremos la penitencia parece sugerir el agostado editor, po...