R efugiado en el día, Gabriel García Márquez no se curó de su insomnio. Pero rebuscó las palabras olvidadas en el regazo de las nereidas, que traviesas se las habían escondido . Algo intercedió en sus razonamientos; su nombre sonó con la prosodia de su sirvienta, que aulló que estaba la comida hecha. – ¡Gabo, Gabo, puede sentarse a la mesa! – Imaginó entonces el escritor sumido en una crisis de creatividad, los dedos como pulpejos de la Honoria, que habían esparcido con amor el perejil y resto de condimentos en la olla. Salivó por un instante. La gran obra de Rulfo. – No hay remedio. – Caminaba hacia la casa y masculló para sí, envuelto en una humareda de su puro. Era un hombre de mediana edad por entonces, preocupado, con la camisa de colores sacada por fuera, tendencia a tripear, que flotaba por el jardín de igual forma que sus tribulaciones. Cómo mantener la mascarada. Le comían los gastos y no sabría cómo vivir sin Honoria. De los otros podría prescindir...
Un viaje por la historia y la cultura