L as yemas de los dedos en el vaso, impulsado por energías ocultas sobre un tapete rodeado de letras. Movimientos hasta conformar palabras, frases y más tarde un mensaje disparatado. Ese grupúsculo de hombres de caras contrariadas por el misterio, realizaban una sesión de espiritismo en las postrimerías de aquel alfoz lisboeta, cerca del A Brasileira , donde nuestro protagonista solía tomar un café, leer la prensa vespertina, y prenderse uno de esos cigarrillos mentolados, que rescataba de la chaqueta de su terno. Solitario, recibía miradas curiosas, y algún espontáneo le preguntaba por el último artículo que había escrito en prensa. Se le cincelaba una sonrisa, pese a que en el ardor de aquellos tiempos, no sería extraño acabar una conversación que había parecido afable al principio, a golpe de florete. Elegir previamente a los padrinos era un asunto complicado, pues se las gastaban con mucho cuidado, tras el último decreto del gobierno que prohibía los duelos. El gran poeta luso...
Un viaje por la historia y la cultura