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Oh Capitán, mi capitán.

Todavía recuerdo aquella mañana, en la que mi existencia experimentó un vuelco inesperado. Uno de los clientes más acaudalados de mi bufete, se había presentado en nuestra granja con fiebre, la cara mancillada y grisácea. Una vez traspasada la cerca de mi granja, le abandonaron las fuerzas y se cayó cuan largo, para hundir su cabeza en la hierba. En la distancia, nos pareció a mi hijo Joe y a mí, que quería decir algo , quizá un nombre. Corrimos a su lado, dejando las azadas caer en el suelo. Soy abogado y encuentro en el ejercicio vigoroso, una excusa para retomar aire en mis pulmones, sobre todo, cuando un caso se complica. En aquellos días, los estatutos de la sociedad minera me estaban dando muchos quebraderos de cabeza, de tal forma, que me refugié un par de días en la hacienda que nuestra familia tiene a las afueras de la ciudad. Enseguida, le dimos la vuelta, para toparnos con una careta avejentada; un pergamino y sin embargo, no escondía la familiaridad que me producía la efig…

Cuando Alvin encontró a Sally

El último verano

El lago de las sombras

Jean Jaurés