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Ana Mariscal "Tenorio"

Quién no ha escuchado este fragmento del Juan Tenorio de Zorrilla, que casi puede recitar de memoria como uno de los pasajes de amor más recordados de la literatura:
Cálmate, pues, vida mía; reposa aquí, y un momento olvida de tu convento la triste cárcel sombría. ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla 
y se respira mejor?

Pero en aquella ocasión los murmullos crecieron con más razón en el Rialto, pues el hombre/mujer que recitaba el párrafo lleno de cursilería romántica para los modernistas, se decía que había sido amante del Generalísimo. - No puede ser. Creo que te confundes, Álvaro.- Al aludido del patio de butacas, le brillan los dientes impolutos en la oscuridad de la sala, mientras su compañero le aclara  con rigor casi científico, que Ana Mariscal (1)  nunca fue novia de Franco. - Era la novia en la gran pantalla de quien suponemos que es el alter ego de nuestro Generalísimo. - Con imaginar el rictus serio de la oficial, Doña Carmen, casi…
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Automoribundia

Llegamos a la paradoja de toparnos, tras doscientas ediciones del Azogue,  con una de las plumas más disipadas de nuestra literatura, y a la vez la más  talentosa.  Un encuentro inevitable para los amantes de las letras: es tan gigante su talla como pequeña lo era su silueta en vida. Nos referimos a Ramón Gómez de la Serna, la peonza algo tripuda, que descollaba en el común de la conversación, como reconoce el poeta Jorge Guillén. Las palabras, las rimas, en definitiva, las greguerías en su caso, se le caían de la boca de manera natural. Así se le escurrió ésta de las comisuras, casi sin querer y a hurtadillas de la razón. 


"Al agonizar el viejo marino pidió que le acercasen un espejo para ver el mar por última vez.

A nadie se le podría achispar más el verbo en los labios. Albert Vigoleis Thelen contabaen su maravillosa Isla del Segundo Rostro la anécdota de la cafetera, con la que Ramón Gómez de la Serna retó al último epígono de Niezstche, el Conde Kessler. Estaban muy en …

In memomriam: Philip Kerr

Resulta inevitable retornar al lugar del crimen, dice un aforismo de novela negra,  o caer en la mudez más absoluta cuando desaparece uno de los descubrimientos más sorprendentes, que hayamos hecho en la literatura más contemporánea. Porque a todos nos sorprendió el detective - digamos investigador privado- con el ánimo de no ofender a Bernie Gunther, un justo que nos mete en los vericuetos de una Alemania nazi, y que gracias a un humor socarrón, hace que brillen nuestras dentaduras cada pocas líneas. El primer escenario en el que discurre Bernie, un veterano de guerra que no hace gala de la lucha en Turquía, nos propone una Alemania, que quiere borrar cualquier mácula a los ojos extranjeros. Dos agentes de las SA retiran una cartelería ofensiva, de odaliscas arias, de gran voluptuosidad. No  en vano, se van a celebrar los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, una oportunidad para sorprender a la comunidad internacional, y en la que la raza aria refrendaría su clara superioridad en la c…

Las vanguardias y los cuentistas

Uno que va para viejuno, por lo menos por lo que concierne al poso que le han dejado las lecturas, que arrugan nuestra mente pero que le confieren de una perspectiva que abarca sin duda más ángulos,  la película de las vanguardias le suena a un eco que se repite casi con cada nueva generación.  El barullo de las ismos no le resuena al sonsonete del parteaguas, con el que nacen todas los movimientos que quieren relevar lo antañón. Esa perspectiva le permitirá concluir que son como el péndulo que vuelve a orearse por donde solía. ¡ Apártese, viejo! Recordamos entonces a un Roberto Bolaño, joven desgreñado, poeta soñador, que quiso junto a sus amigos de conjuras de café, desbancar a un Octavio Paz que se había tornado en un clásico insolente. A golpes de gritos interrumpieron una conferencia del tótem, para quebrar el aura de lo establecido, y quitar a esos cenáculos de lo formal, la voz cantante en las artes y la cultura. El Realismo visceral se abría paso a portazos y chillidos.




Qué si…

Los gorriones de la Stasi

Su vida en las últimas semanas se había convertido en una completa farsa. Revelaciones habían arrojado luz o más bien tinieblas, sobre lo que creyó todo un cuento de hadas. Lucinda, una alemana rubia y de grandes ojos soñadores, trabajaba en la sala de cifrado del Ministerio del Exterior de la República Federal. Pero no podía creer la pesadilla en la que se había tornado toda su existencia, cuando desapareció Michael, su marido. Se miró otra vez en el azogue del espejo como si una veta de realismo brotase de cada una de sus facciones. El cartapacio y los pantalones oscuros de franela de él, seguían allí. Angela además, le había dado mala noche, pues le estaban saliendo los dientes. 




- Espera, déjame que se lo diga yo.- Se le había acercado la tarde anterior, Peter, un compañero del Ministerio. Le tocó el hombro, para darle una carpeta en la que se desenmascaraba a Michael. Cámaras y micrófonos ocultos, legajos en los que aparecía su nombre y el de Markus Wolf.

- ¿Quién es Markus Wolf?-…