P arís se presentía en la llovizna. Y acaso el concierto desafinado de cláxones de los automóviles que se arracimaban alrededor del vetusto hotel, fue como la campana del fin del asalto que le rescató de su molicie. Heinrich Mann olió también en el vestíbulo, por el que se precipitó, la tinta barata que se deshacía en los periódicos mojados, que albergaban noticias de una Europa tan dispar como acechada por los fantasmas de una contienda que no había acabado. Le gustaba leer a Winston Churchill , el político tan bocazas como audaz, que hablaba de una interrupción, pero que Europa seguía en guerra. A Heinrich Mann siempre le habían interesado los juicios del político inglés. - Si no le gustara tanto el poder, es como un vampiro. -Le repuso Nelly, su esposa, en esas sesiones matutinas en las que se imbuían en la lectura de la prensa. Hitler, el halo del mal. Cuando cruzó hasta el estrado de La ...
- ¿Q ué haces aquí? – Le preguntó desafiante, y con un desagrado rebullente. Aquel tipo le enfermaba, con sus argumentos y el falsete en la voz, con el que se conducía en sus circunloquios. Había acabado irritado no pocas veces en discusiones que no llevaban harto a ningún lugar. Un Diógenes de pacotilla, con más desaliño que el suyo. – Lo mejor era no hacer nada. – Le imitaba cuando en su enojo, se lo figuraba delante suya, pero en su cuarto recoleto . Como si el reflejo de la única vitrina que languidecía allí, fuera a regurgitar la figura de Henry Miller . Un diletante de café, que se había hecho famoso por haber sabido recoger los ecos del Ulises en sus obras. – Pareces un fantasma. – En aquella ocasión no era ninguna figuración. Continuó Eric Arthur Blair hablando al Miller real. ¿Cómo disimular su asco? Responderle era caer en sus tretas de pensamientos fósiles. La realidad era mucho má...