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La justicia poética y el destartalado carguero Capitaine Paul Lemerle

  P arís se presentía en la llovizna. Y acaso el concierto desafinado de cláxones de los automóviles que se arracimaban alrededor del vetusto hotel, fue como la campana del fin del asalto que le rescató de su molicie. Heinrich Mann olió también en el vestíbulo, por el que se precipitó, la tinta barata que se deshacía en los periódicos mojados, que albergaban noticias de una Europa tan dispar como acechada por los fantasmas de una contienda que no había acabado. Le gustaba leer a  Winston Churchill , el político tan bocazas como audaz, que hablaba de una interrupción, pero que Europa seguía en guerra. A Heinrich Mann siempre le habían interesado los juicios del político inglés. -            Si no le gustara tanto el poder, es como un vampiro. -Le repuso Nelly, su esposa, en esas sesiones matutinas en las que se imbuían en la lectura de la prensa.  Hitler, el halo del mal.  Cuando cruzó hasta el estrado de   La ...
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La ballena de Henry Miller

    -            ¿Q ué haces aquí? – Le preguntó desafiante, y con un desagrado rebullente. Aquel tipo le enfermaba, con sus argumentos y el falsete en la voz, con el que se conducía en sus circunloquios. Había acabado irritado no pocas veces en discusiones que no llevaban harto a ningún lugar. Un Diógenes de pacotilla, con más desaliño que el suyo.  – Lo mejor era no hacer nada. – Le imitaba cuando en su enojo, se lo figuraba delante suya, pero en su cuarto  recoleto . Como si el reflejo de la única vitrina que languidecía allí, fuera a regurgitar la figura de Henry Miller . Un diletante de café, que se había hecho famoso por haber sabido recoger los ecos del Ulises en sus obras.  – Pareces un fantasma. – En aquella ocasión no era ninguna figuración. Continuó Eric Arthur Blair hablando al Miller real. ¿Cómo disimular su asco? Responderle era caer en sus tretas de pensamientos fósiles. La realidad era mucho má...

La isla de George Perec

  H ablábamos en portugués de literatura, con el cansancio y la noche esculpida en nuestros rostros. Desgalichados, y foscos, sin duda, el Café Gijón nos inducía a una atmósfera literaria. Cómo ser inmune sino a lámparas que remedaban estalactitas, y al eco de conversaciones ahogadas en el tiempo. Hasta nos acordábamos de la historia de ese ilustre artista gafe, y de un incrédulo y no menos insigne periodista. El juntaletras peroraba que en el siglo de la ciencia, por supuesto el veinte, no cabía pensar en la mala suerte, lo cual era propio de perdedores. Uno de los más grandes escritores del momento.  -            Cada uno se labra su destino. – Tenía las pupilas abismadas en su certeza, la del siglo de las luces, pero también de las sombras. No tardó en cambiar de opinión por cuanto bastó que se invocase el nombre del maula, que también frecuentaba el Gijón, que se estampó un automóvil contra el café, y casi arrolla su mes...

La guerra bancaria de 1914

  ¿Q uién conocía realmente a Montagu Norman ? El caballero excéntrico, que moraba en una mansión decimonónica convertida en fantasma de vanguardias ornamentales. Sus manías, y el hecho de que hollase la cuarentena como solterón, le convertían en un nigromante a ojos de una sociedad, que se sacudía los resabios de la época victoriana. Objeto, por ende, de no poco tole tole y de chanzas en su exclusivo vecindario. ¿Habría sido víctima de la fiebre homoerótica que se vivía en las Academias militares? En cualquier caso, algunos residentes superaban sus prejuicios y se acercaban al señor Norman con el oscuro objeto de pedirle consejo en los negocios, pues su carrera en la banca de inversión había sido meteórica. Contaban las malas lenguas, que el vejestorio del Gobernador del Banco de Inglaterra, el barón Walter Cunliffe,   solamente se fiaba de las ideas del señor Norman. Con esos años, Montagu era como un adolescente en aquel mundo de los elegidos, tan hermético como proclive pa...