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Mostrando las entradas etiquetadas como Adolf Hitler

Lombard, Dixon, ¿podemos elegir el destino?

-N o te molestes. - Le dijo Ava Gardner , que se había encendido un cigarrillo en un descanso de un rodaje duro. Competidoras en la gran pantalla por el amor de un hombre, alzaron sus ojos a la silueta lacónica de Clark, postergado por la tristeza. Con sus caladas, orbitaba el humo azulado en arabescos en torno a la cabeza del dandi, que sudaba profusamente. Junto a los minúsculos mosquitos, el calor resultaba de lo más enojoso para Ava, porque se le corría el maquillaje. Un escorzo para coger la taza de latón con café, y la bella señorita Gardner siguió de cháchara. - Desde Carole no levanta cabeza. Por mí te lo puedes quedar, Grace. - Sentenció la libérrima Ava.    El animal más bello del mundo. Precisamente, Grace Kelly que escuchaba a su compañera de reparto, se conmiseraba de ella. Durante el rodaje de Mogambo , la morena había vivido la última crisis con Frank Sinatra , porque acudió a Londres por su cuenta a que le practicasen un aborto. Estaba convaleciente de la ...

El sarasa de Röhm y la implosión de la SA

  E staban cansados de sus bravuconadas. La revolución, la revolución, ¿qué revolución?  Aquella cuadra de poderosos caballeros aprovechaban el receso, para  salir un rato a la estancia de fumadores de la Ópera de Berlín, con sus imponentes chaqués. Blandían cigarros y protestas en sus belfos. Aquel gordinflón, camisa parda de las SA  ( Sturmabteilung)   aullaba por las esquinas, que saldarían cuentas con los industriales, y eso no podía ser. Se adueñarían de las fábricas, que serían propiedad de los trabajadores. ¿Para eso habían apoyado  a Hitler?  Ernst Röhm, líder de las SA Nadie olvidaba, y menos ellos, que los grandes herederos de los emporios industriales, seducidos por  Franz   Von Papen , que les había vendido que  Adolf Hitler  era la solución, apoyaron financieramente la campaña electoral del cabo austriaco, que en este momento decisivo pecaba de inacción. " El diablo con sombrero de copa" que revoloteaba entre ellos...

¿Existe Dios? Calculémoslo.

  U na sonrisa disfrazada de socarronería. Caminaban por la orilla de una `playa normanda, y las ondas acechaban los cabellos de coralina y los labios de fresa de Natalie. A él, un alemán, le habían asignado a la Embajada de París en una misión secreta, pero todos se habían enterado de su llegada. No en vano,  Gottfried Wilhelm von Leibniz  se había convertido en el pensador europeo  más importante del momento.  Sin embargo, en aquella ocasión le atraían a la capital gala otros menesteres, más complejos que los entresijos de la ciencia, relacionados con el inescrutable ser humano. Pues debía lograr como representante del Elector de Maguncia, una audiencia con su veleidosa majestad, el Rey Luis XIV. Sonaban tambores belísonos en la marchita Europa, que no se había recuperado de la Guerra de los treinta años . De ahí, lo s esfuerzos diplomáticos del elector por convencer al llamado Rey Sol ,  para que dirigiese sus ardores guerreros hacia Egipto, como en su...

Los diarios del Conde Ciano.

  U n saco de huesos, con la espalda entera visible en un vestido más propio de una fulana, que de la hija del Duce. Pero  Edda Mussolini , para disimular, se tragaba sus lágrimas. Una mujer hecha y derecha que captaba toda la atención de aquella recepción.  Nadie escuchaba los discursos y sí exploraba los gestos de la protagonista de la comidilla, que mantenía en vilo a media Roma. ¿La viuda habría perdonado a su padre?  Cómo hacerlo, si el círculo más cercano al dictador, arrojaba cubos de inmundicia sobre la esposa afligida. C omo su afición a chupar " las piruletas " de hombres maduros, o a pleitear en  público con un padre atribulado. Después de todo,  Benito Mussolini   no era más que un títere en manos de los alemanes desde que Otto Skorzeny le rescatará en una operación sin precedentes. Fueron ellos los que le habían pedido la cabeza de su yerno, que sabía demasiado y que escribía diarios, como las señoritas. Esos cuadernos se habían convertid...

Lion Feuchtwanger, un fabulador peligroso.

H oy pongámonos el disfraz de un americano de los años cuarenta gracias a la magia del teatro.  Estamos en el centro de la escena, los focos derramando luz sobre nosotros. Podemos sentir el calor y las miradas expectantes de un público, que ni siquiera la pandemia aparta en su ímpetu por gozar de una velada teatral. Madrid desde sus corralas, nunca falla pese a este embate.  Volvamos al escenario. Nuestro traje de tweed, las camisas Brooks brothers que se ajustan como un guante a nuestra fisonomía y un bombín que en lugar cerrado como la Grand Central Terminal de Nueva York de   Guastavino , descansa a un lado del banco en el que nos hemos sentado. Otear las bóvedas  de Guastavino es como creer en el cielo y por supuesto en Dios. No hablamos en el escenario, crece la expectación y es entonces cuando nos ponemos las antiparras y comenzamos a ojear el periódico.   Varian Fry, el gran héroe americano. La Guerra de Europa, como se la conoce entonces, no deja ...