Y Galileo Galilei , ese viejo de barbas foscas al que todos rodeaban con el trasueño de miradas acusadoras, en el día que comenzaba su segundo juicio, no se había retractado del todo de sus afirmaciones. Medio ciego, atisbaba las cáfilas que se reunían a reprocharle su herejía. Expelían exabruptos: << ¡A la hoguera! >>. Partíamos entonces en una contienda desigual y sazonada de odios, pero no el mío. Mi intención, no por la indulgencia futura, ¡créanme! fue salvarle de la hoguera en la que Giordano Bruno ardió p or seguir los dictados de Copérnico. En el caso de Bruno latían más diferencias, de índole teológica que hicieron imposible su salvación. ¡Había más de un universo! Con todo, había arrojado a ese majadero migas, para que saliese de ese atolladero, en vano. Casualidades de la vida me habían deparado ejercer otra vez la acusación contra Galileo como me ocurrió con Bruno; esperaba que no con consecuencias tan funestas. Pero todos sa...
Un viaje por la historia y la cultura