En Sicilia todo era casual. De forma casual, sobre la superficie de la isla, se tendieron las carreteras de asfalto. Dejaban a ambos lados los campos de cereales, y de cuando en cuando aparecía una figura fantasmal de acero. Las cruces gamadas, los leones ingleses, recordaban al paseante que no hace mucho, el fuego de la guerra se había apagado. Apareció entonces, entre el paisaje abrupto de Sicilia, el silencio eterno, lenguaje universal de la belleza. También era cuestión de azar, después de kilómetros de vías, hallar una estación de tren. Separados por fanegas y más fanegas de trigo, los habitantes de Sicilia recorrían sus pueblos en bicicleta o esperaban al autobús destartalado, que irrumpe cuando quiere en medio de la plaza del pueblo. No cabe duda que la posguerra no entiende de puntualidad, ni sus segundos se mueven con el mismo compás, porque son más lentos. Mas si de algo disponían los lugareños de Palazzo Adriano por ese entonces era de tiempo, que gastaron en sus ca...
Un viaje por la historia y la cultura