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Mostrando las entradas etiquetadas como Benito Mussolini

Los diarios del Conde Ciano.

  U n saco de huesos, con la espalda entera visible en un vestido más propio de una fulana, que de la hija del Duce. Pero  Edda Mussolini , para disimular, se tragaba sus lágrimas. Una mujer hecha y derecha que captaba toda la atención de aquella recepción.  Nadie escuchaba los discursos y sí exploraba los gestos de la protagonista de la comidilla, que mantenía en vilo a media Roma. ¿La viuda habría perdonado a su padre?  Cómo hacerlo, si el círculo más cercano al dictador, arrojaba cubos de inmundicia sobre la esposa afligida. C omo su afición a chupar " las piruletas " de hombres maduros, o a pleitear en  público con un padre atribulado. Después de todo,  Benito Mussolini   no era más que un títere en manos de los alemanes desde que Otto Skorzeny le rescatará en una operación sin precedentes. Fueron ellos los que le habían pedido la cabeza de su yerno, que sabía demasiado y que escribía diarios, como las señoritas. Esos cuadernos se habían convertid...

Miguel Fleta

" Quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos. ¿A qué distancia? Es muy sencillo: a la distancia que no permite ya distinguir la nariz de Cleopatra. " ¡ L a ha pal-ma-do! – El maestro se asía la cabeza, mientras el mundo le daba vueltas. No quería creer lo que le había balbuceado su secretario, al que se le había dibujado una mueca de horror. Su mejor amigo, mujeriego, bebedor y fumador también, Giacomo Puccini , uno de los últimos genios , que se resistió al influjo centroeuropeo de la dodecafonía, por la que orbitaba la música de entonces, había muerto. Arturo Toscanini arrojó entonces al foso la batuta, desdeñosamente.  Una revisión rutinaria en Suiza, con el fin de controlar los dolores que se le arregazaban a la garganta de su colega, Giacomo . Qué había partido con su hijo, en tren, y a medida que se alejaba, a Arturo Toscanini le sobrevino un presentimiento, que se reservó para él, pero que desafortunadamente se cumplió.  ¡Nu...

Un artista llamado Mussolini

  E l mayordomo se había sumergido entre la barahúnda que provocaba a su alrededor la figura del dictador. A través de sus hendiduras, espió al inefable Conde Ciano  que bebía a escondidas scofllaw, la bebida de los chicos malos. Quizá premonitoria del triste final del yerno del Duce.  Sin embargo, en aquella tarde de cielos cenicientos, con redobles de tormenta, se notaba el titilar de las lágrimas del tirano. Triste porque su ejército no era capaz de doblegar a los helenos. Necesitarían la ayuda de su hermano mayor, Adolf Hitler .  El nazi pese a que adorase al Duce, hacía chistes entre su camarilla sobre la sangre de horchata de los soldados italianos. ¿Dónde había quedado el ardor guerrero de sus ancestros romanos? Y citaban con primor a Tácito , que señalaba que los queruscos, los antepasados de los teutones, eran tanto o más aguerridos que la  Wehrmacht. Mussolini, un orador que rozaba lo bufonesco, pero que atrapó con su oratoria a las masas. El mayo...

D´Annunzio y los Arditi

"L a muerte está aquí...tan hermosa como la vida, embriagadora, llena de promesas, transfiguradora."  Habla Mario Carli , para hacer un coro de murmullos.- S i podéis mirar a la cara a los seiscientos cincuenta mil compatriotas muertos en la guerra, y no sentir vergüenza, volveréis a vuestras casas sin peso alguno a rastras. Pero si os duele un poco su sacrificio, recordad que ellos dieron la vida por la patria y se preguntan a qué estáis dispuestos vosotros.- Un círculo de camisas brunas rodeaba al excombatiente de la guerra, de palabra audaz. Durante la contienda, Los Arditi (1) como tropa de choque había alardeado de una violencia inusitada, con el fin de causar pavor entre sus enemigos austriacos; repitieron la escena en la que empuñaban sus puñales junto a unas sonrisas fieras, previa a cualquier embestida contra las líneas rivales. Ahora, cuando los rescoldos de la batalla todavía humeaban, y la paz no había sido suficiente para calmar su inquietud, rodeaban en busc...