H abía llegado con maleta de cartón prensado y la bisoñé, que le bailaba en la coronilla por los trémolos de unos vientos tan súbitos, que nos rodearon al abrir la puerta. Mi madre que regentaba un hostal en la Calle Carretas, le espió con los ojos rasgados, que le hicieron merecedora de su sobrenombre de la china o Turandot. Yo detrás, que en mi imaginación soñé con unas notas de un órgano de Bach, agazapado tras los hombros de la china. - ¿Qué desea, caballero? - ¿Tiene una habitación libre? - Sí, por supuesto. – Contestó mi madre. - Pues démela. - Con un visaje salvaje y furtivo, agachó la cabeza para seguir mi estela a través de los distintos rellanos. Le ubicamos en la pieza que tenía un retrato de Franco en la pared, con los ojos de quita y pon, para espiar a nuestros clientes. Nos daba en el fondo mala esp...
Un viaje por la historia y la cultura