B rillaron los espejos de las antiparras, con el venero de la luz del flexo. Dos espectros oculares, que siguieron la estela de un Reinhard Heydrich , que se movía mientras narraba las peripecias, que encarnaban los protagonistas de dicho oficio. El espigado arcángel de la nueva religión nazi, basada en el paganismo y la pureza de la raza, gastaba toda su elocuencia. Heinrich Himmler , cansado porque ultimaban los detalles de la invasión a Rusia, asunto de la máxima confidencialidad, estaba por el contrario atrapado por la narración de su subordinado, y se encendió un cigarrillo. La punta en ascua sobre su rostro de intelectual, adornó de fanfarronería la expresión de aquel criminal. El temible y pequeño Heinrich Himmler - Nuestras redes en Italia están haciendo un trabajo excepcional, Reinhard- Depositó calmosamente la colilla en el cenicero, para continuar leyendo aquel documento, que afirmaba sin ambages, que existía en el norte de Italia, un original de Tácito. Heydrich...
Un viaje por la historia y la cultura