No me digas que se trata del conde, que nada esconde? - A las muchachas de piernas rollizas se le encendieron los arreboles de los carrillos, por el gozo del hallazgo. Hablaban de un personaje que soltaba su verga al aire y que no se recataba de sus costumbres impúdicas. A escondidas, claro, porque luego pasaba por caballero atiplado en aquellos salones de rotundas lámparas de araña. Pues el susodicho aparecía en aquella galería de los espejos en forma de manuscrito, Las once mil vergas, que reflejaba las miserias de alcoba de los personajes del París más mundano, en los albores del siglo XX. Las muchachas siguieron cuchicheando. - Sí, ¿porque era de origen húngaro? - No, rumano, Alice. - Como un Hospadar se presentaba. Todo un depravado.- Latía un desdén incierto en el rumor que secretaron los labios de Alice. Aquel París se había convertido en el lugar de refugio de las personalidades más insospechadas, que imaginaban títulos nobiliarios de lo más i...
Un viaje por la historia y la cultura