S oñaba con el marfil de sus posaderas, o el brillo cárdeno de sus labios. Pero ella envejeció como un odre y se fue, tornando mi eternidad en segundos angostos de gran tormento. Nunca imaginé que el dolor por la pérdida del ser amado fuese tan grande, sin embargo, no pude resistirme a cumplir su voluntad, para perderla para siempre. Recuerdo que subido a las almenas, que habían construido los boyardos más jóvenes, le susurré al oído. - Ven conmigo, querida. - De qué vale la eternidad si no la compartes con tus seres queridos. - Me tendrás a mí.- Yo ya había muerto a manos de los turcos, que jugaron con mi cabeza a eso que llaman ahora fútbol. Pero mi alma negra flotó impelida por los espíritus del maligno, para llegar adonde se hallaba mi condesa.- Por favor, estaremos juntos para siempre. - Te tendré hasta el final de mis días, cuando muera definitivamente. Las personas mueren cuando mueren quienes las recuerdan .- Dijo aquella anciana que había amado como a nadie. Ni siq...
Un viaje por la historia y la cultura