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Mostrando las entradas etiquetadas como Picasso

El fantasma de Larra

C ómo lo pudiste hacer, Baldomera?- La faz lechosa y la voz de ultratumba le había sonado familiar. Llorosa, la mujer se quiso tapar el rostro inundado de vergüenza. De pronto, el vórtice del espacio-tiempo, escondido en la Sepulcral de San Justo , había aflorado de la neblina. ¿ No estaba Baldomera en La Habana? El hombre tenía la cabeza agujereada de unos balazos perdidos en el tiempo. Debía  ser él de todos modos - No te reconozco, Baldomera, con lo dulce que eras. - Ni yo.- Se atrevió a alzar levemente la cabeza. - Ni yo a usted, quiero decir. - Y luego en tono de reproche.- Padre, se fue cuando yo tenía tan sólo cuatro años. Fue muy duro vivir sin su compañía. - El amor. - ¿Cómo que el amor, padre? ¿ Y el amor de los padres a los hijos? - Había cogido los arrestos suficientes para recriminarle su conducta pasada.- Por una pelandusca usted se mató y no sabe qué es lo que nos pasó. - Por supuesto que sí. Mi niño escribirá el libreto del Barberillo...

Nemirovsky, el ballet en la literatura

H oy hablaremos de una joven judía pudorosa  e imbuida de soledad por un padre en constantes periplos de negocios , que escribía y  que además jugaba a crear mundos y personajes imaginarios a partir de chácharas, que escuchaba a su alrededor.  Con una formación exquisita que incluía la música y el baile, no es de extrañar que su prosa destile veneros tan elegantes ( sus borradores son como partituras de música). Sin embargo, los complejos propios y tenerse por tan poca cosa,  siempre hizo minusvalorar su capacidad literaria.  Quizá influyese el hecho de que nunca gozó del cariño de una madre que se marchitaba y que quería vencer al cruel paso del tiempo con cremas y cuidados incesantes, que le apartaban de sus hijas (este personaje rebrotará en varias de sus novelas pero con más crudeza en la fabulosa El vino de la soledad , donde su protagonista, creemos que un trasunto de la propia escritora, titubeará de dolor al pronunciar las dos silabas que nos emocionan ...

Número 8 de la rué de Amyot

Quien no recuerda las melenas híspidas de Modigliani , cigarro en ristre y el sol hiriendo sus rostros en lo que parece un leve receso en el coloquio artístico. Pablo Picasso también parece sonreír, pero le guarda viejos agravios al italiano, que retrepado en su poderío físico, amilana al gran genio. Su francés italianizado, el pañuelo siempre bien puesto y a pesar de una americana, que desvaída y mugrienta espantaría en cualquier otra percha, en la del italiano luce espléndidamente. Además, nota el malagueño el revuelo que causa el joven de cabello agitado, mecido por el viento, cada vez que bravucón apura su vaso de absenta, bebida de artistas y de vampiros, ya que las damas le contemplan de forma soterrada y llena de añoranzas. Anhelos de ser abrazadas por aquel hercúleo licencioso con las musas.  En cuanto se va a su pieza, a discutir veladamente con su amigo, el escultor Brancusi , las mujeres bisbisean y queda en el aire, un vago recuerdo a trementina, absenta y a aquel tab...