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Mostrando las entradas etiquetadas como Marcel Proust

La Vizcondesa de Noailles

" En París, todo el mundo quiere ser un actor; nadie se contenta con ser un espectador. " Jean Cocteau S e le cayeron las lágrimas, la primera vez que supo de la cruel burla del destino. ¿Qué bien lo había disimulado, el muy hijo de puta? No tenía la pluma de los julandrones, de los que se había rodeado desde su infancia, para poder intuir esa celada. Ellos habían sido siempre sus mejores amigos. Con Cocteau, el famoso poeta, se colgaba del brazo, y Marie Laure se perdía por los cafetines de los Capuchinos, llenos de humo. El vicio se respiraba en ellos, por esa canalla que lucía en los andrajos y en las miradas torvas. Precisamente, había conocido a Jean,  cuando asistió acompañada de Marcel Proust , a un espectáculo que marcaría una época dorada de la cultura parisina de la posguerra: los Ballets Rusos del empresario  Diáguilev, orondo y con el pertinaz puro en ristre, dispuesto a disparar una vaharada de humo, en cualquier momento. A su lado el coreógrafo irrepetible,...

La censura del hambre

Qué comemos hoy?- Era la pregunta más repetida en la casa de los Cela. Se había hecho presente el hambre como en tantos otros hogares, y el patriarca, un joven ceñudo con ínfulas de periodista, torero en sus ratos libres, y sobre todo escritor, navegaba por un mar de diviesos que le obligaba en algunas ocasiones a escribir de pie. El joven soñaba con la Underwood   mítica de Ernest Hemingway como con las curvas de Rita  Hayworth , pero en cualquier caso con unas tostadas evocadoras. Podía captar su sublime olor a lo Marcel Proust , el que se recreaba en la dichosa magdalena ¡Lo que haría él con sus mondas! Porque Charo, su mujer, iba a las  colas eternas que se organizaban en cuanto se enteraba de  que la Dirección General de Abastos , haría una entrega de carne. Después de la pitanza, Camilo anhelaba un braserillo que les arrancase ese frío que se deslizaba hasta las entrañas. Las posaderas frías, las lumbares congeladas, que costaba mover tras unos pocos seg...

Maqroll, Mutis y Facundo Cabral

" Me gusta andar, pero no sigo el camino pues lo seguro ya no tiene misterio " Facundo Cabral En los viajes indómitos por una Sudamérica de gran fronda, en pos de oportunidades de desarrollo para la localidades que visitábamos, tuvimos un compañero inesperado y de  prestancia singular. Estaba la expedición imbuida por los aires de aventura de este personaje literario y los largos desayunos, gracias a los que resistimos una verdadera dinámica infernal, con jornadas extenuantes en poblaciones circundadas por la jungla, siempre nemorosa. Imaginándonos ser el Maqroll El Gaviero , no nos derrotaba la destemplanza del hogar lejano ni la melancolía de la familia, y cogíamos nuestro hatillo de la marca Gabol para retreparnos en camiones por los somontes amazónicos o volar al siguiente destino. En nuestra maleta pesaban los libros, única ventana para escapar de las vomitonas, los ojos afiebrados, cuando cada uno se confinaba en su tienda de campañ...

El ultimo malvado de la literatura francesa

Quizá sea su enfant más terrible, por los oprobiosos opúsculos antisemitas que provocaron algo más que el rubor en el país vecino. Ese chico algo botarate, que antes de asentarse en la medicina, vagó sin horizonte ni frontera por medio mundo, lo que iba a dejar una huella profunda en su personalidad y en cualquier caso en una carrera literaria, donde volcará como en un espejo, todas aquellas experiencias personales. Pero Luois Ferdinand Céline , el endemoniado tipo que escribía como los ángeles y que hubiese merecido - si sólo hablamos de literatura-  unos cuantos premios nobeles, les salió un perfecto cretino. Con tres panfletos infamantes e hilarantes en contra del  judaísmo  se va cavando su propia tumba, hasta convertirse en un proscrito en el período de posguerra.  Mea culpa  (1936),  Bagatelas para una masacre (1937) y  La escuela de los cadáveres  (1938), en los que los hebreos se convierten poco más que en gárgolas hediondas (1) . ...

Un hombre sin atributos.

Al hilo de una obra de  Enrique Vila-Matas ,  Dublinesca,   y las memorias del prolífico editor  Mario Muchnik , nos habíamos adentrado en la anterior entrada casi sin regomello en el devenir de la literatura y si en cualquier caso, el formato electrónico, por el que claman en contra numerosos autores, no es más que un cambio de presentación y lo mismo que implica amenazas para el creador – la fementida piratería- también puede ser una oportunidad por su capacidad de  tocar más puertas, esto es,  permitiría   una mayor difusión de su trabajo. A Don Mario, soñador de distopías, más que la velada incertidumbre que se cierne por los usos que los lectores hacemos de los contenidos en formato electrónico, le inquietaba nuestra molicie, más en concreto la de las nuevas generaciones y no tan nuevas, a las que tanto nos gusta  cacharrear  con las tecnologías. En el pecado llevaremos la penitencia parece sugerir el agostado editor, po...