- ¡ P reséntate aquí, cabo patoso! - Me acerqué despavorido, al escuchar el rugido de Oh, capitán, mi capitán. Un poco de sorna no está de más porque todos esos juegos de disciplina me habían cogido algo talludito. Con el sobresalto casi tiré mis gafas de pasta de carey. Un jeribeque a lo Harold Lloyd me salvó sin embargo de tan enojoso trance, y de no ir a tientas hasta que tuviese repuesto. - Sabes que eres un meapilas, que me joden los tíos listillos como tú, pero hoy es tu día de suerte. Vas a servir en el comedor y cuidado, que tenemos una visita distinguida. - ¿ Quienes nos visitan, mi capitán? - Cometí el desliz por mi afán de enterarme de todo, una especie de complicidad. Ni por esas se ablandó el corazón de espartano del capitán Yáñez, ya que su lengua afilada volvió a reverberar una lista de improperios, que nos ahorraremos por falta de espacio. Como la grana, saludé y me fui ...
Un viaje por la historia y la cultura