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Mostrando las entradas etiquetadas como Marlene Dietrich

Tallulah Bankhead, heroína antiwoke.

H abía enchufado la radio, giré el dial y me encontré con una voz profunda y conocida. Tenía el olor a serrín propio de los estudios cinematográficos en la punta de la nariz, mi ropa caliente.  Agotado, me resultaba empero imposible no sonreír con aquella voz de la radio, una vieja amiga, la voz de la señorita Bankhead. Porque Tallulah llevaba pantalones, y cómo los llevaba. Era un John Barrymore pero en femenino seductor. Antológicos sus exabruptos en los lugares más inapropiados. En otro momento, unos tramoyistas que la silbaron en la distancia, y ella que venía del fango, les premió con una sonrisa luminosa. Tan ruda como los operarios, se encontraba más a gusto rodeada de monos azules lanzándole piropos a discreción, que en las fiestas de Hollywood, donde temieron sus andanadas por proverbiales.  Bankhead, una actriz con personalidad propia. - La hipocresía es como el aceite que engrasa las relaciones sociales. - Pontificó un reportero del Motion Picture . - Pero Tallulah...

El anillo de Giges

  L a conciencia no nos vuelve invisibles, aunque lo seamos. Revivía esa reflexión, que algunos confunden con una ilusión de conciencia. Ella, de existir, tiene nombre de mujer, y me persiguió para ahogarme en mi propia culpa.   Mucho rollo folletinesco para el detective de ojos pastueños y cejijunto, que me miró con tedio. L e podía haber dicho que provenía del planeta Marte, que habría encajado mi aserto con la misma casmodia, que compraba una barra de pan.  Encima el River se jugaba la liga en la última jornada. - ¡Joder, no me jodás, que han fallado un penalti! - Le chivó el compañero subinspector, que entró en aquella sala. Una cara de fastidio, porque se estaba escribiendo la historia del balompié argentino, y él tenía que atenderme.  Sin esfuerzo, sin prosodia, el cigarro colgaba de los labios leporinos del inspector Alfio Bertone, que no se creía un moco de mi historia. Un loco más que viene a confesar un crimen que no ha cometido. Al pedo conmigo, soltó...

Rathenau, en el filo de la historia.

E ra una jubilosa noche de verano alemana, en la que los lirios estaban en todo su esplendor. Llegó su perfume y el de los sicomoros como promesas encantadas, hasta que adormilado, su excelencia se retiró a encontrarse con sus sueños, que eran los de todo un país. Cómo parar una inflación galopante, que hacía mella en el bienestar de los más débiles, le quitaba el sosiego.  La reparación de deudas de la guerra, que el Gobierno de Weimar resolvió apelando a la impresión de dinero del Bundesbank , atrajo a esa fiera que habían invocado. Nuestro protagonista, Walter Rathenau, no llegó a ver sino el principio. Meses más tarde, las carretillas de dinero circulaban con la paga semanal, corriendo a por los abastos (1) . Pero vayamos a aquella mañana, en la que el gran estadista germano partió con su descapotable, que conducía él mismo.   Rathenau, el industrial y político  judeoalemán. Por el camino de costumbre y sin la escolta que le imploró su propia familia, lo que propici...

Y el verbo se hizo mujer

Un desdeñoso Julio Camba intuyó en el año 1928 que la irrupción del sonoro supondría un terremoto en la concepción del cine, al que todos consideraban el hijastro menor del teatro , pero que por atraer el foco de las masas, acabaría comiéndoselo (1) . En algunas ocasiones son los hijos los que se devoran a Saturno , más en el mundo de la tecnología. Sin embargo, nos inmiscuiríamos en otra historia, que nos guardaremos en la recámara. Como decíamos, Camba, en un artículo despellejaba la nueva invención, puesto que acabaría con la universalidad del cinematógrafo, que se iba a fragmentar hecho añicos en los distintos idiomas del globo terráqueo ( hicimos una semblanza de Camba en el ejercicio de corresponsal de ABC en los EEUU ) . En nuestros tiempos, las muecas de los artistas del cine mudo nos parecen paródicas por el exceso de histrionismo, pero en ausencia de palabras con las que elevar sus estados de ánimo, los estudios reclamaban...