C on la cara de enfant terrible, Joe Orton cuidaba su vestimenta, por esos viejos tiempos del College, pero el espíritu burlón que adornaba cualquier mueca del dramaturgo, estaba siempre latente en él. Cuando llegué, clamaba contra el mundo; todo alrededor de su figura fascinante , me pareció un caos. No supe, tímido, con mi libreta de anillas y la moderna grabadora, qué espetarle. Me aposté silenciosamente en el quicio, mientras entre el bullicio de la estancia, revoloteaba su representante, siempre predispuesto a frenar su turbidez. Creo que no había reparado en mí. El genial dramaturgo, que dejó una profunda huella en el teatro inglés. - Joe, frena esa lengua. No queremos ofender al gran público. Hay que ganárselo poco a poco. - El agente de Orton era un hombre algo vetusto, que le adentró en el mundo editorial, pero que conocía esos ímpetus de su pupilo. A pesar de que Orton se había convertido en un fenómeno, su descaro, esa pinta de niño bien de la ...
Un viaje por la historia y la cultura