C oloca ese ejemplar de La tierra baldía en el cajón verde de fuera, Enrique. - ¡Me llamo Ernest, Alice!- Le insistió su invitado de rasgos fenicios, mientras la muchacha se esponjó en una sonrisa. Le resultaba agradable el hombre con piel aceitunada y unas grietecillas en torno a sus ojos. Ernest o Enrique se esfumó seguidamente por la puerta de entrada y contempló los sobredorados del ejemplar de La Tierra baldía, amarilleado en su interior, que relucían en un día de cielos abiertos, en aquel lado del Sena. Era su obra preferida de T. S. Eliot , cosas del destino. Cuando soñaba con ella, canturreaba “ The Chair she sat in, like a burnished throne ”. Quería ser puro sin duda, completar el ritual rigurosamente como cualquier “ tumbleweeds ”. Trabajaría por ende unas horas a cambio de ser albergado en el pr...
Un viaje por la historia y la cultura