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Mostrando las entradas etiquetadas como Leopoldo Lugones

La Santa Compaña

  A l abrir mis párpados, fui consciente de que no seguiría siendo el mismo. Había vuelto de una pesadilla en la que fantasmas discurrían por  trochas inverosímiles. Cuando corrí con la certeza y el pavor alabeado en mis labios, en medio del bosque de eucaliptos y por entre los médanos,casi no me salía la voz. – ¡Era yo, era yo! -           ¿Qué dices, Luso? – Me preguntó Casilda que parecía declamar con el acento argentino tan cantarín. Estábamos en la pieza que hace de nuestro gabinete, y en la que nos enclaustramos escapando del alboroto establecido como norma por nuestros chicos adolescentes. Ella se me acercó con su andar clueco, sus pechos irreverentemente grandes y el cigarrillo apostado en sus belfos. – Parece que estás en otro lugar. ¿No me hacés caso? ¿Has terminado con el ordenador? – Asentí con la cabeza, con aires de vacuo entusiasmo, porque sabía que había vivido eso. Repetiría por conocido lo que iba a decir, pero C...

Lugones, una mirada de ficción para la ciencia

M irar l os rieles de su bigote, perfectamente alineados; sus ojos impertérritos al trasluz de los anteojos mientras posaba; hasta que la calma se aventaba cuando llegaban a la fementida política. - No le hables de política, querido, que lo que antes era tranquilidad, se convierte en una sesión tormentosa.- Le recomendó el redactor jefe de su revista, Caras y caretas . Toda una personalidad, que había prestado su figura a una causa ideológica. - Échese a un lado, Don Leopoldo y entorne más la barbilla. - ¿Pero sale la entrada de la casa? - Sí, no se preocupe.- Le dijo cansinamente. Leopoldo Lugones, un grande de la literatura argentina,  su ficción hecha de ciencia, se adelantó a su tiempo ¿Qué opinaría el escritor de él? Un joven judío casi imberbe y rubicundo. Su nombre israelita y un apellido polaco brillaron como si los llevase marcados en la frente: Isaac Lewandovski *. Isaac no lo sabía, pero la celebridad que estaba retratando no se había sumado a las loca...

Un vaso de cianuro.

U n vaso con cianuro. Engullirlo y olvidarse de la noticia sobrecogedora. Todo comenzó con unas molestias en la próstata. Para él que había escalado y montado en bicicleta por los lugares más nemorosos de América, el dolor que lancinaba sus partes nobles, requería de una pronta solución. Torvo entornó sus párpados hacia el veneno benefactor. Le ahorraría los padecimientos de un cáncer de próstata. Horacio temía el deterioro y el dolor. Por otra parte, como le recomendó su galeno.- No debería montar en bicicleta, señor Quiroga, porque esa parte la tendrá molesta después de que le hagamos la operación. El gran escritor uruguayo, que nos mostró una naturaleza con una crueldad inusitada y despersonalizada.  El médico de nariz ganchuda como la de un alcaudón, le miró expectante más allá de sus lentes, sucias. Despaciosamente se elevó.- Si se lo hemos cogido a tiempo tiene cura.- Era una declaración rutinaria, ambos sabían que su enfermedad era terminal - Es un cáncer qu...