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Mostrando las entradas etiquetadas como Winston Churchill

La justicia poética y el destartalado carguero Capitaine Paul Lemerle

  P arís se presentía en la llovizna. Y acaso el concierto desafinado de cláxones de los automóviles que se arracimaban alrededor del vetusto hotel, fue como la campana del fin del asalto que le rescató de su molicie. Heinrich Mann olió también en el vestíbulo, por el que se precipitó, la tinta barata que se deshacía en los periódicos mojados, que albergaban noticias de una Europa tan dispar como acechada por los fantasmas de una contienda que no había acabado. Le gustaba leer a  Winston Churchill , el político tan bocazas como audaz, que hablaba de una interrupción, pero que Europa seguía en guerra. A Heinrich Mann siempre le habían interesado los juicios del político inglés. -            Si no le gustara tanto el poder, es como un vampiro. -Le repuso Nelly, su esposa, en esas sesiones matutinas en las que se imbuían en la lectura de la prensa.  Hitler, el halo del mal.  Cuando cruzó hasta el estrado de   La ...

Los bienes de este mundo

  U n silbido, la muerte al acecho, como una serpiente que regateaba todos los obstáculos. Su corazón que palpitó, y la cara se le llenó de horror a Armand, porque la máscara dejaba un espacio, por el cual entraba el gas mostaza. A Pierre le parecía una escena de cine. Si se pudiese oír todo ese ruido estremecedor, pero tuvo la sensación de que el tiempo se amortiguaba, hasta que fue consciente de lo que ocurría. Los bigotes de su compañero de fatigas, su querido Armand, se convirtieron en el enemigo que le acercaba inexorablemente a la muerte, por permitir ese resquicio para que entrase el veneno. La magnífica novela de Nemirovsky. -  ¡Déjame, Armand! Un segundo, quieto. - Le ordenó, acompañado de un gesto de confianza, para un Armand perspicuo. Seguidamente, trató de apretarle por detrás la cinta de la máscara de gas .  Con todo, su compañero seguía sin respirar bien.  - ¡Venid, vamos, rápido! - Dos camilleros se lo llevarían pero antes, Pierre lanzó una mirada q...

Viaje al miedo en la Sublime Puerta.

¡Recabar el apoyo de los turcos! Esa era la misión secreta que había llevado a Winston   Churchill a reunirse con las autoridades  de aquel país, que no era cualquier país para el viejo león de la política británica, precisamente. Con sus pasos vacilantes, el bombín encasquetado a su cabeza voluminosa y unos vasos de güisqui matutinos hirviéndole en el torrente sanguíneo, se dirigió al encuentro reconfortado y creyendo haber espantado sus miedos respecto al pasado. La recepción tendría lugar en un vagón, con los fantasmas  angostos de Gallipoli aguardándole en su cabeza. ¡Imposible no acordarse de semejante cagada! - ¿Qué desea tomar, el señor? - Le advirtió el metre del vagón que llevaba estampada una sonrisa en su rostro, y le sacó por un instante de su íntima zozobra. La  experiencia de Churchill en la diplomacia, le prevenía en cualquier caso contra la cordialidad afectada  turcoá...

El hombre de Piltdown y el prodigioso Doyle.

Sin duda alguna, Sir Arthur Conan Doyle resulta uno de los escritores más enigmáticos y paranormales de la historia de la literatura. Su nombre se asocia a uno de los mayores fraudes de la arqueología, el Hombre de Piltdown, que entrevera buenas dosis de misterio con una trama sorprendentemente burda. En cualquier caso, Doyle  había abrazado con fervor las teorías espiritistas tras la muerte de su hijo Kingsley , por neumonía mientras combatía en la Gran Guerra . Es curioso que el propio escritor a la edad de cincuentaicinco años quisiese alistarse alegando por carta que todavía conservaba una voz audible y un cuerpo recio. Pero a raíz de la muerte del hijo, Doyle afirmó que hablaba con los espíritus de igual forma que con los vivos. A su alrededor sentía la presencia de Kingsley como la luna gira en torno a la tierra. ¿ Habría perdido la cordura? Esta pertinaz visión de un más allá que podríamos calificar de más acá, le enfrentó a su querido amigo, H...

La fría conciencia de una generación

Como grajos negros, varios personajes extraños habían  revoloteado  en torno a su casa. Un individuo zafado en la farola, embozado en su overol y un pitillo cuyo humo le hubo delatado, pasaba las horas muertas en la acera de enfrente. El escritor, presa de miedos inconfesables, se enervó cuando el eco de un ruido casual retumbó en su casa silenciosa ¿ Se habrían atrevido a entrar? George Orwell (su verdadero nombre Eric Arthur Blair ) receló entonces  de los servicios secretos  de una democracia como la británica. ¿Y si hubiesen quemado las pruebas de imprenta? No importaba, tenía el original a buen recaudo. Una vez más retiró el visillo, y oteó más allá de la callejuela donde se apostaba el espía. ¡ Allí seguía el desgraciado! Hasta editores que creían que la obra merecía la pena, no se atrevieron a aventar el clima de confianza que las necesidades habían convertido en virtud para el Primer ministro Winston Churchill . ¡ Sería desafiar al Número 10 de Downin...