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El sarasa de Röhm y la implosión de la SA

  E staban cansados de sus bravuconadas. La revolución, la revolución, ¿qué revolución?  Aquella cuadra de poderosos caballeros aprovechaban el receso, para  salir un rato a la estancia de fumadores de la Ópera de Berlín, con sus imponentes chaqués. Blandían cigarros y protestas en sus belfos. Aquel gordinflón, camisa parda de las SA  ( Sturmabteilung)   aullaba por las esquinas, que saldarían cuentas con los industriales, y eso no podía ser. Se adueñarían de las fábricas, que serían propiedad de los trabajadores. ¿Para eso habían apoyado  a Hitler?  Ernst Röhm, líder de las SA Nadie olvidaba, y menos ellos, que los grandes herederos de los emporios industriales, seducidos por  Franz   Von Papen , que les había vendido que  Adolf Hitler  era la solución, apoyaron financieramente la campaña electoral del cabo austriaco, que en este momento decisivo pecaba de inacción. " El diablo con sombrero de copa" que revoloteaba entre ellos...

Un patriotismo ciego

Fumarolas en medio de un paisaje lunar con hedor a carne chamuscada. El cabo se mueve agazapado en los roquedales, que se entremezclan con un campo agreste y sumido en greda. Sigue avanzando para llevar el mensaje entre las trincheras erizadas de espinos, pero en un momento llega un silbido, y luego un silencio que lo invade todo. Hasta el tiempo se detiene, y por las esporas que bufan del engendro, comienza a salir el gas traidor. Él que se había tumbado en la hondonada, con el pulso agitado, nota cómo sus ojos comienzan a llorar de manera incontrolada.- ¡Mierda, mostaza! - Proyecta conjuntamente con su maldición un escupitajo. El cabo está desolado. Cada vez le cuesta más respirar, se ahoga y pierde el conocimiento. Antes de que se ponga la máscara antigás, ha absorbido algo de aquella mezcla deletérea. Se lo había recalcado su capitán, en cuanto tuviesen el más leve barrunto de que les gaseaban, tenían que echar mano de la máscara. Por un instante, se acuerda de su misión...