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Mostrando las entradas etiquetadas como Antonio Machado

Lorca y la Xirgu, amor en la escena.

  A rdía en celos, sobre todo de incomprensión. La diva lo habría querido para ella sola, pero le constaba que coqueteaba con la Membrives . Bodas de sangre debía haber figurado en su repertorio y por el contrario, su querido  Federico García Lorca  se la había vendido a la compañía de Josefina Díaz . Entretanto, el bonachón de Josep, su marido, renegaba con indulgencia sobre cualquier motivación oscura,  que llevase a Federico a hacerle un gran vacío.  -Margarita, querida, si le quieres, déjale ir. - Y con tono doctoral. - No hay ninguna conspiración en contra tuya por parte de nuestro Federico.   - Si, pero desde aquello.  La grandísima Margarita Xirgu. La diva del teatro dejó que sus ojos aguados, se bañasen en añoranzas. Esa obra imposible, con tantos saltos en el tiempo, un jugador de rugby.   Su sexto sentido le decía que la cuita   tenía su origen en ese bodrio: Así que pasen cinco años . Una acción que botaba en el tiempo y c...

La Fornarina

L e alcanzaba un presentimiento, que se cernía lóbrego sobre ella, cada noche,  cuando  finalizaba la función. En forma de un dolor de cabeza que le aquejaba, y guardaba entonces sus ojos deliciosos, para un infinito indeterminado. Diálogos con Thanatos, de lo más íngrimos, pero era imposible sustraerse a su entorno. Una albórbola continua. Abrió entonces su representante la puerta de su camerino, con mucho brío, para decirle que había estado magnífica, con mucha vehemencia. - Cada día cantas mejor, muchacha. - Aplaudió, mientras agitaba sus párpados pesados. Le estampó dos besos en sus carrillos, para partir enseguida, a controlar a los miembros de la prensa, que le habían pedido turno de entrevista a la estrella del cuplé. Y se peleaban por sacar algo mollar de la mujer del momento.  La musa del arroyo, la Fornarina,  la gran cupletista. La Fornarina rodeó en aquel instante con los ojos,  las flores, los telegramas de admiradores, los bombones, y suspiró....

En la muerte, Juan Ramón

E scúchenme si no tienen otro remedio, porque quizá lo que les cuente sea igual de irremediable ,que el tremedal en el que me enredé durante toda mi vida. En vano, traté escapar  de la muerte, que se me presentó por primera vez de forma desgarradora en los animales disecados de la clase de naturaleza. Con sus sombras, que en romería nocturna los atolondrados pupilos del colegio Jesuita de Moguer, visitamos en una macabra Santa Compaña . Todo el mundo dormía y soñaba con lo que podía. Yo les chistaba a mis compañeros de aventuras, y les musitaba entre congojas que bajasen el tono. ¡Cómo nos descubrieran los padres jesuitas se armaría un gran tiberio! - ¿No te atreves, melón? - Sí, pero se va a enterar toda Huelva.   A veces, es mejor demostrar una verdadera cobardía, que echarse para adelante si es que las imágenes de tu hazaña se graban toda una vida. Ellos, los animales, habrían sufrido, disfrutado. Ya son historia.  El reverbero de unas caras fieras, iluminadas po...

El roble de Machado

  C omo un roble , el cual se asoma y en la hondonada de los hombros, aparece la retama de la madre. Huesuda y menuda, dice con voz aterrada.- ¿Qué pasa, hijo?- El hijo, Antonio Machado , el del terno lleno de caspa, nos había abierto la puerta alarmado. Son épocas de requisitorias, la temible Brigada del Amanecer de Agapito García Atadell o donde las tropas de los rebeldes hacían vibrar los goznes de la urbe del ¡No pasarán! (1) ,  para adentrarse en sus calles. El mismo bardo que rebautizaron sus alumnos de Baeza como Antonio Ma N chado, se gira a pesar de su pavor para calmar a su madre, Doña Ana, con unos bisbiseos que escapan a un atento pajarillo de nariz de cristal, el joven pero baqueteado poeta, Rafael Alberti . El de Puerto de Santa María no ve al poeta, sino al cachondo de Don Juan de Mairena , que se burla de los maduros que con vestimenta de jovencitos pretenden esconder su edad, o tantas otras sandeces que vienen a correr con los tiempos modernos. Don An...

La serpiente del exilio llega a Argeles

Furtivamente, en carromatos y camionetas habían llegado a los confines de la frontera, que adquiría a sus ojos aquella calidad brumosa y legendaria, que intuyese Rysard Kapuncinsky años más tarde. Pero el embotellamiento que se produjo seguidamente fue tan frustrante que al cabo de unas horas, decidieron desasirse de los estribos a los que se habían aferrado y con un exiguo equipaje -  habían dejado atrás  la parte más importante de sus pertenencias - se encaramaron al puesto de la aduana y gracias a las gestiones de Corpus Barga , aquella pléyade  con una Doña Ana que acezaba, logró atravesar el borde imaginario de Francia. Durante el viaje habían flotado las camarillas de individuos famélicos, algunos con casacas desabotonadas del Ejército Republicano, o familias enteras que llevaban la derrota entrañada en unas arrugas prematuras y por supuesto, el cansancio escrito en sus ojos.   Una galería de medios de transporte, meditaba como ido el poeta Antonio Mach...