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La Fornarina

L e alcanzaba un presentimiento, que se cernía lóbrego sobre ella, cada noche,  cuando  finalizaba la función. En forma de un dolor de cabeza que le aquejaba, y guardaba entonces sus ojos deliciosos, para un infinito indeterminado. Diálogos con Thanatos, de lo más íngrimos, pero era imposible sustraerse a su entorno. Una albórbola continua. Abrió entonces su representante la puerta de su camerino, con mucho brío, para decirle que había estado magnífica, con mucha vehemencia. - Cada día cantas mejor, muchacha. - Aplaudió, mientras agitaba sus párpados pesados. Le estampó dos besos en sus carrillos, para partir enseguida, a controlar a los miembros de la prensa, que le habían pedido turno de entrevista a la estrella del cuplé. Y se peleaban por sacar algo mollar de la mujer del momento.  La musa del arroyo, la Fornarina,  la gran cupletista. La Fornarina rodeó en aquel instante con los ojos,  las flores, los telegramas de admiradores, los bombones, y suspiró....