L a noche berlinesa, con el suelo tachonado de luces, era como una cornucopia de la que se escanciaba un Manuel Chaves Nogales . Abrió la ventana de la avioneta, y el aire frotó su rostro atezado, porque tratábamos con una clase de periodista, que se pateaba las calles. Aquella noche como el resto de noches, miraba pródigamente desde los cielos en cuanto atisbaba el menor asomo de civilización, y la ciudad teutona como obra humana, le embargó de una gran dicha. Berlín a diferencia de otras ciudades se oteaba entre ramas de árboles, y un poco más allá, un enorme lago, Wannsee , cuya superficie espejeaba por las luces de las casas que lo circundaban. La playa de los berlineses, sus vívidos ojos azules saboreaban el paisaje nocturno de urbe tan cosmopolita, cuando el olor a benzina, le estropeó su embeleso. Eso y que el piloto, le dijo en francés, que en unos minutos aterrizarían, así que debía atarse a su asiento, con cuerdas más rudimentarias, que los actual...
Un viaje por la historia y la cultura