D esde el exterior, le apabullaba a Leopoldo Bravo , la fortaleza del Kremlin y su muralla carmesí. Más que la momia de Lenin , que ante la turbamulta apiñada en su derredor, parecía detener el tiempo. Pero cómo no palpitar con el ejemplar ajado de John Reed , Los diez días que estremecieron al mundo , que volvió a releer cuando le destinaron a la legación argentina en Moscú. Aquella mañana se había levantado con un sobresalto. - Señor embajador, le quiere ver su excelencia, Joseph Stalin . No bromeo. - Se lo ruego, Albertini, por la concha de su madre. Que no me chupo el huevo. - Le salió el donaire y bravuconería porteña, postergando cualquier equilibrismo diplomático. No quería creérselo, por más que su empleado jurase y perjurase . - No estamos para chicanas. Evita, estrella del peronismo. Minutos más tarde, vestido a trompicones, estaba en su automóvil , un Mercedes negro. Le abría el paso una escolta de motocicletas con la estrell...
Un viaje por la historia y la cultura