U na brizna de aire que albergar en sus pulmones. Estaban en una de aquellas cámaras de entorno viciado. Abrir algunos cofres mortuorios, en las conocidas como mastabas que habían admirado personajes de la talla de Napoleón, suponía airear todo un cúmulo de bacterias, más que la maldición de los faraones o de los muertos. Gracias a la luz de las velas revelaban las historias de los murales llenos de jeroglíficos. La troupe de Napoleón se las había prometido felices al toparse con la piedra de Rosetta (1) . Corría el año 1799. Descifrar aquellos escritos resultaría una tarea sencilla, que sin embargo, a la postre fue tan dificultosa, que nadie la supo llevar a buen puerto, porque partían de premisas erróneas. Cada figura del jeroglífico equivalía a una idea o palabra. ¡ Error de bulto! Hasta 1822 no se resolvería el misterio de la piedra. Una vida dedicada a una pasión Con todo, un niño inquieto cabeceaba leyendo libros y traducciones. Una inquietud intelectual que cas...
Un viaje por la historia y la cultura