E l ruido de los fusibles, premonitorios. El eviterno siseo, y el acero fulgurante que brillaba gracias a la incandescencia residual de los focos del estudio, cuando se producía el corte de luz. Era lo único que conservaba en la oscuridad Amparo Rivelles , a la que todos admiraban sus labios perfectamente cincelados, esa mirada con desdén, que caía sobre el enamorado. Igual que ese ser mitológico, La Medusa , que petrificaba a aquéllos que osaban confrontar la vista con ella. A pesar de su juventud, Rivelles se había consagrado con el rotundo éxito que significó El clavo , título también señero en la filmografía del realizador Rafael Gil , que acaudillaba a esas huestes del cinematógrafo en ese nuevo proyecto, La fe, junto al galán Rafael Durán. Repetían otra vez en la cartelera esa fórmula del éxito, y él se decía que bebía los vientos por la Rivelles. La diva se consideraba sin embargo,demasiado joven para cualquier clase de compromiso. Antes quería conocer mundo, como c...
Un viaje por la historia y la cultura