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Mostrando las entradas etiquetadas como Camilo José Cela

La novia cadáver

  N o hay más madera que la que arde, es lo que se le ocurrió al ingenioso Camilo José Cela, según descendía evanescente por la Calle de la Madera. Madrid era por aquel entonces una colmena, una ciudad en guerra, que se moría de frío. Pero ajeno a aquellas consideraciones, regodeó la vista en un prostíbulo qué prometía con un elegante proscenio, escenas amorosas para los más iniciados ¿ No se llamaba la calle de los oficios? Pues el oficio más antiguo no debería faltar. Ni las moralistas anarquistas (1) acabarían con ella, razonó ligero el joven escritor. Como una partida de bandoleras,  las libertarias aparecían por los locales a restituir los justos derechos de la mujer. Por mucho que se disfrazase el lugar de un taller de costura, había tráfico de carne, sin duda. Entonces, las muchachas de pañuelo rojinegro al cuello se encendían más si cualquiera de las prostitutas le reponía que no querían dejar la profesión, que les gustaba.- ¿Como os va a gustar? Os tienen secuestr...

La censura del hambre

Qué comemos hoy?- Era la pregunta más repetida en la casa de los Cela. Se había hecho presente el hambre como en tantos otros hogares, y el patriarca, un joven ceñudo con ínfulas de periodista, torero en sus ratos libres, y sobre todo escritor, navegaba por un mar de diviesos que le obligaba en algunas ocasiones a escribir de pie. El joven soñaba con la Underwood   mítica de Ernest Hemingway como con las curvas de Rita  Hayworth , pero en cualquier caso con unas tostadas evocadoras. Podía captar su sublime olor a lo Marcel Proust , el que se recreaba en la dichosa magdalena ¡Lo que haría él con sus mondas! Porque Charo, su mujer, iba a las  colas eternas que se organizaban en cuanto se enteraba de  que la Dirección General de Abastos , haría una entrega de carne. Después de la pitanza, Camilo anhelaba un braserillo que les arrancase ese frío que se deslizaba hasta las entrañas. Las posaderas frías, las lumbares congeladas, que costaba mover tras unos pocos seg...

Alfonso Sastre, ¿una criatura de Bloch?

El Café Gijón envuelto en las brumas de los cigarrillos y de sus desesperanzas. Asoma por allí un joven hirsuto, enlutado, que fuma como un cosaco y que de vez en cuando se toma un carajillo. Extraño, garabatea notas que parecen aprehender la sustancia etérea que conforma la literatura. Su camisa negra, una mirada lacónica que no deja adivinar un atisbo de lo que desconsuela o en su caso anima, despierta el interés de la concurrencia. Ajeno al nuevo visitante, Don Camilo José Cela diserta sobre el gafe, no ha llegado al El Cipote de Archidona que alumbrará las crónicas sexuales y del disparate en años venideros, cuando uno de los contertulios del gallego, pellizca a su compañero. Todo un sacrilegio porque Cela tiene una aureola mágica al estar prohibidas parte de sus obras. - ¿Quién es ese solitario? - Le bisbisea con tal de no afrentar al futuro nobel. - Alfonso, Alfonso Sastre .- El interfecto brama volutas de humo en una faz de fauno. Creativa, pero la mar de embrutecida a ...

La nostalgia geométrica del azar

Quizá se trate de uno de los antihéroes que se oculta gustosamente en un centón de máscaras, que desdibujan al escritor en favor del personaje. Dédalo de motivaciones, para reflejar quien no era como en una galería de espejos. A veces, cuando quería frivolizar sobre su tarea, de manera despreocupada, decía que escribía cuando las musas visitaban su mente, pero nada menos cierto, porque también barbotaba lo contrario, según qué circunstancias. Como testimonia su hijo, que noche tras noche como una lechuza, el orondo escritor a pesar de sentarse sobre el mar del dolor de sus diviesos y un navajazo de una trifulca en el Casablanca , elevaba su pluma para emborronar unas cuantas cuartillas, o quizá un párrafo. Porque lejos de fingimientos, Camilo José Cela abogaba por un perfeccionismo rayano con la obsesión patológica. Acababa una frase tras arduas indagaciones y luego aparecían concatenados varios efluvios en forma de líneas, que tenían que adaptarse al diapasón cantarín del...

La sepultura de la literatura

Quisiéramos sustraernos inútilmente a un debate que se ha convertido en el tópico de las últimas semanas, tras la proclamación del inusitado  Bob Dylan como premio nobel de las letras, pero de igual modo que todos los caminos conducen a Roma, todas las tertulias y corrillos nos abocan inevitablemente a esta polvareda. Una decisión que en algunos casos ha causado estupor y en otros una panoplia de explicaciones para reforzar con razonamientos el fallo de la Academia, que en todo caso ha sido polémico. Aparte, en un redoble de tambores, los ecos no se acallaron con capítulos posteriores, completamente inesperados que alargaron el suspense. Un Dylan ajeno a la púrpura de los premios, o en estado catatónico tras la inesperada concesión, vive en  mundos paralelos  en los que al parecer no existen los nobeles ( más tarde aceptó el premio) y ha provocado la hilaridad por momentos de los más remisos a su distinción.  Qué conste que  en mi más tierna juventud  ca...