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Mostrando las entradas etiquetadas como Enrique IV

Una impotencia no tan real

  S e retiró su Fedora, que puso entre las perneras de rayas de su pantalón. El señor Sitges cabalgó sobre sus patas, preso de un nerviosismo y frenesí por defender a su cliente malogrado, mientras aguardaba su turno en la antesala de la biblioteca del Doctor Gregorio Marañón . La primera vez muchos años antes, dudó de si se acordaría de él y de sus pesquisas alunadas. Aquella herencia por la que acudió a ese mismo gabinete a solventar unas rencillas que le costaron sonoras acusaciones de antipatriotismo. Con vano desdoro para lo que había establecido como su  causa más noble. Ni siquiera estimaba en igual grado a los niños de la inclusa  de Valencia para los que había destinado una renta. La causa de Don Enrique le nublaba la razón. Era la época del error Berenguer , que a la sazón le había acarreado según el filósofo Ortega y Gasset , la pérdida de la corona a Alfonso XIII . Caricatura del doctor Gregorio Marañón - ¡Qué dictablanda, dictadura, señores! ¡Auto-ri-ta-ris-...

Blondell, la trova de un rey perdido

E n la voluptuosidad  derruida  de mis recuerdos, vaga un hecho increíble de mis andanzas por la vieja Europa. Es cierto, que nunca se me fue el regusto por contar historias, pero lo hacía abrigando una cítara en mi regazo, y no en la desazón que me provoca la enfermedad. Pero creí la hora de hacer recuento, por lo que parte de mis familiares se arracimaban en visitas de las que denotaba si acaso febril, un murmullo. A ratos, recuperaba la cordura, y como les incitaba la curiosidad, me hacían preguntas de mis viajes. Cuando una de aquellas preguntas me inquirió si era cierto lo que se contaba. La cara redonda y fragorosa como una luna de mi sobrino William pretendió excusarse por su osadía, mas no quería que muriese sin contar ese secreto.- Lo siento, tío. - ¿Quién te dice que me voy a morir? Soy inmortal. - El guiño henchido de vanidad de un artista, y la expresión de horro de William, liberado de su embarazo. - Lo entiendo, querido que te pique la curiosidad.  El asedi...

Las torres de Londres ( "Ser o no ser")

Imaginemos a un individuo solitario, imbuido en los sueños más peregrinos. Camina con pisadas desvaídas por la City, donde se le amontonaban en la cabeza miles de parámetros, con los que  predecir el futuro: matemáticas fractales, paseos aleatorios. ¡ Vanas ilusiones! Aquellas tribulaciones acompañan sin embargo al joven, que se quiere hacer un hueco en la industria financiera. Pretende inventar algo diferente a la distribución normal o de Gauss, dado el problema de las colas largas ( no es una producción erótica lo que le carcome la cabeza). Os puedo asegurar que aquel imberbe iba con la cabeza gacha mascullando números, embutido en un terno, hasta que alzó la vista y se topó con las poderosas  Torres de Londres . Poderosas por lo evocadoras que le resultaron. En el fondo, le  daban mala espina por el trágico final de los dos príncipes, que risueños si acaso principiarían en otros juegos ajenos al poder, cuando fueron asesin...