C on los labios aún temblorosos, volvió a rozarse con la yema de los dedos aquella hendidura, que había profanado su amigo. Se miraba en el espejo de su pieza, mientras deshacía el lazo. Inadvertidamente le había dado un beso, con un arrebato que le sorprendió y le sumió en un mar de dudas. ¡Tierna amistad! - ¡Lo siento, no quería, Piotr! - Le repuso al intuir el desconcierto en los ojos de él. - Yo tampoco. Los días siguientes se evitaron, por el campus y las calles de San Petersburgo, merodeaban hasta que se topó con la figura del otro en plena clase del conservatorio. Se quería resistir a virar la cabeza y ceder a la tentación de verlo allí, con su rostro apolíneo, también sumido en un mar de dudas. Porque el joven Piotr había acumulado demasiadas decepciones, para una familia que se había desinteresado pronto de sus habilidades musicales. A los cinco años tocaba el piano, y poco más de tres años después, la profesora de música no le podía enseñar a leer...
Un viaje por la historia y la cultura