E staba emocionado, jamás habría sospechado, haber dejado tanta huella en sus alumnos de la Unviersidad John Hopkins . Confetis, trompetillas, algazara inesperada, al traspasar el quicio de su clase. Aquella mañana, sin embargo, se pasó con desgana la hoja de afeitar sobre su rostro aceitunado, tuteándose en ese espejo, que podía ser infinito y que le dio un escalofrío. Pepe se había levantado con las mismas ojeras de siempre, roídas por el cansancio. Afrontaba la última clase, en las que no regateaba un resquicio de esfuerzo, con la emociones contenidas y mucho sueño. No en vano, Don José Robles Pazos había evocado en un duermevela intenso sus primeros días en la universidad, además de la gran ayuda que le había brindado John Dos Passos . para instalarse en un país, cuyas costumbres y burocracias le eran oscuras. José Robles Pazos, el gran profesor Le unía más que una sólida amistad a aquel escritor, reportero trotamundos, al que había conocido en Madrid hacía veinte años, gra...
Un viaje por la historia y la cultura