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El Minotauro bueno


Vagaba en los colectivos muy encogido debido a su piernas largas y muelles. Un cronista decía del autor argentino que tenía algo de ciclopeo, por su talla, barbas y mirada preñada de un rastro de extrañeza. Lo tomaba pacientemente, desde su Banfield de la adolescencia al epicentro creativo de Buenos Aires, donde la búsqueda de una linotipia en la que dar curso a sus últimos infolios, le llenaba las más de las veces de pesadumbres por lo infructuosa que llegó a ser la tarea,  y en ellos se sumía, en los colectivos para rodeado de caras extrañas, continuar con un embarazaso trabajo literario, por el traqueteo de las trochas repletas de baches de los suburbios (quizá La otra orilla, su primera colección de relatos, provenga de allí o quién sabe qué intensas sombras del mundo cortazariano se urdieron en sus viajes en los transportes públicos; el autor sólo confesó en sus entrevistas que en aquellas venidas surgió de un plumazo, la historia de Los Reyes, ver esta versión en youtube). 

Al regreso a su alfoz , lleno de asechanzas que en su  imaginación feraz bordaba y entremezclaba asombrosamente, se percataba de los carromatos y perros que orinaban aviesos en cuanto dejaban de sentir las sombras humanas, que les habrían aventurado una buena coz en caso de desmandarse. Los automóviles habían desaparecido, y pasaba del tango bailado al de la faca de Banfield. Porque en la redoma de aquellas furgonetas surgía una extraña comunión con el resto de pasajeros que en el caso de Julio Cortázar, hizo volar además su imaginación. Así un día,  el Minotauro que pedía bellas mujeres y jóvenes inocentes como sacrificio, y  Teseo que representaba la esperanza del hermoso y valeroso héroe, se convirtieron en la fiebre de Don Julio, que no le abandonó durante varios días. Como Teseo iba a acabar a la sazón con la bestia maléfica mitad hombre mitad astado, sería bueno que antes juzgásemos  cuáles habían sido los cargos que operaban contra el monstruo,se preguntó el artista nacido en Bélgica . En primer lugar, el Minotauro, hijo bastardo con todo lo que conllevaba, nacido de la trampa de un dios, fruto de un engaño todavía más funesto que redoblaba la carga dramática de su existencia, pues todos nos preguntamos alguna vez por nuestros orígenes. Por último, el ateniense ávido y enflaquecido por el ánimo de matar, con su amada Ariadna que tiene algo de Lady Macbeth(1).


El  Minotauro se deja escarnecer y degollar, sin un ápice
 de lucha se rinde en una entrega que tiene mucho de sacrificio



Sin embargo, Julio se embebia en aquellos pensamientos que tenían tanto que ver consigo mismo, y en el fondo, se tornó en un fiscal demasiado benevolente, blando diríamos, respecto a los pecados del Minotauro, que devoraba a siete mujeres y siete hombres atenienses . Cuanta más lluvia más se imbuía en el mito, que crecía como una enredadera, hasta que una tarde llegó a casa, y escribió de un tirón una nueva interpretación que hiciese más justicia sobre el desdichado hombre con cabeza de toro. Sacó unas resmas de papel, y de su pluma brotó una nueva leyenda. Al final, el Minotauro vivía en una incesante fiesta, con su coro de vírgenes, que ebrias de pasiones rondaban al fauno.Era curioso porque el imaginativo y parvo escritor, era su primera obra, estaba poseído por las almas de los ancestros - mientras se tomaba un buche de gúisqui o se liaba un pitillo- pues hablaba muy enfáticamente como por aquellos tiempos. Quién no se imagina a un sosegado Sócrates, que con paradojas nos lleva por las veredas que quiere, a la vez que nos ensalza para no sentirnos agredidos por su facundia. Cortázar se pensaba a si mismo en una de sus encarnaciones  reponiendo al gran filósofo que nos presenta como un alma muy carnal. Sus diálogos en Los Reyes son emanaciones de esa otra vida. 
  


Del tango amarrado al de la faca/ navaja que se
interpretaba con la hiel de la supervivencia
 en los suburbios


Esta es la temática del sorprendente Los Reyes, como decíamos, con una prosodia desacostumbrada en el argentino. Como en muchos de sus cuentos donde produce un giro inefable en el último momento, que el lector más acostumbrado a las conclusiones convencionales, no se espera ni por asomo, aquí parte desde el principio con una perspectiva original, la del monstruo como víctima. Algunos críticos, intuyeron una censura abierta y acerba al peronismo con el que disintió abiertamente Cortázar. Una vulgarización del rosismo, sólo que en vez de protagonizado por el hombre del entorno rural por los llamados "descamisados".El escritor argentino siempre desmintió esta interpretación en su opinión demasiado rebuscada. Más que todo esto, creemos que late en su texto un alegato en favor del diferente.

PS: Como la mitología griega es una gran desconocida en nuestros tiempos, haremos a vuelapluma y por tanto de forma concisa, una semblanza de la leyenda del Minotauro. Poseidón regaló al Rey Minos un toro blanco para que lo ofreciese como sacrificio en su honor. Pero al monarca le conmovió tanto la belleza de aquel ejemplar, que decidió a escondidas conservarlo con vida. La venganza del irredento dios no se hizo esperar, cuando el toro seduce a Pasifae, que se disfraza de vaca para consumar el acto sexual con el animal bravío. De ahí nacerá el monstruo, del engaño de un dios artero y la pasión desbocada de una madre. Para consolar tanto al fauno como tapar su vergüenza, el rey cretense le construyó un laberinto - llevado a cabo por el famoso ingeniero Dédalo, el de las lágrimas de Ícaro- donde le confinó y le procuraba las siete doncellas y siete jóvenes machos, para saciar su vesania, hasta que Teseo que se infiltró en uno de esos grupos, le dio muerte. Mucho se ha analizado de la leyenda del hombre-toro, se ha sentado en un diván a Pasifae, al rey cretense, a Poseidón, para desgranar el hecho del mito en cientos y miles de esquirlas,que destruyen nuestras concepciones previas y nos obligan a verlo bajo diferentes ópticas.


 (1) ¿ El propio Cortázar que creció a las faldas de su madre, Herminia Descotte, que fueron abandonados tempranamente por el progenitor y esposo? Algunos críticos encontraron en el cuento Las manos que crecen, una porfía soterrada con su enormidad, casi de monstruo. ¿ Se sentía identificado con el Minotauro? No entraremos en estos juegos subliminales y freudianos al analizar sus textos. 

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