E l libro comienza sin solución de continuidad. La acción enseguida adquiere un ritmo vertiginoso en El maestro Juan Martínez que estaba allí . Por eso, el lector se imagina al barón Stettin , un chambón, con monóculo y báculo. Rubicundo, despectivo, gracias a su perpetuo estado de cogorza, su capa gualdrapeaba como una bandera en medio de la explanada. Una nube de soldados, que con los cascos en punta prusianos, relucían en aquella tarde con reverberos inusitados de conquista. Eran turcos, no boches, lo que denotaban sus pieles atezadas. Entre ellos, el oficial se desenvuelve con rictus lleno de aplomo. Por la noche en cambio, el champagne, lo único que consumía de los galos odiados , le tornaba en una imagen tambaleante, que le escrutaba para sentenciarle. Sin duda le miraba con ojos extraños. Una vez que le pidió que se asomase por su palco, el maestro Juan Martínez , bailarín que había sido invitado por los turcos, por esa fascinación que les prod...
Un viaje por la historia y la cultura