Escúchenme
si no tienen otro remedio, porque quizá lo que les cuente sea igual de irremediable ,que el tremedal en el que me enredé durante toda mi vida. En vano, traté escapar de la muerte, que se me
presentó por primera vez de forma desgarradora en los animales disecados de la clase de naturaleza. Con sus sombras, que en romería nocturna
los atolondrados pupilos del colegio Jesuita de Moguer, visitamos en una macabra Santa Compaña. Todo el mundo dormía y soñaba con lo que podía. Yo les chistaba a mis compañeros de aventuras, y les musitaba entre congojas que bajasen el tono. ¡Cómo nos descubrieran los padres jesuitas se armaría un gran tiberio! - ¿No te atreves, melón?
- Sí, pero se va a enterar toda Huelva.
A veces, es mejor demostrar una verdadera cobardía, que echarse para adelante si es que las imágenes de tu hazaña se graban toda una vida. Ellos, los animales, habrían sufrido, disfrutado. Ya son historia. El reverbero de unas caras fieras, iluminadas por los haces de
las linternas, todavía me sobrecoge, caleidoscopio infantil, que me invade en
sueños. ¡ La muerte que siempre me acompaña! Como me enteré más tarde, en la que llamé Colina de los Chopos(1), a Salvador Dalí también le atormentó la visión de unas hormigas, que ahora moran en sus cuadros, como símbolo de la muerte. Les cuento esto, para que comprendan que a veces me verán el semblante más triste de lo que soy.
Ha habido no obstante ocasiones en las que me sentí inmensamente libre, sin añoranzas de ningún tipo. Como cuando paseaba con un fin, y enervado aguardé el menor atisbo de unas cortinillas, que se abriesen para ver su cara redonda. Iba de un banco a otro de la calle a sentarme. Llovió, tronó, nevó o cayese un sol de justicia, trencé mis piernas, ojeé otra vez las hojas de la gaceta, que había pasado de un lado a otro. El mismo partido de fútbol, que se hacía viejo en mis retinas ¿Se asomará Zenobia? Verla allí cual epifanía de mis sentidos era todo un premio. Su madre le pidió que se alejase de mi, que nada bueno traen los obsesivos y más si son poetas.
Qué se lo digan al orate de Villaespesa. Nunca he leído mejores sonetos que los compuestos por Villaespesa mientras hacía el pino. Venían a mi casa a condenar mi paz, por el rebullir de sus luchas literarias, para que Juan Ramón Jiménez, es decir yo, resolviese la rebatiña. Era más joven que Francisco, a pesar de mi aspecto caduco. Antonio Machado, Francisco Villaespesa, y ese judío con hechuras de chambón que levantaría acta de nuestras hazañas, Rafael Cansinos Assens. Me convirtieron en juez sumario, y mi palabra en ley literaria. Sin embargo, pese a las reticencias de la que se convertiría a la postre en mi suegra, este vate logró desposar a Zenobia Camprubí, la que sería mi musa toda mi vida. Gran escritora, conocida todavía por sus traducciones de Rabindranath Tagore
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Juan Ramón muchos años después, |
Mi Zenobia despertaba por ese hecho, verdadera admiración entre infinidad de muchachas de clase alta, que se inspiraban en su independencia y que leían con gusto sus traducciones y cuentos. No era poco común que la abordasen en medio de una fiesta, o cuando paseábamos por el Parque de El Retiro, expresándole una devoción que no nos alteraba. Cartas en las que explicaban sus tribulaciones. Mi encuentro con Marga Gil Röesset fue no obstante en otro contexto. En un palco de teatro, al que la había invitado mi Zenobia. En la penumbra me cegaron sus intensos ojos azules, fríos, vagos. Marga sonreía cada cierto tiempo, herida por una felicidad inconfesable, porque estaba junto a su heroína, Zenobia. A la salida, como joven escultora de indudable talento, nos propuso hacer un busto de Zenobia, y por qué no del poeta.
Si hay algo que me ha encantado siempre, son los jóvenes con talento. Es extraño, odiaba el ruido, pero recibía a Marga y otras muchachas con dicha. Por aquellas fechas Zenobia estaba convaleciente de una enfermedad, de la que sanó al cabo de las semanas, pero me dio oportunidad de conocer mejor a la pequeña de los Gil Röesset. Sus tallas eran hermosísimas, como sus ilustraciones. Zenobia me participó de un cuento que compusieron su hermana Consuelo/Chelo y Marga, que logró gran éxito en nuestra vecina Francia siendo ellas dos adolescentes. Eran talentos muy precoces, por eso, esa muchacha ruda, de brazos atléticos que se arqueaban para dar forma a materiales duros, contrastaban con sus labios finos, rasgos de diosa griega ojizarca, que se posaron en los míos con quieta intensidad la primera vez que vino a esculpir el busto de Zenobia. ¡Qué belleza! Reía y se ruborizaba de manera violenta, y me preguntó si había leído algún ejemplar de aquel cuento del que les hablé. Le dije que sí, la verdad. - Pues que sepa que Chelo y yo se lo dejamos en la puerta de su casa, para que lo leyeren. - Viviamos por aquel entonces en otro lugar, no en Padilla 38.
Se sucedieron las visitas. Su cabello del dulce enebro, los brazos eternamente blancos, resplandecían en aquella habitación en la que la recibíamos y a la que acudía solícito. Marga había recibido todos los dones, y yo era un amante de la belleza: me bebía su imagen y sus historias. No me malinterpreten, yo amaba a Zenobia. Con todo, escuchaba con atención lo que me decía Marga. Quería desasirse de la maroma materna. Una madre pertinazmente vigilante, la acechaba en cualquier situación. - Me encantaría ir a París, maestro. Sin ella, pero me dice que una joven educada como yo, no se puede ir a semejante putiferio. Qué iré con ella. ¿Se lo puede usted creer?
- Un buen lugar, aunque esa Babilonia podría devorar a un ser tan exquisito como usted. Tiene razón su madre.
- Ya viví allí, maestro, gracias por su preocupación, no se importune. Es por alejarme de mi madre, por si no se ha dado cuenta.-Reconoce con dolor. - No cree que mis inclinaciones por el arte y la bohemia sean buenos. Ella quiere que me case con un hombre educado y con fortuna.
- Usted es una maestra en la escultura. Ha ganado premios. No podemos prescindir de su arte.
Poco a poco, la muchacha se fue enamorando de mí. Lo supe más tarde, pues no lo habría permitido, antes me habría alejado a la Patagonia. Les cuento que un día llegó Marga Gil Röesset con unas lágrimas que rondaban sus ojos, y semblante muy enigmático . - Tome, maestro, pero prométame que no lo leerá hasta pasados unos días. - Se lo prometí, pero les aclaro que me había entregado su diario, con planes demasiado trágicos. Hasta que una mañana vino Zenobia con la cara demudada. Una carta entre las manos. Y me lee. "Vas a perdonarme....¡Me he enamorado de Juan Ramón! y aunque querer y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa....perdóname Azulita....Por lo que él quisiera yo habría hecho." Su familia estaba desesperada, porque a su hermana Consuelo le ha dicho que se ha matado porque no era feliz. La buscan por cualquier lugar, hasta que caen en lo irremediable. Unos días antes había cogido un taxi para dirigirse a una casa de un tío suyo en Las Rozas. Allí, ella, mi amiga, había puesto fin a su vida. Y yo me regodeé en la desdicha que me acompaña, con la parva siempre como asechanza, y que cuando entreveía un rasgo generoso de vida, me recordaba que estaba allí desde aquella expedición nocturna a la clase de naturaleza. La pobre Marga Gil Röesset se había suicidado pegándose un tiro en la cabeza que no pudo desfigurar del todo su inconmensurable hermosura. Una escultora de veinticuatro años que habría marcado una época como artista. Luego nos dijeron que destruyó todas sus obras en su atelier, menos el busto de Zenobia.
DRAMÁTICO FIN
Escuchemos los ecos de la obra más conocida de nuestro inmenso poeta, al que la muerte como él mismo reconoció, atravesó en dos. La muerte de su padre, la de la joven y talentosa artista, Margarita Gil Röesset y aquella experiencia del niño poeta. Su poesía sin embargo le convirtió en eterno, como su Platero. El burro que todavía encandila a los más pequeños y sobre todo a los mayores.
(1) La famosa Residencia de Estudiantes, que Juan Ramón Jiménez bautizó por sus chopos de esa forma.
Buenos días Sergio!! en la vida de Juan Ramón Jimenez concurrieron unos hechos que hicieron que su figura alcanzase una dimensión literaria, voy a decir casi pareja (no quiero ofender a nadie) a su obra. Conocía este episodio, pero lo recordaba de otra manera, creía que Marga se había enamorado de Zenobia...da igual, como fuese era víctima de sí misma y de su obsesión. Me recuerda a "Carta de una desconocida" de Stefan Zweig. Ficción de un amor unidireccional obsesivo. He estado enamorada y no he sido correspondida y doy gracias a esa experiencia que me ha enseñado que no todo es blanco o negro.
ResponderEliminarMarga vivía el romanticismo del siglo XIX...un romanticismo exaltado. Le colgó el Sanbenito a Jimenez, pero creo que no sabía cómo escapar de una realidad asfixiante y una madre castradora. Lástima!! le quedaba mucho por dar, y disfrutar.
A fé que era buena. Incluso dicen las malas lenguas, que Antoine de Saint Exupéry la plagió. El famoso dibujo del "El Principito" es un calco de una de las ilustraciones de unos libros infantiles de Marga. ¿Casualidad ? Saint Exupéry también merece un repaso, no crees? jejeje
Muchas gracias por tan grata lectura.
Un abrazo y feliz domingo.
Muchas gracias a ti, Marybel, por tus aportaciones que siempre complementan el relato del post. Debería incluirlas.....por su brillantez. Desconocía que El Principito pudiera inspirarse en una ilustración de Margarita Gil Roësset. Saint Exupéry tuvo una vida fabulosa. De hecho tengo una entrada casi acabada, pero que me gustaría redondear de alguna forma. Hubo un momento que me cautivó su vida, y todo empezó por los poetas que combatieron en las guerras mundiales (comencé con esa hornada increíble de vates de la Gran Guerra). Están ahí en la recámara para ser disparadas como balas, que nos traigan sus nombres y sus vidas llenas de epopeya al presente. Con toda modestia, no soy nadie, aunque haré rodar sus nombres por si alguien lee estos post, que no caigan en el olvido mujeres y hombres tan extraordinarios.
ResponderEliminarRespecto a la historia de Marga, con triste final, tuvo un comienzo como dices algo diferente. Las dos hermanas tenían una profunda admiración por Zenobia, a la que llamaban Azulita por la intensidad de sus ojos azules. Era veneración, e incluso las hermanas Gil Roësset abordaron cuentos en el marco indio, en homenaje a Tagore y a Camprubí. No en vano, el ejemplar que dejaron en la puerta de la casa de Camprubí Jiménez, tenía como objetivo la lectura de Zenobia. Sin embargo, más tarde, Marga se enamoraría de nuestro gran poeta. En el diario que le dio antes de su muerte al propio vate, le manifestaba la enormidad de su amor.
«... Y es que... Ya no quiero vivir sin ti... no... ya no puedo vivir sin ti... tú, como sí puedes vivir sin mí... debes vivir sin mí...», «Mi amor es ¡infinito...... La muerte es... infinita... el mar... es infinito... la soledad infinita... ... ... yo con ellos... ¡contigo!... Mañana tú ya sabes... yo... con lo infinito... lunes, noche», «Pero en la muerte, ya nada me separa de ti... solo la muerte... ... solo la muerte, sola... y, es ya... vida ¡tanto más cerca así... ... muerte... cómo te quiero».
De Juan Ramón Jiménez, del que he leído alguna biografía, me sorprendió esa turbación por la muerte que él mismo refiere en ese episodio/excursión nocturna de la niñez. También narra con mucho dolor y casi como Alberti, el óbito de sus respectivos padres. Aunque como conocía de este episodio borroso en mi memoria, consulté distintas fuentes y se me ocurrió darle este fin.
En buena parte me he basado en las Sinsombrero de Tania Ballo, un libro excelente, con algunas omisiones pero que resalta la labor de aquellas artistas, arrumbadas por el paso del tiempo, pero que compartieron miedos, reflexiones y arte con los grandes de la Generación del 27. ¡Ellas son Generación del 27! Habrá que hacer una labor para separar el grano de la paja, porque como todos los fenómenos, se debe separar y ser justos. No por razones de género compararlas con otros artistas, hombres o mujeres, que sí merecen estrictamente por su trabajo, estar en esa nómina.
Iré rescatándolas, con toda humildad de su ostracismo, para que giren de nuevo por esta constelación presente. Y perdona, por la extensión. La vida de Juan Ramón tiene tantos episodios fabulosos como dices. Casi inabarcable. Uno que me encanta, es el de la estafa que padeció en sus carnes, con el que sea quizás su libro más universal. Platero y yo. Un editor que le timó y cómo resolvió esa querella. Me parto cuando lo recuerdo. Un abrazo, camarada de las letras, y feliz domingo.