El roble de Machado


 Como un roble , el cual se asoma y en la hondonada de los hombros, aparece la retama de la madre. Huesuda y menuda, dice con voz aterrada.- ¿Qué pasa, hijo?- El hijo, Antonio Machado, el del terno lleno de caspa, nos había abierto la puerta alarmado. Son épocas de requisitorias, la temible Brigada del Amanecer de Agapito García Atadell o donde las tropas de los rebeldes hacían vibrar los goznes de la urbe del ¡No pasarán! (1),  para adentrarse en sus calles. El mismo bardo que rebautizaron sus alumnos de Baeza como Antonio MaNchado, se gira a pesar de su pavor para calmar a su madre, Doña Ana, con unos bisbiseos que escapan a un atento pajarillo de nariz de cristal, el joven pero baqueteado poeta, Rafael Alberti. El de Puerto de Santa María no ve al poeta, sino al cachondo de Don Juan de Mairena, que se burla de los maduros que con vestimenta de jovencitos pretenden esconder su edad, o tantas otras sandeces que vienen a correr con los tiempos modernos.

De Joaquín Sorolla Bastida (1863 - 1923) - [1] (choice by best resolution one), Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=31540163
Don Antonio, pintado por Sorolla.

- ¿Me recuerda, Don Antonio? - Le dice Alberti con su dejo andaluz.
- Claro que sí, me encantan tus versos, Rafael. Tengo un ejemplar de Marinero en tierra.
- Me complace no sabe cómo, maestro.- Agachó la cabeza Rafael, que enseguida se puso a contarle a Don Antonio, el motivo de la visita.- Vengo señor, porque sabe cómo tratan los facciosos a los poetas. Nuestro querido Federico García Lorca.- Se hace de pronto un silencio turbador, y Don Antonio mueve la cabeza en un mohín que hace cómplice a Alberti. Delante de Doña Ana nada de dramas, pues su salud es demasiado frágil.
- Madre, estos señores van a entrar para hablar de cómo editar una antología de mis poemas.- Mentira piadosa.- Pasen, por favor. Váyase a su pieza, que tenemos que discutir sobre cosas que van a aburrirla en extremo, madre.- Se mete encogida,  sus pasos seguidos por el sonido de un carrillón perdido.- ¿ Qué quieren exactamente?
- Será que no queremos, maestro.- Le repuso Alberti- Qué caiga en las garras de los facciosos. Además, tiene la casa que parece una nevera. No le podemos conseguir combustible, todo está dedicado al esfuerzo bélico.
- No queremos irnos, aquí están todos nuestros recuerdos.- El sueño, las ojeras y unos párpados que abre angustiosamente como si se los cerrasen con imperdibles. El poeta despide con un mohín a sus visitantes. Otra vez el diapasón de las horas muertas se apodera de la casa, y los visitantes bajan las escaleras a escape. De fondo, el frente alejado y a la vez tan cerca, con los rumores de los obuses que retumban como en el efímero rompeolas en que se torna un  Madrid, que resiste.


De Agence de presse Meurisse - Bibliothèque nationale de France, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18511178
La Pasionaria, fiel servidora del despiadado Stalin,
en aquellos días de noviembre del 36,
prestó su voz a la resistencia de Madrid.


Alberti confuso, no dio su brazo a torcer, y torna unos días después, cuando la situación es más desesperada si cabe. La Pasionaria con sus vehementes locuciones lleva en sus inflexiones claros aires de derrota, pero no se rinde y contumaz aviva en las ondas el afán de resistencia. - Maestro, se lo confieso, a pesar de lo que se diga en la radio, puede que en unas horas, quien golpee en la puerta, sean los rebeldes taimados. Y no se van a detener porque usted firmó el manifiesto de apoyo.- De forma artera pensó Don Antonio, a la vez que escuchaba la perorata de Alberti.- Le fusilarán como a Federico, no le quepa la menor duda. Hemos decidido, no le vamos a llevar  a rastras, que si quiere salir, un destacamento de nuestro heroico Quinto Regimiento nos transporte hasta Valencia. 
- De acuerdo.- Creyó que al roble, tan testarudo, no le iba a convencer. Sin embargo, su familia cada vez más alarmada le hizo pensar en los suyos más que en él.- Pero tengo hermanos. 
- Por supuesto, se pueden venir con nosotros.
- Qué tienen hijos.- La misión de Alberti era llevarse al gran vate, qué más daba que fuera con toda la troupe.- En total, doce más: ocho sobrinos, mis dos hermanos y sus esposas, a los que hay que sumar a mi madre y a mí.
- Menudo operativo.- Se chanceó Alberti, que se ufanó de haber logrado un objetivo que se planteaba tan  arduamente imposible. 
Se fueron con el Quinto Regimiento, aunque el poeta Machado soñase con el Séptimo de Caballería, tan de moda gracias al éxito de los western en el género narrativo. Y llegaron a una casa con huerta en los confines de la gran ciudad a las orillas del Turia, donde Don Antonio compuso unos versos más que entrañables. Por favor, léanlos en pie:


Ya va subiendo la luna


sobre el naranjal.
Luce Venus como una
pajarita de cristal.

    Ámbar y berilo
tras de la sierra lejana,
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

Ya es de noche en el jardín
—¡el agua en los atanores!—
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores.

¡Cómo parece dormida
la guerra, de mar a mar,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar!

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia,
¡estaré contigo,
cuando mirarte no pueda,
donde crece la arena del campo
y se aleja la mar de violeta!
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

      
No espantemos con más palabras, la magia de la quedada del poeta que con sus anchos pies  se balancea sobre el césped, y goza del olor que le envuelve de la huerta. Le aguarda un dramático futuro, una muerte anónima en Colliure. Dejemos que esta noche, descanse y sueñe con estos, sus versos, tan hermosos. Esperemos que no requiebren su sueño esos visitantes incómodos, que moscardean y devastan lo que encuentran a su paso. 



De Ufficio Storico della Aeronautica Militare - Archivos libres de la guerra civil, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8828564
Los redobles de las bombas o el tamborileo de las ametralladoras
llegaron a la Valencia de Machado. 

(1) Lema acuñado en La Batalla de Verdún por los franceses, con el que apelaban a la épica a fin de reducir los daños y recuperar terreno a los alemanes, tras una primera embestida que se adentró muchos kilómetros en territorio galo.

Comentarios

  1. Hermoso. Tan triste. No conocía el poema:
    "y sólo huele a jazmín,
    ruiseñor de los olores."
    Esa magia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué dos grandes poeta, Gregoria, y me imagino al gran Machado en su retiro bucólico de Valencia, donde la guerra le alcanza con sus siniestros ecos. Da vértigo saber el triste final de Don Antonio y su inseparable madre en Colliure. Claro que otros exiliados arrostraron el confinamiento en playas, pero los poetas que cantan a la vida, y resulta imposible no conmoverse por los poemas que nunca compusieron.

      Eliminar

Publicar un comentario