La sepultura de la literatura


Quisiéramos sustraernos inútilmente a un debate que se ha convertido en el tópico de las últimas semanas, tras la proclamación del inusitado Bob Dylan como premio nobel de las letras, pero de igual modo que todos los caminos conducen a Roma, todas las tertulias y corrillos nos abocan inevitablemente a esta polvareda. Una decisión que en algunos casos ha causado estupor y en otros una panoplia de explicaciones para reforzar con razonamientos el fallo de la Academia, que en todo caso ha sido polémico. Aparte, en un redoble de tambores, los ecos no se acallaron con capítulos posteriores, completamente inesperados que alargaron el suspense. Un Dylan ajeno a la púrpura de los premios, o en estado catatónico tras la inesperada concesión, vive en  mundos paralelos  en los que al parecer no existen los nobeles ( más tarde aceptó el premio) y ha provocado la hilaridad por momentos de los más remisos a su distinción. Qué conste que en mi más tierna juventud canté  hasta la saciedad a Dylan.


Oates otra vez magistral en su novela
La hija del sepulturero

En cualquier caso, indagar en los extraños designios de la Academia sueca como si fuese la pitia de una sibila, y el jurado, cualquier jurado, un remedo de Oráculo de Delfos, nos acabaría sumiendo en la melancolía. Son tantos los recelos y rencillas ocultas entre autores y editoriales, que resultaría divertido desbrozarlos para mostrar el juego sucio que se produce entre bambalinas en los jurados.  Hay muestras lacerantes de escritores, que habiendo acumulado reconocimientos en el exterior, más tarde en su patria chica se les ha negado el Goncourt, el Cervantes o el Rómulo Gallegos(1). Mecenas desdeñosos, a los que se habían resistido para figurar en su catálogo editorial los escritores concernidos, a posteriori como cruel vendetta, les cerraban las puertas a cualquier reconocimiento público. Para ello recurrían a las más altas instancias políticas del país. También sucedía un tanto de lo contrarioque ejemplifica como nadie  el gran y controvertido escritor César González Rúano . Cuando en el primer certamen de los Nadal (1944) le repusieron que la novela ganadora  Nada de Carmen Laforet, era mejor que la suya, este replicó a su vez con gran templanza - ¿ Pero desde cuándo se hace justicia en España por los jurados literarios? - Nosotros añadiríamos que no es sólo un defecto de nuestro país.  

De todas formas rogamos disculpen esta larga introducción con la que nos hemos recreado en las ignominiosas ausencias/injusticias de los premios, que viene a colación porque la lista de desagravios crece y se traspapelan expedientes como el de la escritora Joyce Carol Oates, que protagoniza con su espléndida novela La hija del sepulturero la entrada de esta semana del Azogue. Por su talento inconmensurable, hacen más agudas y lacerantes estas omisiones.La narradora americana tiene una obra de una dimensión importante por cantidad y guarda en sus párrafos reverberos góticos, que nos rescatan para la literatura la belleza de la prosa. A las sombrías historias que nos acechan de su mano,se suman las metáforas que nos van perforando para que no perdamos el gusto meramente literario y que por supuesto tampoco enlentecen el desarrollo de sus novelas ( parece que hemos olvidado que en la literatura es casi tan importante cómo se cuenta ). 


Premio Nobel, causa de vehementes disputas en sus fallos.


En La hija del sepulturero, aparece otra vez, la escritora que voraz se arroja sobre el maltrato de género, una realidad que construye con personajes abigarrados, de muchas aristas. Perfiles psicológicos magistralmente reflejados, de los maltratadores y la maltratada, y que harían recomendable su lectura para los profesionales que dedican sus desvelos a combatir a esta lacra. Oates vuelve a aporrear nuestra conciencia para despertarla de la molicie y del marasmo, al punto que Harold Bloom, el famoso crítico, ha descrito a gran parte de su obra como literatura de la conciencia. En La hija del sepulturero nos intriga en las primeras páginas con su protagonista medrosa, Rebecca, cuya congoja y dependencia respecto al sexo masculino nos resulta enfermiza. Pulula la figura malhadada de un padre carcomido por los odios contra sus congéneres que no logra dominar - es un judío pobre, que también los hay y muchos, que emigra desde una Europa envuelta en llamas a cumplir el sueño americano y sólo le resta como oficio el de sepulturero que nadie quiere. Además, este desdichado padre de Rebecca prefiere olvidar el amor hacia sus hijos, su familia y hacía sí mismo, porque en todo vislumbra el poder deletéreo de la muerte. 

El progenitor que todo lo ve perecedero y una tragedia familiar que nos irá desanudando el complejo laberinto de emociones en el que se consume la joven judía. Joyce Carol consigue estirar a lo largo del tiempo una trama, con varios saltos narrativos que no merman la consistencia  de esta pieza literaria, en contraste con otros autores que intentan hacer lo mismo y nos hacen perdernos en dédalos de historias, que se tornan a la sazón en hilachas inextricables e inasibles. Así la Rebecca que necesita el referente de una sombra masculina quizá por las tinieblas vividas con su progenitor, busca inconscientemente la protección de un hombre de respuesta violenta. Confunde sus sentimientos con el amor, todo lo fía a no afrentarlo, atrapada en los dudosos códigos del maltratador, hasta que se cae de su caballo en cuanto el malvado marido pone en riesgo la vida de su hijo común. ¿Nos suena la historia? Decide huir y cambiar de nombre para escapar a una muerte segura.El fiat lux le aboca a a reiventarse a sí misma y a su menudo hijo, para con una identidad prestada e imaginada, escapar del horror. 

Joyce Carol Oates, de aspecto melancólico, su
prosa cuidada nos enamora.
( Fotografía gentileza de Rodrigo Fernández)



Escenas de una violencia inefable, que nos remueven las entrañas. La hija del sepulturero no es lo mejor de su producción, puesto que esta escritora si sorprende, es por rayar siempre a un gran nivel. A veces, nos parecen desmesurados los comentarios por excesivamente laudatorios que se hacen sobre novelas de determinadas editoriales. Sospechamos que entre bastidores se apremie  en las redacciones con sobres a ensalzar auténticos tostones, sin embargo, con Oates podemos decir que los elogios no son exagerados y que incluso se antojan cortos. Una vez más, sin desmerecer a Dylan, que tiene unas letras y algunos libros reseñables, nos preguntamos qué más deben escribir Oates o el propio Philiph  Roth, Milan Kundera o el incomparable Ismail Kadaré para que se les reconozca el talento. El problema no es Dylan, sino los literatos que se quedan en la cuneta y que lo merecen  más que él, que no es propiamente un escritor. Ominosas faltas, mientras el tiempo sin sutileza atrapa a todos estos autores sin premio con esa telaraña de muerte, la misma que tanto temía el sepulturero, padre de la protagonista de la novela de Oates, que tanto nos ha encantado. 


(1)  Cela no fue profeta en su tierra hasta una edad tardía. Vindicaba por las esquinas, esto es, por donde le quisiesen escuchar, que en su dilatada trayectoria había recibido todos los reconocimientos en España y en el extranjero, aunque la máxima distinción en español, nuestro Cervantes, todavía se le negaba. Un sinsentido. Un día abordaremos el sistema Goncourt, que ha destilado verdaderas mareas de tinta, que van y vienen cuando lo fallado es polémico. O la burbuja en las que algunos premios obligan a encerrarse a algunos de sus jurados, que deparan por supuesto, auténticas historias de terror a la sazón de Stephen King

Comentarios

  1. Otro gran artículo, amigo Sergio, en el que reflejas un amplio conocimiento de la materia literaria y sus circunstancias, cosa que a mi como lector me resulta muy enriquecedor. Mi más grande enhorabuena. Saludos amigo.

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  2. Muchas gracias,Servilio,espero alguno de tus relatos con ansias renovadas.Me encantó el del jugador de palo,porque nos sumiste en la deliciosa atmósfera de los entornos rurales canarios.

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