París se presentía en la llovizna. Y acaso el concierto desafinado de cláxones de los automóviles que se arracimaban alrededor del vetusto hotel, fue como la campana del fin del asalto que le rescató de su molicie. Heinrich Mann olió también en el vestíbulo, por el que se precipitó, la tinta barata que se deshacía en los periódicos mojados, que albergaban noticias de una Europa tan dispar como acechada por los fantasmas de una contienda que no había acabado. Le gustaba leer a Winston Churchill, el político tan bocazas como audaz, que hablaba de una interrupción, pero que Europa seguía en guerra. A Heinrich Mann siempre le habían interesado los juicios del político inglés.
- Si no le gustara tanto el poder, es como un vampiro. -Le repuso Nelly, su esposa, en esas sesiones matutinas en las que se imbuían en la lectura de la prensa.
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| Hitler, el halo del mal. |
Cuando cruzó hasta el estrado de La Salle Mutualité, Mann sintió la lengua de fuego de una sala abarrotada y tan atorrada humo, que pudo masticar el tabaco que flotaba en el aire. El viejo disidente, que brevemente contaría a su hermano lo ocurrido, de puntillas, pues Thomas Mann, del que las viejas disputas le habían separado, no soportaba que los éxitos de su hermano le eclipsaran. Se abstuvo de enviarle las grandes recensiones que había deparado la magistral La juventud de Enrique IV, por no ofenderle.
- No se puede esconder la luna. - Le reprochó Thomas, que hizo críticas de Enrique IV, absolutamente laudatorias. No sin razón, proclamaba que su hermano Heinrich había logrado "la plenitud de su arte narrativo", con "ecos de una grandeza clásica."
| La juventud de Enrique IV, el gran clásico. |
Cómo comentarle entonces las grandes sensaciones que había experimentado en aquel congreso, sin herir su ego. Toleraría sus éxitos literarios, pero que sus colegas de profesión, de tendencia izquierdista era cierto, le prefiriesen a él como el epítome del exiliado, hizo que se imaginara a su familiar con cajas destempladas. Los asistentes le palmoteaban en la espalda. Tampoco le confesaría que le fue difícil sustraerse de sus nervios. No pensaría más, trescientas voces, el tumulto, en una platea que se había completado con sillas plegables, donde se sentaba una concurrencia tanto curiosa, fisgones de París, atraídos por cualquier expresión de las masas y el sentido del espectáculo, como aquellos que habían huido de hogueras, de listas negras, de uniformes. El primer Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura quería curar al Viejo Continente de lo que parecía una epidemia: el Noi vogliamo del fascismo. Y su discurso era el plato estrella.
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| Heinrich Mann, el escritor exilado de la barbarie nazi. |
Contra el fascismo se conjuraban, aunque sentían la amenaza nada velada del comunismo. El ruido atroz aturulló a Mann, hasta que en la tercera jornada, el ruido se convirtió en una belicosidad nada disimulada entre las partes. Un parteaguas, en el momento que desde las butacas una alma cándida recordó la figura de Victor Serge. Hagamos el inciso, para un semblanza de circunstancias. El viejo bolchevique sin partido, autor de El año I de la Revolución Rusa, se pudría entonces en el gulag de Orenburgo, deportado por la GPU. Sin juicio. Sin fecha. Solo el frío de Stalin, que cuando se le hablaba de que era un tema candente, que desde la prensa extranjera se les comparaba con los nazis por el confinamiento de Serge. Esa muerte a la inteligencia que como bravuconadas expelían los fascistas. El lema de que "Los intelectuales nos hicieron perder la guerra, porque lo nuestro no fue más que una Victoria mutilada" parecía que se reproducía en las antípodas supuestas, que representaban los comunistas.
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| Victor Serge, el escritor y primer revolucionario. |
El murmullo surcó entonces la sala igual que una hoja cae pesadamente. Era como el comensal inesperado, que impetrado en silencios por unos, hiela la sangre a otros. En la mesa presidencial, André Gide se ajustó las gafas y miró de reojo a André Malraux. Algo se barruntaban, el nombre prohibido, y cómo poner orden. Una parte de la claque comenzó a cantar La Internacional como respuesta a los del otro bando, mientras "los puros, los puros no llegaban a ninguna parte", alegó Malraux que no parpadeó.
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| Vorkuta, gulag en el círculo Ártico. |
Heinrich Mann habló después, pero no se aplacaron los nervios. Que no quedase en el intento, el viejo Mann, con su voz catedralicia, soltó largas endechas sobre la dignidad del espíritu y el deber de Europa. Sus frases eran hermosas, extensas, como muebles que ya no caben en una casa que se ha quedado pequeña. El entendimiento. La sala escuchó, respetuosa, en honor a un escritor que vivía en otros tiempos. Con todo, el escepticismo pervivía, hasta los ideales parecían raídos como los cuellos de las camisas de muchos de ellos, que subsistían en un París tan caro para el extranjero.
"Hay que reventar a los tibios, son peores que los fascistas." Gritó con la cara demudada un joven comunista, de barba rufa y el pelo recogido en una coleta. Anna Seghers tomó entonces el micrófono. Seca, delgada, quiso infundir de rigor su comentario. “Equiparar la retención de Serge con lo que Europa padece, es confundir la escala”, dijo. “Es hablar de una pequeña herida, de un corte hecho por descuido… frente al incendio que lo devora todo”. No negó el destierro. Lo midió. Y lo declaró pequeño. Gide bajó los ojos al cuaderno, no sabía dónde esconderse: la suma de todos esos dramas pequeños, nos deslizaban hacia la inmundicia desde todos los ángulos posibles. Quiso que se lo tragara la tierra. Sabía de las hambrunas en Ucrania. Malraux displicente cruzó los brazos, encajando aquel directo con estoicismo. Y que Mann siguiera hablando de la cultura como baluarte, no dejaba de ser irónico. Afuera, el tranvía pasó otra vez, temblaban los raíles. Serge seguiría dos años más en Orenburgo.
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| Anna Seghers, escritora tan lúcida como obtusa con el estalinismo. |
Ahora bien, aquellas frases de Seghers no tendrían más moraleja que las propias vivencias de la escritora un lustro después. Avancemos, pues, en la historia. Llegan los nazis a París, y desesperada busca refugio en la embajada de la URSS, donde es acogida con indiferencia. No sabe qué hacer, sus hijos y ella figuran en la lista de máximos perseguidos, en el número uno o en el dos, ¡qué consuelo! y cuya entrega la Gestapo exigirá a las autoridades franceses. Saliendo de la embajada, se encuentra con "su amigo", Ilya Ehrenburg, que le confiesa que no pueden hacer nada. Los nazis son sus aliados. Hará como que no la ha visto. Le recomienda que huya.
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| Ehrenburg, el intelectual melancólico e inquisidor. |
Ese destino juguetón vuelve a jugar hilarante con la escritora alemana. Cuando por fin logra embarcarse en el Capitaine Paul Lemerle. Un carguero destartalado, que parece un cascarón de mala muerte. Se comen las uñas, por cuanto no logra zarpar de Marsella. Se ha convertido en una ratonera, y no sabe cómo entretener a sus hijos, en esa poza inmunda de cochambre. Pero desvía la mirada cuando en cubierta se encuentra con Victor Serge. Ambos saben de sus posturas enconadas y se han encontrado en el lugar más insospechado del mundo.
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| El Capitaine Paul Lemerle. |




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La entrada es para leer con calma, es, creo, un manifiesto antitotalitario digno de tener en cuenta.
ResponderEliminarCreo que el nudo gordiano es el "Caso Víctor Serge". Serge el escritor y revolucionario francorruso que, por criticar el giro autoritario de Stalin, terminó arrestado y deportado a Orenburgo (Siberia).
Habían intelectuales con cuño, como Gidé, que decía que no se tenía porque callar, y que el socialismo no era "eso", que en ocasiones se igualaba con el fascismo. De ahí que he puesto lo de "totalitarismos".
Para el comunismo de la época, denunciar los crímenes de Stalin era hacerle el juego a Hitler. Había que elegir bando y callar las disidencias internas.
Hay, y me debes de perdonar, cierta correlación moral con lo anterior expuesto, (no igual, pero si moral), a lo que nos está sucediendo en la actualidad (salvando las distancias).: Todo lo que hagan los mios está bien y no es denunciable, y es preferible cierta torcedura de principios antes de que vengan los "otros" y gobiernen "peor".
Cuando André Malraux liquidó el debate moral con la frase "Los puros no llegan a ninguna parte", en el Congreso de 1935, dio el golpe de gracia. Tenía claro y lo dejó patente que la "pureza" ideológica o ética era un lujo burgués que nadie se podía permitir mientras los tanques del fascismo se ponían en marcha, pero nada dijo de los Gulags del comunismo stalinista. Para él, y desde una perspectiva trasversal, lo uno no era comparable con los otro.
Se olvidó de los más de dos millones de personas que murieron en los campos de trabajo, de las hambrunas con tres cuartos de millón de muertos que hizo pasar a Ucrania, de las epidemias de cólera y de tifus por falta de hihiene y malnutricón de la población...Se olvidó nuestro gran escritor de los tres millones de muertos directos por mano y orden de Stalin.
PD: Un placer leerte.
Miquel
Sí, es una entrada con demasiados hilos narrativos, son mi perdición, gran Tot, porque me muevo por intuición por varias líneas como un funambulista. Heinrich Mann y su relación con Thomas, el que a la postre se erigió como mayor referencia literaria, sirve de introito, y sin embargo, el verdadero nudo gordiano gira en torno a la figura paradigmática de Serge y la hipocresía de Seghers. Como siempre, gran Tot, has captado la esencia. Nadie duda de la sevicia de los nazis, y en cambio, se excusan demasiados crímenes por el presunto "progreso".
EliminarTodavía hoy en nuestros días. Stalin convirtió al país en una potencia industrial dicen algunos de sus panegiristas, a un coste absolutamente brutal, eso suelen soslayarlo. Y también lo hundió en una guerra que la URSS comenzó junto a los alemanes, con un pacto, que como se supo a posteriori, aceleró los planes de guerra de Hitler. Tenía que convencer a su estado mayor que en aquella ocasión no se volvería a repetir la pesadilla de los dos frentes. La providencia es un niño chico que juega en las rodillas de Dios, y un segundo Tannenberg no estaría asegurado. Eso decía el general Werner von Blomberg, hasta que cayó en desgracia por el escándalo sexual de su mujer, Erna Gruhn, una alegre joven que había posado como modelo de postales sicalípticas.
En ese sentido, el pacto con los soviéticos, fue providencial para que el Estado Mayor se arrojase convencido a la Guerra con Polonia. No sé, en pocos manuales se dice que los nazis y los soviéticos comenzaron la guerra al unísono. No digo que no entienda, que viendo el gran ogro del fascismo, muchos no quisieran ser tan puros como el armiño de Da Vinci, que representa la pureza, ante la dama. Y no les doliera enfangarse, a costa de no ejercer el más mínimo juicio contra la tiranía del signo contrario. Un abrazo, un placer leerte, Tot.
Miramos a Hitler, como
ResponderEliminarel genocida que era, pero
no escuchamos lo mismo
de Stalin, que resulta que
mato más gente que el
otro, en la España del
régimen, el que no quería
estar se marchaba, sin
embargo, quien sale de
Corea del norte?, como
disidente será, bien finde,
un saludo.
Lo has clavado, Orlando, siempre tan genial con tus versos. Juzgamos como corresponde y no menos, la sevicia de Hitler, pero cómo somos tan livianos con la maldad de Stalin. Me resulta harto no incomprensible. Escuché a un intelectual español, vacunado de espantos, por haber militado en organizaciones maoístas, y haber revertido esa enfermedad del totalitarismo, que recordaba el revuelo que causó la visita a España de Aleksandr Isáievich Solzhenitsyn. Incluso, Camilo José Cela denunciaba que Solzhenitsyn pecaba de hiperbolismo. El pope del conservadurismo, inefable y genial escritor, al que también se le recuerda por la ventosidad que irrumpió en el senado como por desairar a la dictadura desde la páginas de Papeles de Son Armadans. No podía desprenderse de esa incomodidad, que reflejaba el hecho de que hasta para el gallego rebelde, calificarle de conservador en las postrimerías de su vida es reduccionista, había asumido la falsa pátina de idealismo de los comunistas.
ResponderEliminarQuizá la clandestinidad en algunos casos, hiciera percibir a Don Camilo ese idealismo, pero creo que es más debido a esa guerra cultural, que fue objeto de los desvelos de Gramsci. El político italiano supo infundir ese juicio dispar, a través de conquistas de instituciones culturales y educativos. Mejor que la sangre, el Holodomor, los Juicios de Praga, que tantos desgarros produjeron, era que esa savia del comunismo atravesara las instituciones de Occidente. La violencia no podría convencer, de hecho, abrió los ojos a idealistas como Ernesto Sabato, que pronto vieron la trampa, el cartón y la sangre que corría con frenesí en el estalinismo. Recientemente, y perdona la extensión, he analizado a través de varias lecturas el papel de la Escuela de Frankfurt en la percepción y filtros con los que interactuamos en la posmodernidad. Los hemos heredado los más liberales, conservadores.
Y es que con su escala F, que parte de una premisa científica claramente errónea. A pesar de que el contexto daba muestras claras, de que el autoritarismo no tenía ideologías, y había más casos desde posiciones izquierdistas ya cuando publicó esta teoría, Orlando. No nos detendremos en si el nazismo tenía, que las tiene, unas claras raíces socialistas. Por qué somos socialistas, la declaración panfletaria de Goebbels arroja más certezas que dudas.
Pero esa escala de Adorno analiza como desde presupuestos conservadores se puede llegar al autoritarismo. No desde la izquierda, esa parte de la realidad más que plausible, queda cercenada en su trampaestudio. Y eso que desde Robespierre hemos tenido contraejemplos más que notorios. Sin embargo, ese poso lo asumimos. Yo, mientras leía, soy persona de orden, sí. Iba sumando preceptos en los que me identificaba y en los que según Adorno, con sus trampas argumentativas, me situaría con tendencia al autoritarismo. Respeto las instituciones, sí, claro, son las que conservan la igualdad, que aunque sea relativa, se volatilizaría sin ellas. Adorno nos clasifica como potencialmente autoritarios, y así se explican en el contexto actual los ataques a las instituciones en España y la visión sesgada de la Izquierda en general. Solamente se puede ser autoritario, como rezaba en la escala F, desde posiciones más centrales o conservadoras. Se puede ser arbitrario, destruir, fusilar como ha demostrado la historia en nombre del idealismo de izquierdas, no obstante, Adorno no contempla esa posibilidad y su visión ha permeado nuestra cultura. Che Guevara no es arbitrario, ni violento o un asesino, sino un revolucionario, un luchador. Un abrazo, Orlando.
Es que, Victor Serge, en su mirada, en su escritura, crítica al totalitarismo desde la izquierda, porque él es izquierda. eso es lo importante, que él no milita, ni escribe desde la bancada fascista.
ResponderEliminarSupo en primera persona como cuando se detenta el poder la trama para no abandonarlo se vuelve compleja, y se crean policias paraleas dispuestas a asentar, más, aun si cabe, la trama de quien gobierna.
Así, siendo de ideología anarquista, no dudó en ponerse al servicio de Trosky (IV Internacional), para intentar desmantelar la Ojrana. Imposible.
Su máxima: ""Siempre he creído que la literatura debe ser un testimonio, un arma, un medio de liberación y una forma de conocer la verdad", fue objeto de vigilancia especial, porque fue en Barcelona, allá casí al finalizar la I Guerra Mundial, donde descubrió el anarcosindicalismo y la fuerza organizada de las masas obreras.
Una persona a tener en cuenta y que no sale en ninguno de los siete tomos de "La Historia del pensamiento Socialista", de G.D.H. COLE, Ed Fondo de Cultura Económica, y que creo, debería figurar aunque sólo fuera de pasada.
Un abrazo
Un saludo
Ése es el justo valor de las críticas, que las hizo desde un claro posicionamiento de izquierdas y en un momento que la deriva palpable. En ese momento, Sabato y otros intelectuales advirtieron el autoritarismo del estalinismo. No sabía de su pasado en Barcelona, ciudad rompeolas del anarquismo, incluso cuando éste daba sus últimos estertores. Un abrazo, Tot, siempre un placer tenerte por estos lares. Cuídate.
EliminarHe tenido que buscar en un libro y he puesto apuntes de la I.A. porque hay poca información de él en Barcelona, salvo la que ayudó a agrupar a los obreros de La Canadiense. (ojo que la huelga se produjo el 5 de febrero de 1919); sucede que por lo que parece él ayudo a aglutinar la fuerza promotora.
EliminarLa estancia y la huella de Victor Serge (nacido Víctor Lvóvich Kibálchich) en Barcelona durante el año 1917 constituyen un capítulo fundamental tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria.
El nacimiento de "Victor Serge" y la Barcelona libertaria
Tras cumplir cinco años de prisión en Francia por su supuesta vinculación con la banda anarquista ilegalista de Jules Bonnot, Serge fue expulsado del país y llegó a Barcelona a principios de 1917.
En la capital catalana se integró rápidamente en el efervescente movimiento anarcosindicalista de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Fue precisamente en Barcelona, en las páginas del emblemático periódico anarquista Tierra y Libertad, donde empezó a firmar por primera vez con el seudónimo que lo haría famoso mundialmente: Victor Serge.
La huelga general de agosto de 1917
Serge vivió en primera línea el clima de agitación social que culminó en la huelga general revolucionaria de agosto de 1917. Aunque el movimiento terminó en fracaso y fue duramente reprimido, para él representó el paso definitivo del individualismo ácrata hacia la acción colectiva y organizada de las masas obreras. Esta experiencia aceleraría su posterior adhesión a la Revolución Rusa cuando le llegaron noticias del triunfo bolchevique en Petrogrado.
Plasmar la ciudad en su literatura
La Barcelona de la época dejó una huella imborrable en su memoria que quedó magistralmente plasmada en su novela El nacimiento de nuestra fuerza (Naissance de notre force, 1931). El libro funciona como una crónica literaria y autobiográfica de dos ciudades y dos revoluciones: la Barcelona anarcosindicalista de 1917 (la revolución perdida) y el Petrogrado soviético de 1919 (la revolución entonces ganada).
Mil abrazos ¡¡¡
Grande Tot, pero son observaciones muy oportunas. Redondean la figura y me hacen preguntarme por si ese libro anda por ahí. Lo buscaré. Me refiero a la novela. Muchas gracias. Un saludo de nuevo.
EliminarSiento no haber comentado antes, pero no había visto tu publicación en mi blogroll sea por despiste mío o porque blogger oculta las publicaciones y las hacen pasar por desapercibidas. Mi comentario es este:
ResponderEliminarEl texto ilustra la tragedia de una intelectualidad europea atrapada en la pinza de dos totalitarismos opuestos pero especulares: el nazismo y el estalinismo. A través del Primer Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura en París, se evidencia la fractura ética de la izquierda frente a las purgas soviéticas; mientras Heinrich Mann defiende la dignidad del espíritu, Anna Seghers minimiza la deportación de Victor Serge en el Gulag calificándola como una «pequeña herida» frente al incendio fascista, justificando el horror en nombre de la causa.
Sin embargo, el relato alcanza su clímax mediante la ironía histórica y la justicia poética. Un lustro después, tras el pacto germano-soviético, Seghers es abandonada por la URSS ante el avance nazi y obligada a huir. El destino disuelve los dogmas en la cubierta del *Capitaine Paul Lemerle*, el carguero rumbo a Martinica donde coinciden la escritora y el propio Serge. Este encuentro entre perseguidos, en las antípodas ideológicas pero hermanados por la misma condición de parias, demuestra que la suma de esos «dramas individuales» conforma la verdadera tragedia universal, validando la postura de Serge: la barbarie totalitaria, sin importar su signo, siempre fagocita la libertad humana.
Intentamos cuidarnos todo lo posible, pero lamento mi tardanza.
Un placer contar siempre contigo, Joselu, da igual cuándo. Perfectamente sintetizado el laberinto en el que se encontraron numerosos intelectuales de la primera mitad de siglo, y cuyos ecos se prolongaron casi hasta nuestro tiempo. "Totalitarismos opuestos pero especulares". Un abrazo, y nos leemos, Joselu.
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