- ¿Qué haces aquí? – Le preguntó desafiante, y con un desagrado rebullente. Aquel tipo le enfermaba, con sus argumentos y el falsete en la voz, con el que se conducía en sus circunloquios. Había acabado irritado no pocas veces en discusiones que no llevaban harto a ningún lugar. Un Diógenes de pacotilla, con más desaliño que el suyo.
– Lo mejor era no hacer nada. – Le imitaba cuando en su enojo, se lo figuraba delante suya, pero en su cuarto recoleto. Como si el reflejo de la única vitrina que languidecía allí, fuera a resucitar la figura de Henry Miller. Un diletante de café, que se había hecho famoso por haber sabido recoger los ecos del Ulises en sus obras.
– Pareces un fantasma. – En aquella ocasión no era ninguna figuración. Continuó Eric Arthur Blair hablando al Miller real. ¿Cómo disimular su asco? Responderle era caer en sus tretas de pensamientos fósiles. La realidad era mucho más frágil. Ni los sueños suponían ese remanso de paz como les había demostrado Sigmund Freud. A Eric le costaba alcanzar la paz, como para aguantar a aquel soplapollas.
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| Sigmund Freud, sueños y pesadillas del mundo moderno. |
Encima Miller se había presentado sin previo aviso, y le miraba de hito en hito con esa expresión salaz. La escena se produce en una pieza de Montmartre. Antiguas cuitas le repelen, como cuando el irredento se rio de la implicación de los intelectuales en el Primer congreso en defensa de la cultura y de la democracia, que se había celebrado en París en 1935. ¿Qué podían hacer un grupúsculo de escritores más que bien alimentados y adocenados, para frenar la doble deriva totalitaria en tierras europeas? Porque era doble, recordaba el escritor americano. Y se retocaba sus quevedos, como si quisiera resaltar su superioridad.
- Yo me opongo, a qué exactamente, como si tu oposición fuera a ser tenida en cuenta. ¿Dejarán los japoneses por eso Manchuria? – Alegaba el
soplapollas, con un filtro que se sometía al dulce vaivén de sus labios, hasta
que con un Zippo lograba prender la masa de tabaco. Era la verdad que titilaba en aquellas afirmaciones de Henry Miller, las que le dolían especialmente a George Orwell, que por aquellas fechas creía no en el activismo, sino en lo que entonces se llamaban las causas.
Miller fumaba quedamente,
postergado en la pieza, en el momento que sacó de la bolsa una chaqueta verde que acercó buscando la
paz con el que consideraba su amigo. George Orwell partía a
la guerra española, donde acumularía tantos desengaños. La chaqueta verde estaba tazada por varios lugares. Henry regalaba auténticos zarrios sin valor alguno, recolectados probablemente de la basura. Ésa sería su contribución a
la Guerra de España. No creía en nada le había escuchado decir cientos de veces.
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| André Malraux, uno de los ponentes del Primer Congreso de intelectuales en defensa de la democracia. |
- Para cuando tengas mucho frío. Parece que no, pero puede hacer mucho frío en España. – Se remontó a una vez que visitó la bella Barcelona, en la que la humedad le hizo entumecerse sus jóvenes huesos por entonces. Orwell le escuchó mientras le informaba de que no quería de otra forma contribuir a la sangría, que se estaba produciendo en España, más que con esa chaqueta para que su amigo no pasara frío. George examinó la prenda más detenidamente, que acumulaba grasa, como lamparones. Entregarla así solamente se le ocurría a Miller, pero atribuyó la suciedad a una grasa del portador originario de la chaqueta, que imaginó como un tripulante de un ballenero.
Y es precisamente esa anécdota la que sirve de punto de partida para el ensayo que Orwell escribiría más tarde, Inside the Whale and Other Essays, donde se interroga por primera vez sobre la pasividad de algunos camaradas en tiempos tan atroces, en los que no tomaron partido por nada ni por nadie. Vería como Gertrude Stein apenas se alteraba con la llegada de los nazis, el rumor quedo de la urbe discurría igualmente. Pablo Picasso siguió pintando sin ruborizarse por las detenciones que se practicaban contra antiguos camaradas.
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| Gertrude Stein en el conocido retrato de Valloton, con aires de cura provinciano. |
La grasa de ballena en la chaqueta era como si Henry Miller hubiera salido del interior de un cetáceo: una perfecta parábola de su afán por no posicionarse jamás en un mundo desbocado. En ese refugio interior de la ballena, Orwell situaba a todos los Miller que habitaban el mundo, sentados al margen de la historia, inmunes a los bombardeos masivos que caían sobre Londres mientras él llevaba el ensayo a la imprenta. Dentro de la ballena, no llegaría ningún ruido del exterior y uno puede “aceptar la vida tal cual es”, sin luchar por cambiarla. Pero, moralmente, ¿cuál de las dos posiciones era la correcta?
Tal vez el desconcierto de Orwell no
provenía tanto del incorregible Miller como de la posibilidad de un mundo lleno
de hombres como él: personas que no se meten en nada, pero tampoco se
comprometen con nadie. Por otro lado, un Orwell más baqueteado receló más adelante,
de los otros que como él buscaron utopías, y
abrieron las puertas al infierno. En tiempos donde el activismo de Saul Alinsky
se sienta con corbata en los Consejos de Administración, no sabemos si el activismo como creyó Orwell
al final de sus días, atrae monstruos que la razón no conoce. Y si en
definitiva, el desquiciante Miller tuviera la posición moralmente más razonable.
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| Alinsky, el activista radical, paradigma moderno. |





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Hace un tiempo, una bloguera,
ResponderEliminar(que ya no publica), dijo , que
los intelectuales se creen por
encima del resto, aquello me
sonó en su momento, a qué
no los sabía apreciar, y no me
lo creí, años después, ahora,
empiezo a tener otro concepto,
me alegro que vuelvas, buen
finde, un saludo.
Y cuánta razón tenía esa bloguera, Orlando. Algunos aprovechan ese altavoz que supone la notoriedad, pero que les desnuda en numerosas ocasiones, en las que se revelan como verdaderos cretinos. Su dogmatismo solamente les permite ver una parte del autoritarismo, y es lo que le ocurrió a Ana Seghers que denegó el auxilio a Victor Serge en ese Congreso de Defensa de la democracia y de la cultura, encerrado por su oposición al estalinismo más atroz en un campo de trabajo. Esa ceguera nunca la entenderé. Me identifico más con los Chaves Nogales, los Ernesto Sábato, e incluso con el propio Orwell, que al final de sus días, creyó que quizá la posición de un Miller, que no se alteraba por nada, en el interior de su ballena, era la más coherente. Si esa lucha como la de Seghers, no hacía más que justificar y traer de vuelta utopías que tiranizan al ser humano. Un placer leerte, Orlando, tus versos son de lo más incisivos.
EliminarDebes perdonarme que no te haya escrito antes. No funcionan lo bien que debieran las actualizaciones, al menos en mi bloc y he pasado "de pasada" por tu casa. Me he llevado esta sorpresa.
ResponderEliminarVolveré a instalar tu bloc de nuevo.
Como siempre no es una entrada para responder de "golpe", es para leerla detenidamente. De momento ya he visto a Gertrude Steín, en aquel cuadro que sale en la portada de la Autobiografía de Alice Toklas, y que se debe a Picasso.
Decir que la mayor parte de las escenas que nos narras son desconocidas para mí, y que me identifiqué en cierta medida con el protagonista de Tropico de Capricornio cuando es contratado por la Cosmodemonic Telegraph Company, como responsable de personal, contratando y despidiendo mensajeros a granel.
Un abrazo y voy a ver si puedo actualizar tu bloc ¡
Lo he actualizado, pero me sigue saliendo la entrada "antigua". Sólo me sale lo último publicado si clico a propósito sobre las letras en "negrita". Veré si se renueva esta tarde, en ocasiones tardan 24 horas.
ResponderEliminarUn saludo ¡
Perdonado siempre, Tot, es una incursión, que me ha salido de manera improvisada, porque pensaba con celeridad. Pero poco a poco, a medida que acabe el curso escolar, espero volver a estas páginas. La autobiografía de Toklas es una de las experiencias más agradables, qué bien traída Tot. Muchos censuraron su connivencia con los nazis, máxime tratándose de sus orígenes judíos. En fin, en realidad, lo que viene a discutir esta entrada cuál es la mejor posición. Supongo que dependerá de cada uno. Hay intelectuales que puede estar escorados en su ideología, pero que no son inmunes a las injusticias, provengan de donde provengan. No por ser perpetradas por los de su cuerda, les conceden una menor importancia ni la denuncian. Un placer tenerte por aquí, Tot.
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