Mirar los rieles de su bigote, perfectamente alineados; sus ojos impertérritos al trasluz de los anteojos mientras posaba; hasta que la calma se aventaba cuando llegaban a la fementida política. - No le hables de política, querido, que lo que antes era tranquilidad, se convierte en una sesión tormentosa.- Le recomendó el redactor jefe de su revista, Caras y caretas. Toda una personalidad, que había prestado su figura a una causa ideológica. - Échese a un lado, Don Leopoldo y entorne más la barbilla.
- ¿Pero sale la entrada de la casa?
- Sí, no se preocupe.- Le dijo cansinamente.
¿Qué opinaría el escritor de él? Un joven judío casi imberbe y rubicundo. Su nombre israelita y un apellido polaco brillaron como si los llevase marcados en la frente: Isaac Lewandovski *. Isaac no lo sabía, pero la celebridad que estaba retratando no se había sumado a las locas campañas antisemitas, que surcaban los océanos de América a Europa, en ambos sentidos. A pesar de su credo político ultranacionalista, la fibra artística, giraba sobre la cabeza del retratado; aquella vena le hizo admirar a los descendientes de Abraham. Pues Leopoldo Lugones había criticado como patrañas todos los camelos ideados en torno a los Prioratos de Sión. En música, infinidad de artistas judíos, o escritores judíos que se habían identificado con una visión centroeuropea; en el fondo creyó que la singularidad y sensibilidad europea estribaba en esa diferencia con respecto del mundo. Que por la sangre del viejo continente circulase un ápice, una gota siquiera de los prosélitos de Moisés.
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Leopoldo Lugones, un grande de la literatura argentina,
su ficción hecha de ciencia, se adelantó a su tiempo
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¿Qué opinaría el escritor de él? Un joven judío casi imberbe y rubicundo. Su nombre israelita y un apellido polaco brillaron como si los llevase marcados en la frente: Isaac Lewandovski *. Isaac no lo sabía, pero la celebridad que estaba retratando no se había sumado a las locas campañas antisemitas, que surcaban los océanos de América a Europa, en ambos sentidos. A pesar de su credo político ultranacionalista, la fibra artística, giraba sobre la cabeza del retratado; aquella vena le hizo admirar a los descendientes de Abraham. Pues Leopoldo Lugones había criticado como patrañas todos los camelos ideados en torno a los Prioratos de Sión. En música, infinidad de artistas judíos, o escritores judíos que se habían identificado con una visión centroeuropea; en el fondo creyó que la singularidad y sensibilidad europea estribaba en esa diferencia con respecto del mundo. Que por la sangre del viejo continente circulase un ápice, una gota siquiera de los prosélitos de Moisés.
- Hemos terminado, señor Lugones. Fue un placer. - Iba a darle la mano, pero el poeta le replicó como si el trabajo no hubiese acabado.
- ¿No quiere tomar algo, joven? ¿Cuándo me pasarán la entrevista, para que le podamos echar un ojo? - Incluía a su secretaria.
- Depende de Don Celso.- Le recordó Isaac que se encogió de hombros. El joven aludía a su redactor jefe. Sin embargo, se trataba de una deferencia que seguía la revista protocolariamente. La competencia prefería la polémica. Así de esta forma, el entrevistado podría enmendar un total, y estar más de acuerdo con lo plasmado en las linotipias.
La silueta de Lewandovski y su motocicleta se difuminaron entonces con los ocres vespertinos. Nada de política y se cumplió que el volcán del señor Lugones, le pareció un espíritu de lo más adocenado. Porque se había convertido en un nacionalista argentino sin matices. "¡Es la hora de la espada!" había glorificado como Gabrielle D`Annunzio el uso de la violencia. La desidia de una clase obrera, pastoreada por algunos enemigos de la patria, tendría resultados nocivos. Aunque quizá la ideología fuese su refugio a un mal de amores, una excusa se malició el reportero gráfico.
Contaba la leyenda que una muchacha estudiosa de la literatura de Don Leopoldo, irrumpió en su despacho buscando una edición de Lunario sentimental. No había forma de hacerse con esta obra de poesía de Lugones. Emilia Santiago Cadelago, que así se llamaba la bella muchacha, tropezó con el vasto forraje de libros, que recubría las paredes del gabinete de su ídolo. - No se preocupe, que yo le consigo gustoso un ejemplar.- Debió asegurarle el poeta de ojeras manchadas por el cansancio, y al que el amor furtivo le insufló nuevos aires de juventud. ¿Lugones vampirizó a la amante joven? Le separaban casi treinta años de Emilia, lo que no fue óbice para que los sentimientos se tornasen en un artefacto sin control, desde aquel encuentro propiciado por la búsqueda de un ejemplar de Lunario.
Todo esto había llegado a los oídos del reportero gráfico Lewandovski, que le daba gas a su motocicleta Triumph, sumido en la nebulosa de percepciones que desembocaban en la historia de amor de Emilia y Don Leopoldo. Ya que las malas lenguas chismorreaban, que el hijo del vate había intervenido para hallar un arreglo entre las familias, que concluyese con la relación adúltera y a espaldas de los amantes. - ¡Qué afrenta para mi madre, el viejo fornicando con una puta!- maldecía y escupía a la vez el descendiente desagradecido que había urdido la trama, y que no soportaba las veleidades de un padre adolescente. Don Leopoldo quedó tan abatido por el final tan abrupto de esta relación, que según sus biógrafos ni con la literatura le resultó posible sobrellevar la pena del desamor.
Isaac le había notado melancólico en aquel reportaje, pero jamás pudo imaginar que el escritor acabaría como su otro amigo, Horacio Quiroga, engullendo un vaso de cianuro con güisqui, para trasponer con ánimo suicida su infortunio. ( en este artículo escriben maravillosamente acerca de aquel amor desdichado y otra curiosidades del gran Lugones ). Pero más allá de sus tendencias ideológicas, que nos repelen, su apoyo al autoritarismo de Uriburu que pateó de la Casa Rosada al legítimo Presidente Yrigoyen , o una historia de amor desgraciada, propia de un folletín y de la que lamentamos por supuesto su dramático final, del gran Leopoldo Lugones, reivindicamos su literatura que es portentosa en cualquiera de los ámbitos que cultivase. Su poesía que descubrimos como la tímida Emilia en su Lunario sentimental camina por delante de su generación, sublimando el modernismo en lengua castellana. Tanto como los relatos de ciencia ficción, que sorprenden por la altura científica- el polifacético escriba se acercó curioso a la física y nos hizo vagar por las ondas de sus especulaciones en algunos de ellos, con el universo por montera. Uno de los padres fundadores de la literatura argentina moderna. Admirado por los grandes como Cortázar o el mismísimo Borges, del que entendemos su originalidad poniendo una pica antes, en Lugones. Qué más nos da que entreviese con radicalismo una patria enferma de desidia y a unos obreros agitados por sueños imposibles. No le excusa que estuviese en boga el corporativismo autoritario en todo el mundo. Su literatura no obstante, le redime a nuestros ojos de casi todo.
"Mas, dominando aquella procesión tenebrosa,
El alba se levanta como una húmeda rosa"
Las montañas del oro, Leopoldo Lugones
* Seguramente posase más de una vez en el semanario archiconocido, Caras y caretas, pero Isaac Lewandovski es una licencia inventada, que nos hemos permitido para acercarnos al gran personaje que fue Leopoldo Lugones. Todo lo demás corrobora un periplo vital repleto de vicisitudes y de grandes giros en cualquiera de los ámbitos que abarcase una vida tan plena.
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Fundación de la sociedad de escritores con otro ilustre,
Horacio Quiroga
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Contaba la leyenda que una muchacha estudiosa de la literatura de Don Leopoldo, irrumpió en su despacho buscando una edición de Lunario sentimental. No había forma de hacerse con esta obra de poesía de Lugones. Emilia Santiago Cadelago, que así se llamaba la bella muchacha, tropezó con el vasto forraje de libros, que recubría las paredes del gabinete de su ídolo. - No se preocupe, que yo le consigo gustoso un ejemplar.- Debió asegurarle el poeta de ojeras manchadas por el cansancio, y al que el amor furtivo le insufló nuevos aires de juventud. ¿Lugones vampirizó a la amante joven? Le separaban casi treinta años de Emilia, lo que no fue óbice para que los sentimientos se tornasen en un artefacto sin control, desde aquel encuentro propiciado por la búsqueda de un ejemplar de Lunario.
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La esgrima, una cuestión de salud si no querías que te rompieran
la facha por un mal paso en un artículo. En la imagen,
Don Leopoldo, practicando deporte tan "saludable".
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Todo esto había llegado a los oídos del reportero gráfico Lewandovski, que le daba gas a su motocicleta Triumph, sumido en la nebulosa de percepciones que desembocaban en la historia de amor de Emilia y Don Leopoldo. Ya que las malas lenguas chismorreaban, que el hijo del vate había intervenido para hallar un arreglo entre las familias, que concluyese con la relación adúltera y a espaldas de los amantes. - ¡Qué afrenta para mi madre, el viejo fornicando con una puta!- maldecía y escupía a la vez el descendiente desagradecido que había urdido la trama, y que no soportaba las veleidades de un padre adolescente. Don Leopoldo quedó tan abatido por el final tan abrupto de esta relación, que según sus biógrafos ni con la literatura le resultó posible sobrellevar la pena del desamor.
Isaac le había notado melancólico en aquel reportaje, pero jamás pudo imaginar que el escritor acabaría como su otro amigo, Horacio Quiroga, engullendo un vaso de cianuro con güisqui, para trasponer con ánimo suicida su infortunio. ( en este artículo escriben maravillosamente acerca de aquel amor desdichado y otra curiosidades del gran Lugones ). Pero más allá de sus tendencias ideológicas, que nos repelen, su apoyo al autoritarismo de Uriburu que pateó de la Casa Rosada al legítimo Presidente Yrigoyen , o una historia de amor desgraciada, propia de un folletín y de la que lamentamos por supuesto su dramático final, del gran Leopoldo Lugones, reivindicamos su literatura que es portentosa en cualquiera de los ámbitos que cultivase. Su poesía que descubrimos como la tímida Emilia en su Lunario sentimental camina por delante de su generación, sublimando el modernismo en lengua castellana. Tanto como los relatos de ciencia ficción, que sorprenden por la altura científica- el polifacético escriba se acercó curioso a la física y nos hizo vagar por las ondas de sus especulaciones en algunos de ellos, con el universo por montera. Uno de los padres fundadores de la literatura argentina moderna. Admirado por los grandes como Cortázar o el mismísimo Borges, del que entendemos su originalidad poniendo una pica antes, en Lugones. Qué más nos da que entreviese con radicalismo una patria enferma de desidia y a unos obreros agitados por sueños imposibles. No le excusa que estuviese en boga el corporativismo autoritario en todo el mundo. Su literatura no obstante, le redime a nuestros ojos de casi todo.
"Mas, dominando aquella procesión tenebrosa,
El alba se levanta como una húmeda rosa"
Las montañas del oro, Leopoldo Lugones
* Seguramente posase más de una vez en el semanario archiconocido, Caras y caretas, pero Isaac Lewandovski es una licencia inventada, que nos hemos permitido para acercarnos al gran personaje que fue Leopoldo Lugones. Todo lo demás corrobora un periplo vital repleto de vicisitudes y de grandes giros en cualquiera de los ámbitos que abarcase una vida tan plena.
Un excelente artículo, amigo Sergio, gracias por darnos a conocer un poco más a fondo a estos grandes escritores de mano de tu pluma... Como bien dices, hay un lado de Leopoldo Lugones, que incluso nos desagrada, pero los grandes personajes suelen ser así, bastante poliédricos, así, que una vez más, que nos quedamos con esa parte de gran escritor y poeta que es la que verdaderamente nos enriquece. Felicidades, amigo!!!
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas gracias, maestro. Lugones no merece menos como padre fundador de las letras argentinas modernas. Tiene demasiadas aristas, pero nos ha quedado su maravillosa literatura.
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