En la noche de los tiempos o cuando el tiempo siempre frágil, se convertía en noche, hubo un artista, cuya silueta se diluía en esquinas sórdidas, y en los bistrós de París, donde le invitaban a una copa. O le compraban un dibujo por cinco francos. Las estrellas se derretían en el firmamento, mientras el giróvago de Amadeo Modigliani volvía a tientas a su camaranchón con las primeras luces del alba. De las mujeres se procuraba los mejores mimos, y las cópulas más ardientes. Inspiraba en ellas la ternura, y en ellos, como nuestro Pablo Picasso, un abrumador sentido de la rivalidad. Más absenta, la sangre de los bohemios. Era en ese estado de inconsciencia que le proporcionaba la bebida, que comenzaba a farfullar los versos de El Canto de Maldoror.
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El cuadro del desnudo de la discordia |
Recita con frecuencia, la parte en la que el protagonista, por gracia de la providencia, se convierte en un cerdo. Ese libro, que es de los más sorprendentes de la historia de la literatura, se convierte en toda una guía espiritual para Modi. Su autor, un joven cándido que compone una obra polimórfica, y que rescatada del ostracismo por Philippe Soppault y André Bretón como descubrimos en esta entrada, va a jugar un papel muy importante en los años de entreguerras. Será una suerte de breviario para los surrealistas. Y la del cerdo, será sin duda la estrofa que más encandile al artista de Livorno, porque se identifica como epicúreo, con ese goce de las pasiones. En los cantos, Dios no es visto más que como el cliente de un burdel.
- ¿Qué se creen ustedes? ¡El mundo no es nada más que un inmenso burdel! En el que todos nos prostituimos por dinero.
A veces, tras esos alegatos que firmó en el aire contra la hipocresía burguesa, Dedo se tornaba violento. Una mujer intentaba entonces sujetar sus brazos entre tanto aspaviento, cuando de pronto volvía la serenidad a esparcirse dentro de él. Una especie de cordialidad que abrigaba en la mirada. Era el Modigliani más cercano, en el que se burilaban las sonrisas más afables, y que te contaba que no pintaba paisajes, porque en la mirada de un hombre cabía todo un universo.
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El primer Canto de Maldoror |
También relataron los que le conocieron, que pudo triunfar en vida. Con su exposición en las galerías de Berthe Weill rozó lo más parecido al éxito. Sin tiempo a digerirlo, ya que por estas cosas de la
moralidad, se plantaron dos gendarmes y un inspector delante del
escaparate de la exposición, que se había convertido en la comidilla de una ciudad babilónica como la parisina. Dispuestos a cerrar la galería. No en vano, un enorme virgo presidía el escaparate, y atentaba contra la moral de cualquier persona decente. No hacía falta especular mucho,
pues la mitad de los parroquianos sabían que ese inmenso coño, tenía dueña. Beatrice Hastings. Se entreveraban, fondeando en la
acera. - A mi lo que más me gusta son sus ojos.
- Pues con algo tan evidente como eso, cómo te vas a fijar en sus ojos.
- ¿No has visto sus cuadros?
- Con ese desnudo me basta y me sobra para conocer el resto. - Dijo uno de los viandantes carcomido por el escándalo y sus ansias de moral, con las que recuperar una perdida París.
- ¿Y por qué no hace paisajes? - Ya sabemos las razones antes explicadas. Cuentan no obstante, que antes de que se cerrase la exposición, la propia Beatrice se paseaba por la calle, y en cuanto advertía a algún transeúnte quedarse cautivado por el desnudo, se acercaba para rezongar "creo conocer a la joven del retrato". Si era un burgués que llevaba a su mujer al brazo, disimulaba y oteaba de reojo la imagen pecaminosa. Claro que la mujer avezada, y al tanto de la treta, le reprendía por su lascivia, como si no le bastase con mirar a su esposa. Todas esas efusiones se acabaron cuando aquellos gendarmes obligaron a Berthe a cerrar la muestra, por el escándalo de semejante desnudo.
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La conocida exposición que causó el escándalo en una urbe babilónica |
Pese a la rápida actuación de las autoridades, hubo marchantes a los que le asombró la obra del italiano. Con todo, buscaron el momento propicio para comprar, y que cerrasen la exposición, entraba dentro de los cálculos tétricos, con los que abaratar el precio de compra. Todavía perduraba el efecto del fenómeno Van Gogh. Los cuadros del holandés se habían revalorizado como la espuma desde su muerte, aunque una vez alcanzada la cima, siguieron creciendo. Por qué no dejar que Amedeo Modigliani se muriera en la incomprensión, para luego rescatar del olvido una obra, comprada a precio de ganga. Conocían su mala vida. Como el cerdo de Maldoror que había dejado de pertenecer al género humano, nunca supo refrenar sus vicios. Junto a una salud de porcelana, no era difícil por tanto vaticinar por ese cúmulo de razones, que muriese pronto. De tuberculosis será. No le dio tiempo a volver a Niza. Tiempo soñado con su mujer, Jeanne Hébuterne.
Sin embargo, retrocedamos en el tiempo, unos minutos antes del óbito. El marchante se había topado en aquella noche con Amedeo, que vagaba sin rumbo. Decía incoherencias, tenía fiebres, no aguantaba un segundo más de pie. Hasta que el galeno que llegó por su mediación, le confesó que su amigo no saldría del trance. - Si conoce a su familia, avise de su estado. No vivirá más de un par de horas. - El Judas voló hacia el domicilio de la pareja, para comprarle toda su producción. Y sabemos que el artista se convirtió en todo un fenómeno artístico. Toda la mala fortuna, potentados americanos que admiraban su obra, pero que por las prisas de sus negocios, no repararon en cerrar un trato, iba a venir de perlas para construir una leyenda en torno a un malditismo, que realmente acompañó al gran Modigliani. Las distintas capas de un héroe del arte, que adornan el mito. La verdad es que desde que conocimos sus retratos, una especie de hipnosis nos atrae hacia ellos. Pues en los ojos de sus retratados, cabe no un universo, sino todos los universos posibles.
PD: Su mujer, Jeanne Hébuterne, se suicidó embarazada de nueve meses tras su entierro. Más leyenda sombría que cae sobre el héroe, que no necesita más que de sus cuadros, para conquistar nuestras retinas.
En la negruzca neblina de París,
ResponderEliminarseguro que de nuevo Modigliani
furtivamente caminará tras de mí.
Él tiene el triste don de traer,
incluso en el sueño, la confusión
y de ser culpable de los desastres.
Pero, para mí —su mujer egipcia— él es…
lo que en el organillo toca el viejo,
y bajo él, todo el rumor de París
es como el rumor de un mar enterrado:
Bebió el mal y la desgracia.
Este es el poema que Anna Ajmatova dedicó a Amedeo Modigliani tras el breve romance que mantuvieron en 1911. Le había conocido en 1910 durante su luna de miel. El artista le hizo dieciséis dibujos de ella desnuda de los que solo se conservan cinco. Ella guardó uno en que aparecía vestida. Uno de los más conocidos es Desnudo con gato. Esta relación con una de las principales figuras de la literatura rusa, duramente reprimida por Stalin. Su primer marido fue fusilado y su único hijo deportado. Su otro marido fue deportado y murió en el gulag. Ella misma fue deportada hasta que pudo regresar a Leningrado tras la guerra. En cuanto he visto que has escrito sobre Modigliani y su dramática historia de artista maldito, he pensado en la breve relacion con Ajmatova a la que recordó siempre por el magnetismo de esta poeta singular. Soy lector de literatura rusa y me atraen ciertos personajes como Ajmatova. Por lo demás, Modigliani representa al artista puro, condenado a un destino trágico, no como Picasso que era un bon vivant bastante oportunista. Modigliani es pura poesía, como su pintura.
ResponderEliminarEstamos completamente de acuerdo, Joselu, en cuanto a nuestra admiración por la literatura rusa. Y supongo que habrás leído la trilogia de Shentalinsky, en la que nos cuentan las duras vicisitudes de estos grandes poetas contra el stablishment comunista. Mandelhstam, Pasternak, Grossman, grandes literatos que sufrieron el embate del estalinismo.
EliminarModi para mi representa al artista puro. Picasso, con sus virtudes y defectos, el genio abrumador, que creía que el mundo crecía en torno a su ombligo. Pero él representa el arte como nadie. Dalí en su primer encuentro parisino, le llamó a nuestro Pablo, el Papa del arte. Un gusto leerte, Joselu.
Encargué La isla del segundo rostro por Amazon pero no me ha llegado. Me han dicho que se ha extraviado y que no tienen otros ejemplares para enviármelo. Me han ofrecido el reembolso. Me he quedado atónito. Es la primera vez que se pierde un libro de los que encargo a Amazon. ¡Qué extraño!
EliminarEn cuanto a la trilogía Shentalinsky, he leído a Pasternak y a Grossman pero no a Mandelhstam que también es difícil conseguir un libro suyo.
Sorprendente, pero así son las cosas. No tienen stock. En cuanto lo repongan, te lo aconsejo, Joselu. Para mi, una de las novelas imprescindibles del siglo XX.
EliminarSiempre, y no se porqué, me han atraido los oleos del pintor que nos traes a colación. No sabía la historia que nos explica JOSELU, y poco de la que nos has narrado, si de la mala fortuna que tuvo en vida y de la muerte de su musa a la postrera de él.
ResponderEliminarA Matisse le pasó algo similar con sus cuadros, se los compraba todos su "marchant", sin saberlo él. Detrás Gertrude Stein, que quizá fue la persona que supo más de todos ellos y olia si un pintor era bueno ono nada más mirar su trazos.
Un placer. Me ha gustado cantidad la entrada y las fotos, que desconocía.
salut
A ti, no es por nada, Tot. Pero da gusto leeros a Joselu y a ti. Destilais una prosa maravillosa. Sí, Gertrude Stein fue una gran cazadora de talentos.
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