Alzó
los ojos vidriosos, por lo que no pudo leer en la penumbra de Porlier. Una vez
descorridos los cerrojos y vueltos a cerrarse, desaparece la figura pequeña,
con su chambergo hacia atrás, que camina tan lentamente que la explanada de la
cárcel se nos puede hacer a los lectores eterna. - Cuida de mi Pepe.- Dice la
esquela. Emilio aunque lo disimule, llora. Contenidamente pero le caen las
lágrimas: el viento sopla en su rostro, le llena de vida, mientras su amigo
sablista transformado no sabe por qué demonios en algo más que un crápula, va a
ser fusilado. Diez asesinatos de religiosas relucen en la cuartilla, con la
estampilla del juzgado. Se trata de Pedro Luis Gálvez sonetista ejemplar. Sobre
él corren leyendas funestas, como cuando finado el hijo, se paseó con su
féretro albo con el que pedir dinero para su entierro. Suma que luego se bebió.
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| Emilio Carrere, un bohemio atípico |
Sin embargo, Emilio Carrere no
cree en las habladurías, las mismas que le condenarían en relación con Gálvez. Tan en boga las teosofías que él mismo recreó en sus novelas populares, que los murmuradores aseguran que le persigue el fantasma
del amigo. Qué la voz de Gálvez pulula cernida a céfiros, que le susurran la
traición. - Es que Carrere tiene un hijo en un campo de refugiados francés, y
quiere asegurar su vuelta. Por eso, ha hecho lo que ha podido.- Comentan en El
Levante, donde se pimpla ginebra y güisqui a raudales. Con todo, es una forma
de hacer leña del árbol caído, puesto que Carrere vive el ocaso de su carrera (1), con
algunas columnas con las que se asoma al Madrid del recuerdo, anterior a la
guerra. Las ruinas dibujan los contornos de la memoria de los lectores, que
añoran a una ciudad que forma parte del pasado. Carrere también perdió el suyo (2).
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Las novelas populares aparecían por capítulos en
semanarios, para deleite de sus seguidores.
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Es una sombra de lo que fue. La noche no perdona y se pasea acezante por las redacciones, aunque ya no trasnoche ( nunca bebió). Una vieja gloria que
habían vituperado como el bohemio funcionario, por su puesto en el Tribunal de
Cuentas, que repudiará años más tarde, cuando como cesante alegue que los
números están reñidos con la poesía. Siempre con el haz protector del influyente padre a sus espaldas, " así soy bohemio hasta yo". Era verdad que pertenecía a una estirpe
del empleado público que se escaquea y que solamente aparece para firmar la paga. De hecho, hasta la cesantía de Primo de Rivera, nos encontramos con el período más sólido de su producción. Su novela
más conocida, La torre de los siete jorobados, pertenece a esa etapa de funcionario evanescente. Mezcla de géneros: terror, novela negra, llena de intriga y de personajes irrisorios, que convierten lo absurdo en una realidad excéntrica. Hasta de las sombras, emerge el Madrid subterráneo, tan importante en la trama. A pesar de estar moteada por un conocimiento profundo de todas las formas de
teosofías, subyace como reconocen sus críticos en todas ellas, un
tono zumbón que no fue percibido en su época. Así Basilio
Beltrán es un remedo del mismo Emilio Carrere, que como jugador empedernido, protocolariamente se escuda en una miríada de ritos, para sortear el mal fario.
"Lleva una moneda rota y dos
cuernecillos de marfil pendientes de la cadena del reloj. Se sienta
invariablemente a la izquierda del banquero; los viernes no juega, porque es un
día nefasto, y cultiva con verdadero cariño la amistad de todos los jorobados de
Madrid, porque cree que estas simpáticas y tristes tortugas humanas llevan en
su mochila el talismán de la buena ventura." La torre de los siete jorobados
Reseñemos asimismo que el borrador
de esta novela, adaptada al cine por el gran Edgar Neville(3), produjo verdaderos quebraderos de cabeza al paciente editor. Si fuese únicamente por su letra, que parecían garrapiñadas e ilegible. ¡Había
mucho más! De pronto, cuando éste se había enhorquetado las antiparras, comprobó que
había entreverados no sólo refritos – pasajes de otras novelas, que el rey del
refrito fundía con especial alevosía- sino que leyó cuartillas de
poesía, párrafos de cuento inconclusos. Semejante puzle le obligaría a
contratar los oficios de Jesús de Aragón, otro experto en números y con vocación literaria, que puso en orden en el caos planteado por el ilustre giróvago. ¡Cuatro años más tarde, en 1924, la novela ve la luz!
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Edgar Neville, un rayo de inspiración en la
monocorde posguerra.
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Por otra parte, la producción de Emilio Carrere como poeta, estará siempre anclada en el simbolismo. Pese al aluvión de corrientes y generaciones, se
mantuvo fiel a un estilo que resonaba cantarín y antañón. El llamado decadentismo modernista. Pero sus composiciones se sabían de memoria como las de su admirado Bécquer. La musa del arroyo, que
recitaban en chabolas y palacios, recurría al manido tópico, tan del gusto de
las clases populares, de la bella sacada del cieno.
Cruzábamos tristemente
las calles llenas de luna,
y el hambre bailaba una
zarabanda en nuestra mente.
Al verla triste y dolida,
yo la besaba en la boca.
Curiosamente, Carrere siempre
rezongó que habría querido ser un actor. En cierto modo recreó al personaje del
bohemio francés, un trasunto de Paul Valery que tanto amó en la distancia. A
pesar de su pequeñez insignificante, con pompa señaló que la Ciudad
Universitaria habría de llamarse en lo sucesivo el Barrio Latino matritense.
Esa vena interpretativa se le borró en cuanto esbozó los primeros versos,
demorándose en el Retiro, con una dama con la que galanteaba. Los profirió
Emilio Carrere sin querer, y recurriría a ellos en lo sucesivo para atraer al
sexo opuesto, dado su poco atractivo físico. Y a nuestro protagonista le cayó la losa del
olvido, al haber coqueteado con la dictadura franquista, de la que se mostró un
férreo defensor. Pero fue la calidad de su prosa, y una novela más irónica que
lo que se nos muestra en la superficie, lo que volvió a convertirlo en un escritor de
culto, reverenciado en el siglo XXI. Mal que les pese a algunos sus pecados o
vaivenes ideológicos.
No hablaremos de anécdotas muy divertidas, como la fortuna que heredó y que dilapidó en poco tiempo ( ciento setenta y cinco mil pesetas de la época). Los Carrere pasaron de nómadas y de vivir en casas pequeñas, a llevar visones o tener chófer. Esos disparates económicos le duraron poco tiempo. Podemos decir, que al antiguo empleado del Tribunal de Cuentas, no le salieron las cuentas. O sus amistades y cuitas con El Caballero audaz, darían para otras entradas, que nos reservaremos para no malbaratar como el simpático escritor que hoy nos ha ocupado, tan inmenso caudal. Hagamos constar después de todo, que Carrere cuidó de Pepe, el hijo de Gálvez que aparecía en la nota del principio, como a uno más de la familia.
No hablaremos de anécdotas muy divertidas, como la fortuna que heredó y que dilapidó en poco tiempo ( ciento setenta y cinco mil pesetas de la época). Los Carrere pasaron de nómadas y de vivir en casas pequeñas, a llevar visones o tener chófer. Esos disparates económicos le duraron poco tiempo. Podemos decir, que al antiguo empleado del Tribunal de Cuentas, no le salieron las cuentas. O sus amistades y cuitas con El Caballero audaz, darían para otras entradas, que nos reservaremos para no malbaratar como el simpático escritor que hoy nos ha ocupado, tan inmenso caudal. Hagamos constar después de todo, que Carrere cuidó de Pepe, el hijo de Gálvez que aparecía en la nota del principio, como a uno más de la familia.
(1) Las novelas populares no se venden, porque el público prefiere escucharlas por la radio, que no cuestan dinero.
(2)El escritor pierde una casa en el Paseo del Pintor Rosales, por los estragos de una artillería franquista, y aun así no reniega ni le ciega el encono, pues será un franquista convencido. Como algunos intelectuales, léase Pío Baroja, que evolucionan del anarquismo a posiciones más conservadoras.
(3) Carrere recibe por los derechos de la obra, diez mil pesetas de la época, que se funde como suele ser costumbre en él, en un santiamén. Esa película constituirá una rara avis, en un período en las que las productoras apostarán por historias que exalten los valores patrios. Locura de amor, por ejemplo, un verdadero taquillazo en 1948, envejecen no obstante, mucho peor que la filmografía de Neville.
(3) Carrere recibe por los derechos de la obra, diez mil pesetas de la época, que se funde como suele ser costumbre en él, en un santiamén. Esa película constituirá una rara avis, en un período en las que las productoras apostarán por historias que exalten los valores patrios. Locura de amor, por ejemplo, un verdadero taquillazo en 1948, envejecen no obstante, mucho peor que la filmografía de Neville.



Curiosa, ¿raza extinguida? la de los bohemios... Ahora todo el mundo escribe, todos escribimos, así que la figura del bohemio supongo ha desaparecido. Interesante... y esa "La torre de los siete jorobados" me ha querido parecer una sátira de "La casa de los siete tejados de Hawthorne", a saber...
ResponderEliminarMuchas gracias, Rubén, por comentar. Bohemios, desprendidos y manirrotos como Emilio Carrere siempre ha habido y habrá. Otra cosa es que de esa bohemia se saque algo provechoso. En nuestra realidad del siglo XXI, nos movemos en una dicotomía. Un mar de creaciones que no nos permite orientarnos entre tanta zozobra creativa. Y con las economías escalares, si das en la tecla, la difusión de tu obra es prodigiosamente rápida, y como dicen los economistas, el vencedor se lo lleva todo. Es más difícil que haya una clase media de talento, como Carrere, que llegó a vivir de su escritura, en el umbral de la pobreza, es verdad, y por tanto de la bohemia. No nos daría ni para un café todos los días.
ResponderEliminarSeguramente La casa de los siete jorobados esté inspirada en parte por Hawthorne, puesto que Carrere admiraba a este autor entre otros muchos ( él veneró a Darío, Valery, Conan Doyle y Bécquer). Sus novelas son un compendio burlón de muchos géneros y en los que vierte un buen hato de sus experiencias noctámbulas. Las canzonetistas, sablistas, y canelos que sueltan con probidad " beatas"( pesetas) conforman una atmósfera que a mi me recuerdan a otro grande de la literatura, Robert Artl. Una realidad excéntrica, compuesta por personajes que moran en los extramuros de nuestra sociedad. Recuerdo a un Napoleón ojeroso y agotado, que se presenta a una sesión de una médium. Cansado de que los espiritistas lo invoquen ¿No se pueden acordar de otros? Así son los personajes de este escritor prodigioso.
Interesante el personaje y el artículo. Yo también pensé en la casa de Hawthorne.
ResponderEliminarCreo que lo que hace al bohemio no es tanto su (humilde) escritura como la picaresca para lograr vivir de ella. Como cantaba Rodolfo, el poeta de La Boheme de Puccini: “¿Qué cosa hago?: escribo. ¿Y cómo vivo? Pues… vivo, simplemente”
Lo de la economía de escala y la desaparición de la clase media literaria, es muy cierto y preocupante. Poco más hay que decir. Si acaso, que para trepar hoy en día por esa “escala” hay que hacerlo como en las películas de piratas: esquivando arcabuzazos y con un cuchillo en la boca.
Muy acertada tu apreciación, Bonifacio, respecto a los giros del bohemio. Lo curioso de Emilio Carrere es que no fue un pícaro o un sablista, de los que estuvo rodeado y a los que sobrevivió a pesar la verborrea que destilaban. Pues no había día que habiendo cobrado, alguno de ellos le viniese con enfermedades o cuitas imaginarias, según le escuché a su nieta en una entrevista de televisión, hace algún tiempo. Y como tenía muy poco aprecio por el dinero, normalmente le aflojaban el corazón y la bolsa.
ResponderEliminarYo creo que su literatura te gustaría. Tú que a veces tienes un humor zumbón en alguno de tus textos, Carrere es más esperpéntico, sus personajes son caricaturas, pero por ejemplo, su obra más importante, La casa de los siete jorobados, si no la has leído, es muy fácil de encontrar. Y es por momentos desternillante, escrita con una prosa muy rica, con metáforas y recursos brillantes. Te la recomiendo. Muchas gracias por comentar.
Pues la buscaré. No la he leído pero me has despertado la curiosidad. Sí que hay bohemios de economía desahogada, aunque pueda parecer contradictorio. Salvo los que son desheredados por la familia, claro.
EliminarSupongo que el tipo de bohemio "rico" es como el clown, el tradicional payaso elegante con la cara blanca. El sablista/pícaro vendría a ser como el estrafalario y caótico augusto. Aunque ambos, como tales bohemios, comparten su inclinación por exprimir la vida aunque sin encajar en ella del todo. Y por enamorarse de la luna, al extremo de quedarse a vivir en ella indefinidamente. En ese caso, el clown sería el que paga el alquiler...
Respuesta para enmarcar, Bonifacio, a propósito de los bohemios lunáticos. Giróvagos que siempre se mueven gozosos en el alambre. Recuerdo a ese patricio bohemio de La Isla del segundo rostro, un marqués anarquista que cuidaba con primoroso celo de su padre, y luego incubaba las ideas más revolucionarias. Un "payaso elegante" al que se le conturbaba el rostro al hablar de la propiedad privada como trampa para que el equilibrio en las sociedades nunca se lograse. Me resultó una contradicción entonces, hasta que me topé con muchos de esos casos en la vida real.
EliminarEn cuanto a la novela de Carrere, La torre de los siete jorobados, es una mezcla de géneros muy divertida. Pero sobre todo, aborda el género policíaco - la consideran la primera escrita de este tipo en España-y el fantástico. Grutas escarbadas en el subsuelo de Madrid, Antonio Pérez, la cábala, en fin, muchas cosas que buscan el divertimento del lector, y que lo logran por un humor muchas veces socarrón del autor. Tampoco es En busca del tiempo perdido de Proust.