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¡Preséntate
aquí, cabo patoso! - Me acerqué despavorido, al escuchar el rugido de Oh, capitán, mi capitán. Un poco de sorna no está de más porque todos esos juegos de disciplina me habían cogido algo talludito. Con el sobresalto casi tiré mis gafas de pasta
de carey. Un jeribeque a lo Harold Lloyd me salvó sin embargo de tan enojoso trance, y de no ir a tientas hasta que tuviese repuesto. - Sabes
que eres un meapilas, que me joden los tíos listillos como tú, pero hoy es tu día de suerte. Vas a servir en el comedor y
cuidado, que tenemos una visita distinguida.
- ¿ Quienes nos visitan, mi capitán? - Cometí el desliz por mi afán de enterarme de todo, una especie de complicidad. Ni por esas se ablandó el corazón de espartano del capitán Yáñez, ya que su lengua afilada volvió a reverberar una lista de improperios, que nos ahorraremos por falta de espacio. Como la grana, saludé y me fui a cambiar ¡ Trágame tierra! Del mono de cocina a una chaqueta blanca. Una letanía de instrucciones que intenté repetir para grabarlas a fuego y que mi quebradiza memoria no me dejase en evidencia. El sargento, panzudo y más simpático, me sugirió que cuando se dirigiesen a mi, nunca mirase a los ojos de los invitados, dado que les podría resultar violento a sus excelencias.
Al abrir las puertas del comedor, todo discurría como un ballet. Una coreografía sincronizada que bordeaba las mesas con garbo. Así me deslicé como un Nureyev hasta que una conversación acaparó mi atención. Ceñudo fingía que las tareas me llevaban al albur de los doctos comensales, que mientras disponían de las viandas, remarcaban los verbos. No en vano, había llegado a tiempo de presenciar una disputa que sólo se entiende en
clave militar. Peroratas tácticas, en la que convenían con añoranza, que el
cuerpo de caballería había visto reducido su papel a un lugar accesorio en la
táctica, con la llegada de las ametralladoras. - Las Maxim alemana causaban pavor,
barriendo el horizonte a balazos, y llevándose por delante a los caballos, que no podrían en adelante ejercer de punta de lanza para romper las líneas enemigas.- Un brillo de complacencia relució en la mirada de un frío contertulio, que revolvía en el plato vacío con un tenedor. Por sus galones, se trataba de un general de Infantería de marina. Se regocijaba, porque los infantes de marina como dignos herederos de los tercios, no habían visto reducido su papel en la guerra moderna de forma tan palmaria a los caballeros.
- Cabo Ollonarte, esta mesa la sirvo yo.- Estaba de pie como un pasmarote, hasta que el cabo Horacio me arrancó de mi ensueño con un pellizco muy disimulado.
- Déjame, por favor.- Por mis canas, o por las quinientas pesetas que le deslicé, sea como fuere mis rogativas fueron atendidas por Horacio, y con la botella de agua en la mano, seguí sirviendo prudentemente a los generales.
A continuación, el general de caballería, en tono lúgubre, remarcó que su cuerpo desde la Gran Guerra tuvo un lugar más reservado a la logística o a ordenar el despliegue de las tropas. Las poderosas ancas de los equinos obligaban a las despistadas tropas a sortearlas, para seguir una estela invisible, la del repliegue. Entonces imaginé a Céline subido a la grupa de un corcel, medio majara y que escribió su diatriba contra la guerra. Qué pena que se perdiera en el pudridero del antisemitismo, pues me podría incluso haber caído bien uno de los grandes genios de la literatura francesa,aparte de un colosal botarate. - Niño, me puedes traer un poco de azúcar. - Me pidió el general de caballería.
- Enseguida su excelencia
Poco después, sorbió de su
desabrido café mientras se remontaba a los tiempos de los Caballeros de la Edad
Media y a los orígenes más mediatos, como los Equites de la Antigua Roma. Cómo caen
en el olvido estos caballeros, los codices de las justas y el resurgir en una
novela caballeresca que puede ser considerada el primer best seller de la historia
. También las razones por las que el Quijote pretende larvar en la credulidad y el exotismo de este género narrativo para convertirse
en la parodia más famosa de la historia y en la primera novela moderna. La
enciclopedia oronda que fumaba cigarrillos con filtro y al que el café puntea los
rieles de su bigote sigue hablando narcotizado por el éter difuso de la añoranza. Ya me sabía los nombres, Eduardo, que pertenecía al Estado Mayor de la Marina y
que era infante de marina, le escuchaba chasqueado. Siempre la misma letanía: Manolo recurre
a los caballeros de la Edad Media y a todo su romanticismo para echar por tierra
nunca mejor dicho, a los que no montan a caballo. Los tercios su precedente más
glorioso no tienen nada que envidiar al Mío Cid, a Roldán o a Lancelot. ¿Quién se cree además que Roldán hiciese sonar el cuerno en Roncesvalles y lo escuchasen en Francia? Además, fueron los vascones, siempre dando por saco, los que derrotaron a los gabachos. El otro erre que erre.
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El primer tanque del mundo, el Mark I que cogería
el testigo de la caballería.El que aparece en la fotografía fue
capturado por las tropas del Káiser.
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- Cabo Ollonarte, esta mesa la sirvo yo.- Estaba de pie como un pasmarote, hasta que el cabo Horacio me arrancó de mi ensueño con un pellizco muy disimulado.
- Déjame, por favor.- Por mis canas, o por las quinientas pesetas que le deslicé, sea como fuere mis rogativas fueron atendidas por Horacio, y con la botella de agua en la mano, seguí sirviendo prudentemente a los generales.
A continuación, el general de caballería, en tono lúgubre, remarcó que su cuerpo desde la Gran Guerra tuvo un lugar más reservado a la logística o a ordenar el despliegue de las tropas. Las poderosas ancas de los equinos obligaban a las despistadas tropas a sortearlas, para seguir una estela invisible, la del repliegue. Entonces imaginé a Céline subido a la grupa de un corcel, medio majara y que escribió su diatriba contra la guerra. Qué pena que se perdiera en el pudridero del antisemitismo, pues me podría incluso haber caído bien uno de los grandes genios de la literatura francesa,aparte de un colosal botarate. - Niño, me puedes traer un poco de azúcar. - Me pidió el general de caballería.
- Enseguida su excelencia
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Caballería francesa partiendo al Frente en 1914. Ilusos si soñaban
con grandes hazañas.
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Quizá el libro que mejor refleje el declive de nuestro cuerpo, sea Caballo de batalla de Michael
Morpurgo.
Con tamaños piques, los cielos cenicientos pusieron el telón de fondo a una cena, que en el Albaicín era de nota. No obstante, al día siguiente, busqué lo que todos pensaís y que sorprendentemente encontré en la biblioteca del cuartel, parca por no extenderme más. ¡ Me hice con Caballo de batalla! Convengamos que mucha tinta ha destilado el conflicto de la Gran Guerra. El best seller por excelencia sería Sin Novedad en el frente de Erich María Remarque. En ella, el idealismo henchido de nacionalismo de un profesor convence a un grupo de jóvenes, que se lanzan a combatir pero que van a tener un escarmiento cruel a su osadía, probando la la amargura de una guerra Más en tono político, El Fuego de Henri Barbusse que tuvo una gran acogida en las librerías de entreguerras, en la cual discutía la indiferencia de una retaguardia frente al soldado olvidado en la vanguardia. Por error, una brigada de pelois se interna en territorio francés y Barbusse pone el foco en los contrastes, una vida casi sin privaciones, ante los malos pertrechos que llegaban al combatiente que moría en El Frente ( A Cadorna se le censuró porque el soldado italiano no tuvo en muchos compases ni máscaras de gas) Otros ejemplos que abundan en el sentido contrario, en un idealismo rayano con la poesía por , lo encontraríamos en Ernst Jünger con Tempestades de acero, paradigma para los nazis de la literatura de la guerra, porque exaltaba las cualidades del combatiente más ardoroso. El propio Céline citado en otra parte.
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La fabulosa novela, que encantará a cualquier
tipo de lector. Muy instructiva en cuanto a los
males de la guerra.
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Muy posterior a todas ellas y cuando creía que lo había leído todo acerca de aquel conflicto que ha influido más que ninguno en la configuración del mundo moderno, se coló Caballo de batalla Michael Morpurgo. Un escritor
reconocido literatura infantil, hasta que llegó su novela quizá más
conocida y compleja. Pese a su escaso tamaño, nos acerca a
la crudeza de la guerra desde una perspectiva ingenua, la del caballo Joey que describe tan sólo lo que ve. Un granjero casi sin recursos - Morpurgo no cae en la manida historia de padre déspota y familias rotas - decide vender el caballo de su hijo, Joey, al ejército británico, que compra todo equino para destinarlo a la Guerra a distintas funciones. Albert el hijo del granjero promete rescatarlo y por eso se alista en el ejército.
Joey va cayendo cada vez más, de Caballo de batalla a arrastrar cañones, o llevando cadáveres,heridos; al final a todos se nos cae una lágrima con una obra que está rematada hasta la última página. Sin pretensiones, el horror se dibuja en lo más profundo de los ojos de Joey. La Guerra no obedecía a códigos de honor, a cargas de lanceros, sino que se gaseaba al enemigo en una contienda con claros cánones industriales. A los caballeros y a la caballería en el orden táctico les va a sustituir el tanque, con quien se les compara asiduamente en los opúsculos de estrategia. ¡ Si los franceses hubiesen hecho caso a De Gaulle! En La Batalla de Francia, fueron la pieza clave para engullirse al que se consideraba por entonces, el mejor ejército de tierra del mundo. Si bien, eso es otra historia.
Joey va cayendo cada vez más, de Caballo de batalla a arrastrar cañones, o llevando cadáveres,heridos; al final a todos se nos cae una lágrima con una obra que está rematada hasta la última página. Sin pretensiones, el horror se dibuja en lo más profundo de los ojos de Joey. La Guerra no obedecía a códigos de honor, a cargas de lanceros, sino que se gaseaba al enemigo en una contienda con claros cánones industriales. A los caballeros y a la caballería en el orden táctico les va a sustituir el tanque, con quien se les compara asiduamente en los opúsculos de estrategia. ¡ Si los franceses hubiesen hecho caso a De Gaulle! En La Batalla de Francia, fueron la pieza clave para engullirse al que se consideraba por entonces, el mejor ejército de tierra del mundo. Si bien, eso es otra historia.
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