Tabernario, locuaz, imaginó poseer a Dido, la fundadora de Cartago, mientras goteaba la tinta de su manuscrito. Borrones, flechas que volaban por sus galeradas, que no encontraba cuando apiladas, languidecían en diversos lugares de su pieza. - Perdona, continúa por allí. - Leía a uno de sus actores preferidos la parte en la que Dido, fundadora de Qart Hadásh (Cartago), negocia con los norteafricanos su asentamiento en aquella región. Ella triste, se repone del asesinato de su marido, Siqueo. Dido huye de su hermano Pigmalión, y Christopher Marlowe parecía entusiasmado con su última creación, con versos blancos, musicalidad sin rimas forzadas. Sabe de los gustos del vulgo por los dramas históricos, y de las relaciones sentimentales imposibles. Por cuanto la mujer fenicia se suicida al no poder retener a su nuevo amor, Eneas, que debe correr a cumplir con su destino, esto es, fundar otra ciudad, en este caso, Roma. El actor de la compañía de Marlowe enarca las cejas, le mira con recelo. - No se por dónde continuar, amigo Marlowe. - Rezonga con gracia, las hojas carecen de continuidad. - A ver si con este lío, volvemos a embarcar a Dido de vuelta a Tiro, y al final la mata su hermano Pigmalión, para que confiese dónde está el tesoro.
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Marlowe, genio y figura. |
- No, taimado, no querrás engañar a tu rendido y devoto seguidor. Toma. - Le alarga unas hojas con el resto de la obra.- Aquí Dido se clava el puñal, porque su amor por Eneas está perdido. - Un lapsus, no es un puñal, que será el que acabe con el dramaturgo, como contaremos más adelante. Una licencia de nuestra narración. Es la espada de Eneas, que antaño brilló cárdena con la sangre de sus enemigos, la que acabará con lo que más ama, Dido. - La he escrito, precisamente, para que tú seas mi Eneas, por eso, si aceptas. Tu talla de doncel agraciado es la más apropiada. Brazos hercúleos, cara de hombre y rasgos pétreos. Una estatua figurada.
- Bien, bien. Por Dios, que sí.
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Libreto del Dido de Marlowe. |
- Dios es la excusa de los mediocres. - De pronto el averno en las pupilas de Marlowe, que sueña con desespero en las brumas de la nada. Quizá su enojo provenga de la desesperanza de no encontrar nada, después de todo. Es un ateo recalcitrante, que combate cualquier gesto religioso, lo que le va a granjear no pocas animadversiones como que fabulen con su vida. El actor recula, no quiere disparates, que han originado duelos en los que el dramaturgo ha demostrado su destreza con la espada. En la corte de la reina ha provocado no pocos escándalos, por ser tan proclive a la botella y determinar a mandobles el final de cualquier cuita. - ¿Aceptas entonces, amigo? Se lo ruego. - Torna el dramaturgo afable. Las dos caras del genio siempre latentes en un errabundaje que las vuelve inciertas.
- Sí, cómo no, sire.
- Pues salgamos a celebrarlo. - Un relumbre de miedo en el intérprete, temiendo que la farra se desbarre, en cuanto el autor teatral se metía en cervezas y vinos. No soltaba el odre en las rondas, con las que el fárrago de colegas parecían destetar esa bolsa de cuero, de la que libaban como infantes celosos.
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La muerte de Dido con la espada de su amante. |
Al actor le tocó esperar un tiempo. Para aquellas ocasiones Christopher solía acicalarse, atusarse el bigote. Vestía unas calzas negras y un jubón que brillaba en la oscuridad, así como unos coturnos, pues había nevado en un Londres desesperado, donde a los vencejos se les paraba el corazón. Los inviernos entonces era desesperadamente largos, cuando beber se presentía como la mejor de las alternativas con las que procurarse calor. Aquella noche, en cambio, se resolvió sin incidentes, lo que satisfizo al actor. Pero Marlowe tenía muchos enemigos, espía de su majestad, la gracia de su teatro abría puertas, y le permitía cuando los grandes hombres bajaban la guardia, merced a su perspicacia desentrañar los planes de los conspiradores. Fue un período de conjuras internas, y asechanzas externas. La Armada invencible de Felipe II no hizo honor a su nombre, traidores como Antonio Pérez, su antiguo secretario real, facilitan la estrategia inglesa para el saqueo de Cádiz. Sin embargo, volviendo al gran dramaturgo inglés, todos temían su carácter voluble, capaz de las mayores incontinencias y que en medio de una de las misiones que les encomendaban, podía acarrear contratiempos muy severos, que pusiesen en riesgo a toda la red de información.
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La reina Isabel I de Inglaterra. |
Y es no en vano, que años más tarde, el destino, el "fate" que tanto lució en sus obras, le tenía reservada una jugarreta, que no por esperada, nos privó de uno de los grandes autores de la literatura universal, Una daga profunda que le clavaron por unas pendencias no del todo claras, con las que su genialidad quedaría sepulta. La versión más aceptada nos sitúa en una posada, donde Marlowe tuvo una discusión más que acalorada con Ingram Frazer, compañero de francachelas, por quién debía abonar las consumiciones. Como perdularios, las voces se elevaron, y después de que Marlowe le practicase dos incisiones al señor Frazer con el puñal que le había arrebatado, éste a su vez,preso de la ira, se lo clavó en el ojo a su colega, con una acometida tan brutal, que se lo hundió hasta el cerebro. Marlowe es uno de esos casos como el de Ben Johnson sobre los que no se ha hecho la debida justicia literaria, opacados por el inmenso talento de Shakespeare, un superagujero negro que todo lo engulle. Tenemos una bella recensión en la página poemas del alma, que recomendamos para escarbar en ese pasado tan glorioso como ignoto.
Aquí, en esta entrada, me habrás de perdonar, Sergio Munari. No estoy ducho en la materia, y aunque algo me toca de refilón de este autor teatral que traes a colación, y que supera en calidad a todos sus contemporáneos, es su Doctor Fausto, que publicada un decenio después de su muerte, principios del 1.600, nos trae el tema de la cultura cristiana que se retrata en el Eclesiastés: el mucho saber produce mucho mal.
ResponderEliminarFausto, Doctor en Ciencias, desea hallar el enigma de los destinos humanos, para ello recurre a la magia, ya que con su Ciencia le es imposible. Se le aparecen un ángel y un demonio. Uno le aconseja que no pase el camino marcado, el otro le promete sapiencia infinita si lo hace.
Es aquí, justo donde Goethe se recreó dos cientos años después, en la pregunta que hace Fausto a Mefistófeles, quizá la madre de todas las preguntas: ¿Si el Infierno es un castigo eterno, cómo has salido de él?. La respuesta es simplemente aterradora: No he salido de él; el infierno está en todas partes.
Salut ¡
Casi nada, Tot, me ha encantado tu reflexión a propósito del mito de Fausto, que el propio Marlowe había humanizado. Porque la humanidad no se puede entender sin ese arrobo diablesco que nos adorna y tienta en no pocas ocasiones. Y la respuesta de Mefistófeles a Fausto es así heladoramente cierta. El infierno anida en cualquiera de nosotros, pero también el cielo, porque el hombre dicho en sentido general, es capaz también de lo mejor. Así, la humanidad juega una partida ciega de ajedrez con su destino, como lo hacía Philidor, con dos pulsiones contrapuestas, bondad y maldad, veremos cuál se sobrepone a la otra.
EliminarHe de reconocer que la talla de Shakespeare me ha oscurecido por completo la realidad de Marlowe o de Ben Johnson a los cuales desconozco por completo. La historia inglesa me es casi desconocida. He leído a Shakespeare, hace años, en extensión e intensidad en viajes por España en solitario. Solo puedo apreciar tu recreación literaria de la figura de Marlowe con esa coda de su muerte violenta con el puñal clavado en el ojo en una pendencia de taberna. Sí que he leído alguna vez alguna extraña teoría de que Marlowe pudo ser en realidad el autor de las obras de Shakespeare, basándose en el profundo conocimiento de aquel sobre la historia, la geografía de Inglaterra y de la literatura clásica, así como de la cierta similitud de las obras de ambos dramaturgos. No obstante, creo que no se le da demasiada verosimilitud a esto, pero queda sobre el terreno el enigma Shakespeare, un hombre del que en realidad sabemos muy poco, parece que de Marlowe sabemos bastante más. Ambos utilizan la poética y la retórica, así como ambos frecuentan temas como el amor, la traición y la venganza, el tono también es similar. Pero, como digo, el mundo de la dramaturgia inglesa, aparte de mi lectura del genio inglés, me es desconocido. La obra que más me gusta de Shakespeare es La tempestad. No he leído a Marlowe.
ResponderEliminarTenía cierta reminiscencias de esas teorías en las que se especulaba con Marlowe como fuente de inspiración o realmente el autor que se escondía tras la fachada de Shakespeare. Y que la obra del gran dramaturgo decayó al desaparecer Marlowe.Yo llegué a Marlowe a través de Dido,pero tampoco tengo muchas más referencias.Quiza lo hayamos leído de forma interpuesta,que en una época de mi vida me absorbió por completo.La tempestad y Macbeth son mis preferidas. Lady Macbeth que gobierna los hilos de su esposo, me descubrió el reverso psicológico de los personajes más sombríos. Un placer leerte,Joselu, con ese venero literario que relumbra en tu prosa.
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