Todavía recuerdo aquella mañana, en la que mi existencia experimentó un vuelco inesperado. Uno de los clientes más acaudalados de mi bufete, se había presentado en nuestra granja con fiebre, la cara mancillada y grisácea. Una vez traspasada la cerca de mi granja, le abandonaron las fuerzas y se cayó cuan largo, para hundir su cabeza en la hierba. En la distancia, nos pareció a mi hijo Joe y a mí, que quería decir algo , quizá un nombre. Corrimos a su lado, dejando las azadas caer en el suelo. Soy abogado y encuentro en el ejercicio vigoroso, una excusa para retomar aire en mis pulmones, sobre todo, cuando un caso se complica. En aquellos días, los estatutos de la sociedad minera me estaban dando muchos quebraderos de cabeza, de tal forma, que me refugié un par de días en la hacienda que nuestra familia tiene a las afueras de la ciudad.
Enseguida, le dimos la vuelta, para toparnos con una careta avejentada; un pergamino y sin embargo, no escondía la familiaridad que me producía la efigie de aquel hombre, por el que la muerte caminaba firme por sus ojos, y que me iba a revelar secretos increíbles. No les adelantaré nada, porque todas las historias tienen un principio y un fin. - ¿Le conoce, padre?
- Sí, es el señor St. Helen, uno de mis mejores clientes. No creo que por casualidad pasease por aquí. John, John.- Le dí unas palmaditas en las mejillas, pero no despertaba. Y sangraba por la nariz del golpetazo. Intentamos levantarlo entre mi hijo Joe y yo. - Cómo pesa padre, es de buen comer. - Farfulló Joe, que medía al milímetro sus fuerzas. Se hizo matemático, ¡menuda profesión! Con saber contar. Yo le rebatía que un médico es la más alta labor que puede desempeñar un profesional, y nos habría venido bien en aquella ocasión. Dado que no había querido ser abogado como el padre, pues por lo menos médico, habría sido una de mis esperanzas. No, profesor de trigonometría, tan ajena a mi como la lengua de las pirámides.
- Madre mía, avisa al médico, que apenas tiene pulso.- Alerté a mi hijo, mientras mi mujer le acercó un cuenco al señor St. Helen, antes me cercioré de que no tenía ninguna herida de bala. El camino estaba lleno de forajidos, y más de un herido por arma de fuego llegaba a nuestra granja, pidiendo socorro. Cuatreros que solamente entendían el lenguaje de un Winchester.
- Tiene algo de pulso, pero como se retrase nuestro querido hijo Joe, el señor St. Helen no la cuenta. -Dije al cabo de unos minutos a mi mujer, que no se despegó de nuestro lado. El reloj trepidaba por sus agujas, sin que apareciese Joe.
- ¿Y por qué vendría por aquí el señor St. Helen?
- Me imagino, Marie, que querría cambiar sus últimas voluntades. Y me temo que ha llegado tarde.
Unos minutos después, vino el galeno y entre el esfuerzo de tres hombres, logramos recostarle en una de las camas. St. Helen apenas balbuceaba unas palabras. – Abraham, Abraham.- Buscaría consuelo en la religión y en aquel profeta, nos preguntamos de aquella misteriosa advocación. El señor Mills, el médico nos dio esperanzas. - Es una fiebre, es importante la higiene, y si le remite en las próximas tendrá alguna posibilidad. Les ruego que se mantengan lejos de él todo el tiempo, que no sea imprescindible para su cuidado. El origen de la fiebre puede ser contagioso. Nada de hacer compañía. - La fragilidad del enfermo no aventuraba una solución favorable a su complicado estado de salud, me temí, si bien, no quise contradecir al señor Mills.
- ¿Quién será ese Abraham? - Se preguntó el médico en voz alta mientras organizaba su maletín de cuero. También le había azorado aquel misterio. - Tomen este bote, que es un calmante y esta poción, que le ayudará a estar tranquilo. A veces, con estos accesos de fiebres, sufren una excitación repentina, que parece que no están en sus cabales. Esperemos que mejore. Llámenme sin dudarlo. El señor St. Helen es uno de mis mejores pacientes.
Nos despedimos del galeno, y establecimos turnos para cuidar del enfermo. Sophie, Alberta, mis hijas se quedarían por la noche. Llevadas por el halo romántico de la historia, querían apostarse en la cabecera de la cama, a pesar de que el tipo fuese un viejales. - Muchachas, debemos de guardar las distancias. - Les conté que era un acaudalado cliente, que siempre se mostraba muy cortés. Sin embargo, habían discurrido un par de horas desde la marcha del médico, que el señor St. Helen dijo que se moría y me llamó a su encuentro. Mis hijas salieron. John no aguantaba más aquel infierno. Estaba trastornado por los nervios. Y deliraba como nos dijo el médico Mills. Por supuesto, le emplacé a entregarse a una lucha mayor. De vez en cuando soltaba una frase al desgaire, con todo, en aquella ocasión había recuperado la cordura y lucidez de los instantes finales. - Había venido a confesarle una cosa, pero solamente a usted, a nadie más. Para irme en paz con Dios, señor Bates.
- Sí, pero tranquilo, John, vendrá el páter.
- Aunque llegue, se la quería contar a usted. Sabe que he sido muchos años cliente suyo, y nunca traicionó mi confianza. - A ratos paraba la exposición como si le ardiesen los pulmones. Bebía del caldo mágico de Marie, para retomar fuerzas. Le había dolido la derrota de los confederados. La debacle se cernía sobre aquel proyecto que él amaba pese a que se tornase antiguo. Las haciendas y plantaciones de algodón desaparecerían. Un mundo que se extinguía sin remedio en el año 1865. Ellos amaban a los "negros" pero de una forma diferente a los unionistas. No en vano, me recordó que en el proyecto de reforma del parlamento, quisieron reducir el peso de las almas negras, para encarecer la obtención de un representante en el Sur. Y que así el norte obtuviese más parlamentarios. ¿No amaba Lincoln a los negros? Yo no quería que se perdiese en digresiones.
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Asesinato de Lincoln en el Teatro Ford. |
- ¿No sé amigo a dónde quiere llegar?
- La cabaña del tío Tom, metió muchas tonterías igualitarias en la cabeza de Abraham Lincoln. - Así que se trataba de ese Abraham. El interés por la historia se había desvanecido abruptamente. Es como si hablásemos, lector contemporáneo, de la Bernhardt, pertenecen a otra galaxia, la de las grandes mujeres y hombres.
- Por favor, qué quiere, señor St. Helen. ¿Cambiar sus últimas voluntades?
- No tenemos tiempo, quiero irme en paz con Dios. - Oteé desde la ventana de la pieza donde reposaba mi cliente, los cenotafios de un cementerio próximo a mi granja, que a mi me transmitía paz. Estábamos separados de aquella sacramental tan sólo por una extensión de pradera cortada por una estrecha franja de espeso bosque hacia el norte. Se me ocurrió en aquellas circunstancias, que qué cercana estaba la vida de la muerte.
El señor St. Helen prosiguió con su narración. Un palco en el Teatro Ford, la obra Our american Cousin, y apareció John por la espalda, tiroteando con una pístola Deninger al Presidente. Todo ese me sonaba, lo había leído en la prensa como suponía que lo había hecho el señor St. Helen. Durante mi periplo por los tribunales, me tocaron casos de disociación de personalidad. - No, no soy John St. Helen, sino John Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln. Provengo de una ilustre familia de actores y comediantes.
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John Wilkes Booth, asesino de Abraham Lincoln |
- Sí, le teníamos como una de las mejores sagas familiares de comediantes. Una vez acudí a una representación de un vodevil de su familia. - Le quería dar la razón a aquella ensoñación. El hombre deliraba, me imaginé. Quién se creía aquella patraña. pero no quería interrumpir a mi invitado agonizante. Gritó al Presidente: ¡Sic semper tyrannis! Y escapó a pesar de que en su salto, se fracturó la pierna. Fue el dolor lo que le hizo contraerse y no una reverencia hacia un público, que había participado en la representación del magnicidio. Esa historia nos conmovió a todos los americanos, el Presidente Abraham Lincoln que abordaba una reconstrucción de un país dañado por una guerra atroz, que estaba dando sus últimos coletazos, murió tras varias horas de padecimientos y de haber sido tiroteado.
- Yo creo que John, es meramente imposible lo que me está contando. - Cuando vino Sophie con el páter, les dije que estaba simplemente delirando. En un aparte, les comenté que el enfermo decía ser el famoso actor John Wilkes Booth, al que habían tiroteado hasta matar en un granero.
-Y yo el Espíritu Santo. - Replicó el cura.
Todo me pareció tan descabellado, sin embargo, me entró una comezón, que me incitó a releer aquellos acontecimientos, que nos habían azotado hacía la friolera de catorce años. Recortes de prensa, que contaban la historia. Booth había huido por una serie de refugios de los confederados como me contó el convaleciente St. Helen. Una vívida llama brotaba en sus ojos, como si realmente hubiera estado allí. Hasta llegar a la famosa Granja Garret. En el Examiner decían que nadie salió con vida de aquel lugar. Booth había perdido para entonces toda esperanza, y temiendo la celada, se escapó antes de que les rodeasen,según su alter ego St. Helen.
Había detalles que podrían corroborar la historia, como el hecho de que el doctor Samuel A. Mudd le hubiera entablillado la pierna. O que usase la contraseña T.B.T.B. Road para atravesar el río Potomac. Con la mosca detrás de la oreja, simulaba viajes de negocios, y concertaba entrevistas con los protagonistas de la historia. No le había contado a nadie la naturaleza de mis resquemores, ni siquiera a mi mujer. Me había puesto la percha de periodista, y mis entrevistas me corroboraron que el doctor Mudd había atendido al herido, detalle que no aparecía en prensa. El médico me rogó que no dijese nada, pues los simpatizantes sureños no eran bien vistos en la nueva nación. Y la contraseña, que logré de algunos de esos sureños, que llevaban en sus ojos el dolor de la derrota, me confirmó detalles que solamente un confederado podría saber. La historia acaba aquí. El señor St. Helen se recuperó de esa fiebre, y su confesión no alteró un ápice nuestra amistad, se lo aseguro, querido lector. Hasta que en 1903 se suicidó con una solución de ácido con estricnina. Y puede que me tomen por loco, pero embalsamé al señor Booth o St. Helen, por si en la posteridad se podría determinar su identidad. Sé, que se trata de una obsesión, una obsesión, con la historia, para que no quede precisamente este incidente que viví en carne propia, en el limbo de los libros de historia. Y se me ocurre, que más que una oración, le recitemos a nuestro noble capitán, Abraham Lincoln, los famosos versos que Walt Whitman compuso a su muerte. Leídos por César Bandín.
¡Oh, Capitán, mi Capitán! Nuestro
azaroso viaje ha terminado;
El barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado;
Cerca está el puerto, ya oigo las campanas, todo el mundo se muestra
alborozado,
la firme quilla siguen con sus ojos, el adusto velero tan audaz.
Pero, ¡Oh, corazón! ¡Corazón!
¡Corazón!
Oh, se derraman gotas rojas
en la cubierta donde yace mi
Capitán
caído, frío y muerto.
¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!
Levántate y escucha las campanas;
levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín;
por ti son las guirnaldas y festones —por ti se apiñan gentes en la orilla;
por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa.
¡Escucha, Capitán! ¡Querido padre!
Te pongo el brazo bajo la cabeza;
Un sueño debe ser que en la
cubierta
hayas caído frío y muerto.
Mi Capitán no contesta, están sus
labios pálidos e inertes;
Mi padre no es consciente de mi brazo, no tiene pulso ya ni voluntad.
El barco sano y salvo ha echado el ancla, el periplo por fin ha concluido;
del azaroso viaje, el barco victorioso regresa logrado el objetivo.
¡Exultad, oh, costas!, y ¡sonad,
oh, campanas!
Mas yo, con paso fúnebre recorro
la cubierta donde yace mi Capitán
caído, frío y muerto.
En nuestra generación, nos reconcomieron los versos de Whitman por ese final tan maravilloso de la fábula poética y trágica de Peter Weir, El Club de los poetas muertos. Disfrútenla también.
Reconozco mi insuficiencia para aquilatar en profundidad, más allá de los tópicos, la figura de Lincoln. No puedo aportar mucho. Pienso que fue un hombre muy positivo y que su trágico asesinato laminó la vida política americana. Pero poco más puedo decir.
ResponderEliminarSin embargo, he de opinar sobre ese bodrio que es El club de los poetas muertos, que como a ti, en los años noventa, me emocionó y estremeció. No he visto película, luego vista en perspectiva, más demagógica ni mas falsa.
Yo fui en cierto sentido un profesor como Keating, figuras como él me inspiraban y llevé a cabo una docencia en la misma línea que él, por eso puedo darme cuenta de su inequívoca vanidad, de su inequívoca falsedad, del aparato propagandístico que hay detrás para hacer de un profesor un líder o un profeta. Es pura fanfarria. Un buen profesor nunca asumirá este papel, necesitado de adulación y de admiración. Keating no era el capitán, oh, mi capitán, qué vergüenza ese culto a la personalidad, a su vanidad. Una película realmente vergonzosa y demagógica. Ese profesor en un colegio de élite con alumnos de élite a los que predica la libertad intelectual, qué soberana estupidez, y les hace romper el libro para hablarles de la libre elección de su destino. Visto en perspectiva es tan tonto que no entiendo cómo me pudo hacer sentir escalofríos la amoñada escena de subirse a la mesa los alumnos de élite. Los verdaderos héroes fueron los que no se subieron a la mesa, los que escupieron sobre aquel farsante de profesor...
De la personalidad arrebatadora de Lincoln, hay muchas referencias y algunas rozan el panegirico. Si bien supo ponerse del lado correcto de la historia, cosa que en su tiempo abrió toda una caja de los truenos, y no era por supuesto tan sencillo . Es más, resulta difícil desbrozar, y es cuando lees más sobre aquel periodo, más perplejo te quedas. Incluso me di de bruces en un libro de economía del desarrollo, con el sistema para el cálculo de representantes en el parlamento americano, en el que por una cuestión de cuentas políticas, se reducía el peso, mayor en el Sur, de los habitantes negros. No tenían derecho a voto, si contaban para calcular los representantes por estado.
EliminarDe la película, no he vuelto a verla desde entonces, cuando era un adolescente imberbe, que adoraba la poesía y la filosofía , pero que se decantó por el rubro más plumbeo de la ingeniería. Alguien, no recuerdo qué crítico, años más tarde, calificó sus diálogos como una sucesión de frases de un libro de autoayuda. En realidad, entreveran muchos aforismos de Eliot, Tenyson, según he leido en algún lugar. Se regodea en muchos tópicos sobre la enseñanza, el conocimiento no viene por inspiración de las musas y nayades, como se puede quizá interpretar de la cinta de Peter Weir. Hay que sufrir, muchas veces no compender la utilidad de muchos de los ámbitos que abordas como estudiante, hasta mucho tiempo después.
Respecto a los profesores narcisistas como Keating, tuve uno que era peor incluso. Venía disfrazado de Indiana Jones o de Juez, hasta que sacaba el mazo y tras el revuelo causado, te enseñaba a adorar las matemáticas. Era narcisista e inspirador. Los hay narcisistas y no narcisistas, que apenas inspiran para que el alumno decida dar un paso más por sí mismo. En mi corto periodo al otro lado de la banqueta, siempre les conminaba a que no se conformasen a quedarse con lo que dice en los libros que dijo Keynes, Hayek, sino que indaguen en su pensamiento y en sus obras. Al 99% les bastaba con aprobar las asignaturas y lo entiendo. Pero ese 1% restante, que venía a debatir lo leído y que buscaban más interpretaciones que el mainstream, me llenaba de gozo.
No sé si volviese a ver El Club de los poetas muertos, qué efecto me causaría. Yo cogería la parte más poética, prescindiendo de muchos de los tópicos acerca de la enseñanza. Está muy bien tener dos carreras y tres másteres, si luego no te llega el desencanto. No todos podemos ser Harold Bloom, por ejemplo. Un placer, Joselu.
Walt Whitman ese hombre humilde y de gran corazón, escribió sin tesón mientras asistía -como voluntario- a los heridos de la Guerra de Secesión en los hospitales yankees. Escribía realmente bien. Pero tengo la sensación de que la poesía desoladora, o cualquier narración lastimosa, se forja en el lodo de la vida, o sea que proviene de la sangre, el sudor o las lágrimas. Gracias por compartir estos versos.
ResponderEliminarConocía a medias la historia de Lincoln. Quiero decir, sabía de su magnicidio pero desconocía la posibilidad de que a su asesino, la vida le hubiese dado otra posibilidad. Estupendo relato. Lincoln, todos sabemos que fue uno de los presidentes más querido y que se entregó en cuerpo y alma a la abolición de la esclavitud. Eran tiempos difíciles y su asesinato conmocionó a todo el país.
Un abrazo.
Muchas gracias, Marybel, porque con tus perlas complementas la historia de is entradas. Yo conocía a Whitman por algunos versos sueltos, ni siquiera había leído completo la elegía que dedicó a Lincoln. Hasta que en un período de tribulación, una amiga mía, que se sabía sus poemas de memoria, me empapo de ellos. Recuerdo subir y bajar por el Paseo del Prado de Madrid en su descapotable, recitandome esos versos, como si estuviera poseida. Una hoja de hierba me cautivó, Marybel, aunque no nos demos cuenta, la perfección nos rodea. Y el hombre que se quiere remedar a sí mismo, y con la inteligencia artificial, recrear nuestros pensamientos, nunca creará algo tan perfecto.
Eliminar'Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena"
Lincoln tiene muchas curiosidades. La de su asesino es otra. Cuando leí la biografía de Churchill, las presiones que recibió de su gabinete, para firmar la paz con los nazis, recordé cómo Lincoln se sostuvo en una idea justa. Pese a que un coro de consejeros, le quisiese hacer desistir de llevar y mantener a todo un país en guerra. La justicia ni los derechos fundamentales se negocian. El paralelismo entre esos dos grandes hombres, me pareció evidente.