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El joven diplomático portugués |
¡Qué descuido para un diplomático, discúlpenme! Se me olvidó presentarme. Soy Aristides Sousa Mendes, y me tocó ser cónsul portugués de Burdeos en tiempos difíciles. La Drôle de Guerre que parecía amansarse tras la campaña polaca y las escaramuzas en Noruega, volvió a resucitar en mayo de 1940. La fulminante campaña diseñada por Manstein, que se conocerá más tarde como la Batalla de Francia, hará rodar por las carreteras a millones de exiliados, belgas, holandeses y franceses, que huían de la barbarie. Los habrá notables - cantantes de óperas, o escritoras como Irene Nemirovsky(1)- y una marabunta silenciosa, que se transportaba en los cachivaches más inverosímiles; para el éxodo también existen las primeras y terceras clases. Mi gobierno, a pesar de ser regido por el doctor Salazar, tuvo clara vocación anglófila. Sin embargo, Portugal se está convirtiendo en el embarcadero de América, y quién más y quien menos, teme que sea la excusa para que los nazis con el apoyo de Franco, invadiesen nuestro país. Y más tarde o más temprano, toda esa turba nómada llegará a mi patria. Aunque muchos se quedarán en el camino.
Por esta razón, el gobierno de Salazar había lanzado, como decía, la Circular Catorce, por la que no podíamos firmar alegremente visados, y en determinados casos como rusos, judíos y apátridas, requerirán la autorización del Ministerio. Ayer un cable de Lisboa , nos advirtió de las consecuencias severas, si no deponíamos nuestra actitud. Firmábamos de día y de noche, sin preguntar por ninguna circunstancia personal como era al uso hacerlo. Era evidente para qué demandaban visados. Nada nos arredraría si entendimos como en aquel momento que la justicia estaba de nuestra parte. Momentos graves, en los que les recordé a mis subordinados y compañeros, que habían entendido en el fondo y en la forma, cuál resultaba nuestra verdadera misión: "Si hay que desobedecer, prefiero que sea a una orden de los hombres que a una orden de Dios." Algunos murmuraban sobre mi locura.
- El cónsul desde que se prendó de la francesita no es el mismo. Y más desde que fue encarcelada, parece haber perdido el oremus.
¡Qué poco me conocen! Me decía, mientras acallaba el eco de mis pasos, a fin de escuchar mejor. Es verdad que enloquecí cuando Andrée había sido encarcelada por razones claramente injustas. Me encerré tres días en los que no quise saber nada del mundo. Pero siempre había sido un rebelde con el afán de diferenciarme de mi perfecto hermano gemelo, al que amaré bajo cualquier circunstancia. Era adolescente y necesitaba construir un yo diferente al suyo. La rebeldía fue mi forja, y en edad adulta, esos conatos también se vislumbraron en momentos tan graves como el que vivimos en 1940. No en vano, se arracimaban en torno a nuestra legación toda una nube de desesperados. Dormían a la intemperie, daban de mamar a sus bebes. ¿Cómo desoír su canto desesperado por una orden de los hombres?
Firmamos, firmamos, y firmamos. Yo aferrado a "mi bailarina", que destilaba tinta con tanta vehemencia. Nunca caí en la cuenta de cuántos visados fueron en total. Hasta cuando escapábamos hacia España, en Hendaya, seguía firmando. No supe entre tanto frenesí si le había extendido un documento a los Rothschild poderosos, que se habían enriquecido con las Guerras Napoleónicas. Curioso continente Europa, que repite sus guerras. Me acusan de muchas cosas, sobre todo los ingleses. De querer cobrar comisiones más elevadas por sellar documentos en jornadas de descanso. Deben creer que los rebeldes nunca descansamos. El final de la historia para un rebelde con causa, el de todos conocido. Degradado y condenado a la indigencia a mi regreso a Portugal. Eso sería otra historia, sin embargo.
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El Gran Éxodo de 1940 |
Por esta razón, el gobierno de Salazar había lanzado, como decía, la Circular Catorce, por la que no podíamos firmar alegremente visados, y en determinados casos como rusos, judíos y apátridas, requerirán la autorización del Ministerio. Ayer un cable de Lisboa , nos advirtió de las consecuencias severas, si no deponíamos nuestra actitud. Firmábamos de día y de noche, sin preguntar por ninguna circunstancia personal como era al uso hacerlo. Era evidente para qué demandaban visados. Nada nos arredraría si entendimos como en aquel momento que la justicia estaba de nuestra parte. Momentos graves, en los que les recordé a mis subordinados y compañeros, que habían entendido en el fondo y en la forma, cuál resultaba nuestra verdadera misión: "Si hay que desobedecer, prefiero que sea a una orden de los hombres que a una orden de Dios." Algunos murmuraban sobre mi locura.
- El cónsul desde que se prendó de la francesita no es el mismo. Y más desde que fue encarcelada, parece haber perdido el oremus.
¡Qué poco me conocen! Me decía, mientras acallaba el eco de mis pasos, a fin de escuchar mejor. Es verdad que enloquecí cuando Andrée había sido encarcelada por razones claramente injustas. Me encerré tres días en los que no quise saber nada del mundo. Pero siempre había sido un rebelde con el afán de diferenciarme de mi perfecto hermano gemelo, al que amaré bajo cualquier circunstancia. Era adolescente y necesitaba construir un yo diferente al suyo. La rebeldía fue mi forja, y en edad adulta, esos conatos también se vislumbraron en momentos tan graves como el que vivimos en 1940. No en vano, se arracimaban en torno a nuestra legación toda una nube de desesperados. Dormían a la intemperie, daban de mamar a sus bebes. ¿Cómo desoír su canto desesperado por una orden de los hombres?
Firmamos, firmamos, y firmamos. Yo aferrado a "mi bailarina", que destilaba tinta con tanta vehemencia. Nunca caí en la cuenta de cuántos visados fueron en total. Hasta cuando escapábamos hacia España, en Hendaya, seguía firmando. No supe entre tanto frenesí si le había extendido un documento a los Rothschild poderosos, que se habían enriquecido con las Guerras Napoleónicas. Curioso continente Europa, que repite sus guerras. Me acusan de muchas cosas, sobre todo los ingleses. De querer cobrar comisiones más elevadas por sellar documentos en jornadas de descanso. Deben creer que los rebeldes nunca descansamos. El final de la historia para un rebelde con causa, el de todos conocido. Degradado y condenado a la indigencia a mi regreso a Portugal. Eso sería otra historia, sin embargo.
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El dictador Salazar |
(1) La fabulosa novela Suite francesa de Nemirovsky, inacabada por deportación de la autora, nos narra aquellos días de tribulación. No hay mejor relato de aquel tiempo de asechanzas. Incluso la supervivencia del manuscrito tiene tintes novelísticos.
Hola Sergio! Me has recordado a Nicholas Winton que cuando se declaró la guerra se encontraba en Praga y salvó a más de 600 niños judíos sacándolos del país en tren hacia Londres. Se hizo un documental sobre esta historia “El poder del bien" y es emotivo como aquellos niños, ahora adultos, pueden agradecerle su gesta. Unos abrazos que superan el mero agradecimiento.
ResponderEliminarDesconocía esta historia de Sousa Mendes. Le has puesto voz y me ha encantado. Simplemente aplaudo su insubordinación y todos esos visados firmados.
Precioso!
Gracias por compartir.
Un abrazo
Muchas gracias, Marybel por enriquecer las historias con tus grandes aportaciones. Buscaré el documental, porque me has intrigado con semejante historia. De Sousa Mendes, lo que me atrajo fue la controversia absurda que surge en torno a su figura. Que si su vida nunca corrió verdadero peligro a diferencia de otros personajes o que si actuó así fue por desamor. También que no llegaron a los treinta mil visados. Y tuvo mala prensa entre los británicos. Sin embargo, se atrevió a hacer lo que la mayoría por miedo a perder sus carreras y acabar con sus huesos en la cárce, jjamás habrían osado llevar a cabo. Un abrazo, Marybel.
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