Las vanguardias y los cuentistas

Uno que va para viejuno, por lo menos por lo que concierne al poso que le han dejado las lecturas, que arrugan nuestra mente pero que le confieren de una perspectiva que abarca sin duda más ángulos,  la película de las vanguardias le suena a un eco que se repite casi con cada nueva generación.  El barullo de las ismos no le resuena al sonsonete del parteaguas, con el que nacen todas los movimientos que quieren relevar lo antañón. Esa perspectiva le permitirá concluir que son como el péndulo que vuelve a orearse por donde solía. ¡ Apártese, viejo! Recordamos entonces a un Roberto Bolaño, joven desgreñado, poeta soñador, que quiso junto a sus amigos de conjuras de café, desbancar a un Octavio Paz que se había tornado en un clásico insolente. A golpes de gritos interrumpieron una conferencia del tótem, para quebrar el aura de lo establecido, y quitar a esos cenáculos de lo formal, la voz cantante en las artes y la cultura. El Realismo visceral se abría paso a portazos y chillidos.


De Farisori - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24436572
El realismo visceral surgía con estrépito en
la vanguardia mejicana


Qué siguiesen debatiendo con sus canapés por las antiguas formas de hacer cultura, pero que dejasen a las nuevas corrientes manga ancha para dirigir los caminos, que por fuerza habían de emprenderse.  Sorprende que el chileno/ mejicano que demostrase una humildad años más tarde, cuando todos le susurraban que él era el elegido para protagonizar la literatura hispanoamericana ( hasta Mario Vargas Llosa bajaba su nariz respingona para reconocer la labor del nuevo talento) fuese tan descortés con lo que según su opinión, representaba lo caduco. Más tarde, Bolaño solía mostrar una sonrisa humilde cuando le preguntaban cómo quería que se le recordase o por el afán de otros por pasar a la posteridad. Sin vanidad reponía que hasta el sol se iba a extinguir.

¿Pero estas actitudes no nos recuerdan a otras muchas? Por citar a unos pocos, Filippo Tommaso Marinetti ( con este nombre parecía destinado a hacer grandes cosas) alababa el esplendor de la guerra que destruía lo antiguo. El arte del Renacimiento era un presunto lastre para que la modernidad adquiriese sus propios visos, ajenos a una influencia tan admirable como letal. Los museos de esta guisa, representaba el formol para seguir apegados al pasado, y Marinetti, apostaba por reducir su influencia. Sonaba a bárbaro entonces, más ahora. Luego recordemos que sus coqueteos con el fascismo, iban a restar importancia a este movimiento, que se estudia con todas las prevenciones aunque tuvo una influencia notable. Marinetti era un gran artista con unas ideas de bárbaro. Y a pesar de todo, la patina del tiempo lo ha convertido en un clásico. Guillaume Apollinaire  resultó ser una de aquellas influencias del futurismo.  Apollinaire no era menos complaciente, y creía que los vientos de fuego de lo nuevo debieran arrasar lo antiguo. Quememos los museos, que todo se renueve. No nos extrañe que luego la Gendarmería le buscase como posible sospechoso del robo de la Mona Lisa  como reseñamos en esta entrada del robo de la Gioconda. Hasta nuestro Pablo Picasso, que socavó los cimientos del arte con su cubismo, sufrió los rigores de una investigación, en la que se mostraba el desquiciamiento de todo un país. La Mona Lisa es uno de los iconos indudables de Francia.


De http://italpag.altervista.org/6_letteratura/letteratura11.htm, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4218675
Filippo Tommaso Marinetti

Con menos ímpetu pero con ánimo más socarrón irrumpía un Salvador Dalí, que con sus colegas de la Resi, García Lorca y un Buñuel rijoso, que se acompañaba de unos guantes y frecuentaba a Gimenez Caballero, denunciaban "lo putrefacto" (1). Cuando alguien insinuaba en el piano de la Resi algunas notas de un autor que tuviese más de diez años, enseguida entonaban el canto de " Putrefacto, putrefacto! entre risas. Ellos llegaban para galvanizar el arte. Y al cabo del tiempo, se convirtieron en clásicos. A pesar de que con La Edad de oro, y otras muchas cintas, Buñuel, y Dalí con El gran masturbador, conmocionasen nuestras conciencias entonces, regidas por tantas convenciones. Sobre el genial catalán, Lorca y su amigo al principio, Buñuel, más allá de las relaciones que autores modernos crean entrever, se ha extendido la telaraña de lo clásico.


De Carl van Vechten - Van Vechten Collection at Library of Congress, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=560540
Salvador Dalí y Man Ray, vislumbrarían alguna vanguardia
con estas miradas cargadas de intensidad


Ni siquiera un desgalichado César González Ruano, denostado por razones más que lógicas y que abordamos en esta entrada, que irrumpió con un chaleco amarillo chillón en el Ateneo de Madrid, para insolentar a lo clásico, ha escapado a la momificación que trepida con el tiempo sobre todo lo creado por el ser humano. Sin embargo, lo clásico y esa momificación de lo que ha surgido como nuevo, le asegura una larga vida a posteriori. Es la capacidad de los genios para tocar la tecla ignota de lo atemporal, por muy extemporánea que sonase su cháchara ilusoria para sus coetáneos. El escritor irreverente con su cara de pipa y sus melenas hirsutas de un modernismo que había fenecido unos lustros atrás, echó por tierra el Quijote que como Cervantes era manco, lo hubo de escribir con los pies.  Ortega era un maduro envejecido prematuramente, algo chocho, que era divertido sólo cuando hablaba de mujeres. Imagínense las crónicas del día siguiente ¿ Quién era ese poeta, que estrafalario había lanzado pestes contra las vacas sagradas de nuestra cultura? Además González Ruano se presentó de amarillo, color con el que reventó el gran Moliere encima de las tablas, considerado como de mal fario por recuerdo tan tragico. No se habló del poemario de Don César, pero su nombre quedó asociado con ese tipo de polémica que atrae los focos. Pegado al subconsciente. ¡Buena campaña de marketing Don César!

Y aquí dejamos las vanguardias o cuanto menos aquellos que creyeron vislumbrar un nuevo horizonte para el arte y la cultura, y que si bien no llegaron tan lejos, se tornaron a la postre en lo que ellos habían definido como putrefacto o clásicos insultantes. Maldito tiempo, juez de todos y de todo.


(1) Pepín Bello nos ha dado un testimonio maravilloso de la época de La Resi en la que coincidieron tres genios. Esta institución ha conocido más mentes maravillosas, pero quizá esta historia de los tres amigos de tanta potencia creadora, haya eclipsado a otras historias, que algún día abordaremos. Esta institución lo merece. 

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