"Veni, vidi, vici" Julio César
Llegó con su maleta de cartón a un Madrid algo convulso. El filósofo Ortega había escrito su famoso artículo El error Berenguer, y se había convertido en un intelectual muy reconocido en Argentina; fue recibido con un clamor femenino inusual, y ejerció de páter espiritual de muchos pensadores de aquel país. Pero ella vino por el camino contrario, con un repertorio de tango, que desempolvaba brillantemente gracias a unas estupendas cuerdas vocales. Su forma de decir "posho", un acento que sin que valgan las redundancias acentuaban los encantos de Doña Celia Gámez, que pronto se adaptó a las modas de su país de acogida. No en vano, había huido de la Década infame (1), esa colosal manía del país de la plata de buscarse las vueltas, para disipar todo un caudal de bienestar, y en la que los milicos se hicieron con el poder cobrando un protagonismo con el que algunos se complacían.
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Una actriz prometedora posaba para Cara y
Caretas. Pose poco natural.
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Pero como decíamos, Celia Gámez arrumbó su repertorio de tango, para abrazar los gustos más locales. Vino entonces La Segunda República, con su himno de Riego, aquel militar liberal del siglo XIX, y la criolla se estrenaba en una de las obras más universales de nuestra historia, Las Leandras, el más aclamado libreto del maestro Alonso. Todavía escuchamos arrebolados, aunque para algunos hayan envejecido mal, Los nardos y sobre todo, el long seller, Pichi. Para la época, doce de noviembre de 1931, fecha de su estreno, la letra estremecía por su atrevimiento, y en tiempos de lo políticamente correcto, las dos morrás suenan bastante mal.
Las entradas se agotaban para llenar el aforo del Pavón, y nacía un fenómeno que puso la banda sonora de La República, más que el archiconocido himno del general liberal. El mito de la mujer rotunda, que ensoñó a los adolescentes de los años treinta-cuarenta, había visto la luz. Desde el gallinero, mientras daban buena cuenta de sus bocadillos y diversas viandas, los estudiantes se alborotaban cuando la argentina aparecía en escena. Sus pantorrillas encandilaban a todo el publico y como si no fuese suficiente con la opulenta Celia, su coro de vedettes con las piernas al aire, causaban el asombro de los más libertinos. Sin embargo, estaban de moda las carabinas, o madres de artistas, que fuera del escenario escoltaban a sus hijas. Por lo que era difícil escurrir el bulto para reunirse con sus admiradores.
En cualquier caso, la historia de Las Leandras es muy divertida. Una compañía de revista finge ser una institución colegial para no revelar al novio de la protagonista, la verdadera profesión de su amada, vedette. Celia interpreta el rol principal, por supuesto. Y es que en esta revista, jugaban con los equívocos y el estigma de este género, mal visto y considerado pecaminoso por la buena sociedad de entonces. Tampoco faltaron las alusiones a la política : "anda y que te ondulen con la permanent" que rimaba con la mujer de moda en el escenario político, Victoria Kent. Cualquiera se metía con la Kent, ¡la Directora general de Prisiones! Además resuena en la obra todo el despliegue de marcas que afloran en los labios de la cantante principal, para gozo de los nostálgicos de lo añejo ( el seltz, cól-crem).
Ese baldón asociado a la revista perduraría tras la Guerra Civil, un período más mojigato, aunque la camaleónica Celia Gámez supo reinventarse para acabar con la patina más descocada que no concordaba con los nuevos tiempos. Y siguió haciendo revista con las frutas a guisa de sombrero, apiñadas en su cabeza, que no le hacían perder equilibrio. ¡Las chirimollas le daban buenos quebraderos de cabeza! Sin duda la argentina se había hecho un hueco como gran artista, y despertaba la libido por doquier, a pesar de que su recato era mayor a fin de evitar las reconvenciones de la censura. Hasta uqe la muchacha decidió casarse. Lo que iba a causar una gran conmoción entre sus seguidores, fundamentalmente masculinos. Los celios se llevaron a gran confusión, a la vez que escudriñaban cada fotografía del reportaje, para entresacar lo malo. Vamos, que la Gámez iba obligada al altar, desde su prisma que negaba la evidencia de los hechos.
- Pues no se la ve muy contenta, que digamos.- Dijo buscando un tanto de consuelo, uno de aquellos celios.
- No te joroba, subir del brazo de Millán Astray, no debe dar mucha alegría.- Le repuso su amigo.
- Eso sí que es un milagro. ¿Todavía le queda algún brazo a Astray? Con lo borrico que es.
- Brazo o postizo, fíjate qué bien se agarra la Gámez. Qué se casa, de eso no hay duda. Con uno que tiene parné, por supuesto. La oveja pecadora se redime.
- No iba a ser conmigo, que no tengo donde caerme muerto. Aunque convendremos que se casa de negro. Parece que va a un velorio.
- No están los tiempos para casarse de blanco, majo. Ni tampoco se podrá divorciar como ocurría en la República.
- ¡Calla, muchacho que nos van a detener!- Al celio que le chistó, le entró una gran congoja. Y se santiguó.- Ave María, purísima, sin pecado concebida.
La estrella de la revista, una de las figuras más deslumbrantes que haya conocido nuestra historia, como aseveraba el escritor Fernando Vizcaino Casas en una entrevista, había dado un paso que dejó estupefacto a la mayoría. Una duda les consumía. ¿Continuaría con su carrera? Maldito año 47, donde desapareció Manolete por culpa de un Islero encabronado, y ahora la diva de los escenarios con su casamiento, se podría retirar. Algunos lo borrarían del calendario, por ser un año fatídico. No más ensoñaciones/masturbaciones con el muslamen de la Gámez, que al fin y al cabo se había convertido en una señora respetable. Dejamos para otro momento, la carrera si la hubo o no de la vedette, a partir de su casamiento.
"¡Pichi!
pero yo que me administro,
cuando alguna se
me cuela,
como no suelte la tela,
dos morrás la suministro;
que atizándolas
candela yo soy un flagelador.
Chulas:
Pichi es el chulo que castiga del
Portillo a la Arganzuela,
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Representación de la revista Las Leandras en Barcelona. |
En cualquier caso, la historia de Las Leandras es muy divertida. Una compañía de revista finge ser una institución colegial para no revelar al novio de la protagonista, la verdadera profesión de su amada, vedette. Celia interpreta el rol principal, por supuesto. Y es que en esta revista, jugaban con los equívocos y el estigma de este género, mal visto y considerado pecaminoso por la buena sociedad de entonces. Tampoco faltaron las alusiones a la política : "anda y que te ondulen con la permanent" que rimaba con la mujer de moda en el escenario político, Victoria Kent. Cualquiera se metía con la Kent, ¡la Directora general de Prisiones! Además resuena en la obra todo el despliegue de marcas que afloran en los labios de la cantante principal, para gozo de los nostálgicos de lo añejo ( el seltz, cól-crem).
Ese baldón asociado a la revista perduraría tras la Guerra Civil, un período más mojigato, aunque la camaleónica Celia Gámez supo reinventarse para acabar con la patina más descocada que no concordaba con los nuevos tiempos. Y siguió haciendo revista con las frutas a guisa de sombrero, apiñadas en su cabeza, que no le hacían perder equilibrio. ¡Las chirimollas le daban buenos quebraderos de cabeza! Sin duda la argentina se había hecho un hueco como gran artista, y despertaba la libido por doquier, a pesar de que su recato era mayor a fin de evitar las reconvenciones de la censura. Hasta uqe la muchacha decidió casarse. Lo que iba a causar una gran conmoción entre sus seguidores, fundamentalmente masculinos. Los celios se llevaron a gran confusión, a la vez que escudriñaban cada fotografía del reportaje, para entresacar lo malo. Vamos, que la Gámez iba obligada al altar, desde su prisma que negaba la evidencia de los hechos.
- Pues no se la ve muy contenta, que digamos.- Dijo buscando un tanto de consuelo, uno de aquellos celios.
- No te joroba, subir del brazo de Millán Astray, no debe dar mucha alegría.- Le repuso su amigo.
- Eso sí que es un milagro. ¿Todavía le queda algún brazo a Astray? Con lo borrico que es.
- Brazo o postizo, fíjate qué bien se agarra la Gámez. Qué se casa, de eso no hay duda. Con uno que tiene parné, por supuesto. La oveja pecadora se redime.
- No iba a ser conmigo, que no tengo donde caerme muerto. Aunque convendremos que se casa de negro. Parece que va a un velorio.
- No están los tiempos para casarse de blanco, majo. Ni tampoco se podrá divorciar como ocurría en la República.
- ¡Calla, muchacho que nos van a detener!- Al celio que le chistó, le entró una gran congoja. Y se santiguó.- Ave María, purísima, sin pecado concebida.
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Todavía la guerra no había hecho mella
en un cuerpo, que acabaría bastante maltrecho.
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La estrella de la revista, una de las figuras más deslumbrantes que haya conocido nuestra historia, como aseveraba el escritor Fernando Vizcaino Casas en una entrevista, había dado un paso que dejó estupefacto a la mayoría. Una duda les consumía. ¿Continuaría con su carrera? Maldito año 47, donde desapareció Manolete por culpa de un Islero encabronado, y ahora la diva de los escenarios con su casamiento, se podría retirar. Algunos lo borrarían del calendario, por ser un año fatídico. No más ensoñaciones/masturbaciones con el muslamen de la Gámez, que al fin y al cabo se había convertido en una señora respetable. Dejamos para otro momento, la carrera si la hubo o no de la vedette, a partir de su casamiento.
(1) Como dice la periodista y divulgadora Diana Uribe, había que aplicar la política de la cachiporra sobre el prójimo como . Era verdad que soplaban vientos autoritarios en todo el orbe. Fascismo y comunismo eran dos vías totalitarias para explorar el camino ignoto que sucedía a las democracias decrépitas. El invento imperfecto de unos griegos, que había que cambiar.
Excelente artículo, amigo Sergio, en el que recreas de forma magistral la época y todo la que rodeaba a Celia Gámez, una de las grandes reinas del cuplé... Felicidades, amigo, un abrazo!!!
ResponderEliminarMuchas gracias por comentar, Don Servilio. Celia Gámez iluminó unos años tristes de la más inmediata posguerra.
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