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Julio Sosa y el alma de Buenos Aires

Buenos Aires, la Babilonia americana, que creció y creció en el período finisecular, para transformarse en la colmena abigarrada, capaz de cumplir los anhelos de toda clase de soñadores. Porque habían llegado en tropel a América desde toda clase de balconadas, humildes, patrimonios más aseados, lo que produce cierto vértigo y porqué no decirlo, desasosiego, al observar cómo las expectativas luego fueron demasiado efímeras. Editoriales que marcarían la pauta sobre cómo hacerlo de forma estupenda en el mundo del libro, alfoces completos que casi se constituían por naciones - a vuelapluma, evoquemos aquel episodio donde en La Boca se arrió la bandera italiana tras arduas negociaciones- o lo fácil que era hacerse con una alfombra de los amigos turcos, después del cambalache correspondiente.- Siempre oferta la mitad de lo que quieras pagar.- Nos aleccionaban los familiares en cuanto nos adentrábamos en sus calles, un trasunto del dédalo de las que abandonaron.  En realidad, más que turcos, eran pobladores venidos de la Turquía multirracial, multicultural, que al desvanecerse como proyecto tras severas derrotas, genocidios, progromos,  lanzó por las carreteras a sirios, armenios, hasta llegar a la nueva Roma. Porque casi todos los caminos condujeron a la nueva Roma de los albores del siglo XX. Su alma gemela en el norte, Nueva York,  con la puerta más acre de la Isla de Ellis sigue los dictados eugenésicos de John Galton, eminente científico y estadístico(1)  


De Desconocido - http://www.terapiatanguera.com.ar/Poemas/dos_horas.htm, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4952590
El gran Varón del tango ambicionaba triunfar
con su excepcional voz, y lo logró,
convirtiéndose en uno de los paradigmas del
tango de la segunda mitad del siglo XX 


Esta etapa, en los que los flujos migratorios hacen que la ciudad multiplique su población en poco más de cincuenta años, concluye con el gobierno de Hipólito Irigoyen, para desembocar en la denominada Década infame, y parte de la animadversión que los argentinos ejercen a veces de manera despiadada y en otras ocasiones cargadas de razón contra los llamados "milicos", provienen de las asonadas de los treinta, un tópico más del paisaje político de este gran país que se reproducirá en el futuro. En éstas, los argentinos van cobrando cada vez más una identidad propia - no son gallegos, o italianos, sino que adquieren conciencia de sí mismos-  . Afloran las tensiones entre la gran urbe y la periferia, cuyo devenir más lento, apenas comprende ese potente agujero negro cultural en el que ha devenido la metrópoli, que absorbe todas las tendencias y emite las suyas como el tango. Se decía que Buenos Aires tenía un ojo en París y miraba desdeñosamente a su alrededor. En sus cafés atestados de humos y  oradores pretenciosos, se parloteaba desde el Superyo de Sigmund Freud hasta de la música dodecafónica de Schöenberg. Un gran clímax intelectual y cultural, que coincidía con un período de agotamiento político, donde el Presidente Hipólito Yrigoyen hacía de cartel más visible. ¿ Qué le pasaba a Argentina? "¡Necesita más autoridad!" decían algunos analistas campanudos; otros hablaban como reverbero de la vía fascista, del agotamiento de las instituciones. En cualquier caso, queridos lectores, cuidado con lo que desean en voz alta, no sea que se cumpla finalmente.
  


De Desconocido - Archivo General de la Nación, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=701060
Hipólito Yrigoyen marca el final de una época
en Argentina


Por eso, cuando Julio Sosa Venturini, muchacho de color rosado, que derrochaba energías infinitas, llegó en un demediado barco al puerto de Buenos Aires, la gran colmena de las vanidades le abrumó. Él empero no se metía en las desdichas de la política, aunque hubiese llovido desde la Década infame. Así que bajó alicaído a un muelle envuelto en la garúa, y se preguntó cómo buscar la pensión de su compadrita de Piedras en la que se iba a alojar,  ¡en una ciudad tan inasible! Con un bolsillo además tan exangüe, tomar un taxi suponía un despilfarro o una quimera. Se frotó la cabeza, en tanto la ciudad seguía brillando rutilante, extraña a sus congojas. No se había producido el desastre económico que determinaría como falsas las expectativas que se habían fundado en la Argentina. Todo lo contrario, era una tierra promisoria, y por eso el uruguayo se dijo que seguro que más tarde no tendría tantos apuros económicos, ¡cuando por supuesto triunfase! Confiado en una voz rotunda, el futuro Varón del Tango quiso probar suerte en la Meca del tango. Su Montevideo estaba bien batido de tangueros y milongueros, sin embargo, las casas de música más importantes se hallaban en la capital argentina. ¿Mas que pasaría si no firmase ninguna gala?

Por fin, decidió que triunfaría por lo que tomó un taxi, y entabló conversación con un taxista demasiado lacónico, que le reponía a sus ímpetus, con monosílabos. Alargado, y con un rostro nudoso de tantos años, le miraba de reojo como si aquel maula tuviese algo que esconder. Hasta que el chófer, desde lo más recóndito de su ser, logró hilar una frase completa.- ¿ Y se puede saber a qué viene el caballerete? Porque se le nota por el acento que no ha parado mucho por aquí.
- ¿Tanto se nota, señor?
-Sí, muchacho.
- Lo mío es el tango, espere un momento. - Y le entonó las primeras estrofas de Cambalache. Nos imaginamos cómo cantaría en aquella ocasión por este vídeo.  



- Lo hace muy bien, caballerete, porque hay muchos cantantes pretenciosos que creen que el éxito le debe una. Pero usted tiene talento. - Se le notaba algo de emoción, y el viejo taxista comenzó a contarle que no era propio de un verdadero tanguero que quisiera triunfar en Buenos Aires, desconocer las pasiones que bullen en muchos de sus rincones más misteriosos- Porque si todavía no se lo han dicho, recuerde que todas las ciudades tienen alma, y el gran Buenos Aires no iba a ser menos. - Entornó la cara facciones lechosas; el joven Venturini recordaría más tarde que el individuo llevaba el el cabello con gomina aferrado a la cabeza. Nunca le dijo su nombre, pero tampoco cayó en el motivo de su descuido, dado que podría habérselo preguntado. El viejo le alentó a continuación. - Partamos a esos lugares antes de que le lleve a su pensión. 
- Pero, señor, no tengo guita.- Le repuso un cándido Venturini.
- No se preocupe, adonde vamos se fía a los hombres
Sumidos primero en el tráfago inabarcable de cualquier ciudad, recorrieron lugares destartalados pero con magia bajo el encanto de una luna carcomida. Allí que crecían los lupanares y en medio de los tugurios, un restaurante gallego a cuyos fogones acudió el otra vez mentado Presidente Yrigoyen, que era de buen yantar. Anocheció todavía más, las formas confusas, bultos que se removían a tientas por las aceras, cuando anduvieron por Constitución, Balvanera y tomaron Corrientes para allegarse a la casa de Don Carlos Gardel.- Cada vez canta mejor, y uno que es pellejo y le escuchó, lo puede atestiguar.- Le confesó el provecto conductor con algo de arrobo, el que produce la añoranza. 

Más tarde se llegaron al bodegón del Bajo, para reponer las fuerzas de una jornada demasiado larga. El hombre hablaba a Don Julio parcamente, lo suficiente para que todos los secretos de la ciudad, se abriesen cual telón incierto de aquella sabiduría, que le despojó de sus dudas. El rezongo de un bandoneón, para que Sosa frasease unas cuantas estrofas bien dichas. Faltaba en el recorrido el Cabaret, cómo no. Con ligeros murmullos se plantaron delante de la fachada del Cabaret de Leandro Alem como nos cuentan en esta maravillosa entrada de El litoral , de la que bebe en buena medida esta crónica. Tangueros con un adarme de maldad, y sus minas aferradas al tesoro del pundonor de semejantes machos (1) . Malevos, a los que el joven contemplaba atónitos. Y allí seguía el taxista dándole el carrete justo, con una piel atezada a veces, otras lechosa. Ni una palabra más ni una palabra menos. 


Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=601359
Piazzola- Ferrer, vaya par de tangueros.


Quizá el joven Julio se sintiese una Cenicienta cuando de pronto tocaron a rebato, y el taxi aceleró por la melé de rúas del extrarradio, hasta alcanzar la pensión de la conciudadana de Piedras, que salió de la penumbra de la recepción, toda reproches. Le preguntó dónde narices se había metido. En la bruma de la reprimenda, Julio Sosa tuvo la lucidez para volverse al taxí. EL tipo aquel sin edad o con demasiados años, le alargó la mano alcanforada, y su mirada develada esta vez le transmitió el vértigo de quien se asomasse de pleno a toda la ciudad, además de una abrumadora tristeza ¿Habría entrevisto el accidente que se llevaría años después la vida del Varón del tango?

Don Julio vio cumplido su sueño, y fue el epítome de la segunda edad dorada del tango, en la que recuperó el favor de la juventud. Y famoso quiso compensar al anfitrión de entonces. Sin embargo, pese a que aludiese a la historia en infinidad de locuciones de radio, o al realizar el mismo recorrido en busca de pistas, se topaba con su propio olvido o el olvido de una ciudad que cambia su fisonomía continuamente ( locales que habían cerrado, o personas que se habían cambiado de domicilio) Todo conspiraba para que el enorme cantor de tango, no llegase a conocer a su benefactor. Hasta que una vez que se dio por vencido, y concluyó con una fe mística que le adivinaron los interlocutores en sus pupilas. - Fue la propia Buenos Aires la que me recibió y me enseñó en sus más íngrimos secretos. Porque esta ciudad respira de viejo, más de lo que pensamos. (Esta frase es pura ficción, aunque Don Julio dejó de buscar al taxista y creyó en la solución mágica a este misterio).

Esta entrada está dedicada a mi padre, que acudió al sepelio del gran Julio Sosa, que hubo de conmocionar a todo el pueblo argentino por las trágicas consecuencias que acarreó su accidente de tráfico. Sin llegar a la repercusión de Carlos Gardel, y a pesar de que se le acusó de copiarle el repertorio, Don Julio tenía una voz grave y entradora, magnífica en definitiva, para marcar una segunda juventud del tango más clásico. Más tarde, Astor Piazzolla sacaría a este género del cieno de sus arrabales y lo fusionaría con otras tendencias.  

(1) El uso de los percentiles se lo debemos a él. Recomendaba seleccionar a los inmigrantes para que la raza americana no degenerase y perdiese pujanza. Lo que se dice tratarnos como borregos. De estas ideas vinieron los lodos posteriores, que alcanzaron su maldad más hedionda en los nazis.
(2) En nuestros tiempos, aunque se den estas relaciones, no son bien vistas para no extendernos más. Esos tipos chulescos en una novela de época no se nos hacen tan desagradables. Pero eran de temer con la faca predispuesta a trenzarte el vientre. 

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